• Héctor Gómez

El artista de la muerte (La casa de Jack, 2018)

Actualizado: 21 de feb de 2019


En un momento de La casa de Jack, más o menos al inicio de la tercera parte de su metraje, Lars Von Trier introduce fragmentos de sus películas anteriores, mientras la voz en off del propio Jack afirma, en conversación con su guía por el Inframundo: “Algunas personas afirman que en las atrocidades que cometemos en nuestra ficción están esos deseos internos que no podemos cometer en nuestra civilización controlada. Así que se expresan a través de nuestro arte. Yo no estoy de acuerdo. Creo que el Cielo y el Infierno son lo mismo, el alma pertenece al Cielo y el cuerpo pertenece al Infierno. El alma es la razón y el cuerpo son todas las cosas peligrosas. Por ejemplo, arte e iconos”. Más allá de lo que esta secuencia tiene de compendio del cine del realizador danés –que siempre da a entender que cada película puede ser su última película–, lo interesante de la cuestión es como Lars Von Trier reconoce que las (muchas) escenas al límite de lo soportable que pueblan su filmografía, ya sea la mutilación genital de Anticristo (Antichrist, 2009), la matanza perpetrada por gansters en Dogville (2003), el masoquismo extremo de Nymphomaniac (2013) o, directamente, el fin del mundo en Melancolía (Melancholia, 2011), son un intento de crear los nuevos iconos del siglo XXI, imágenes que permanezcan en la retina de la cultura popular, a través de la exposición de lo terrible, lo macabro y, por lo tanto, lo más humano.


La casa de Jack resume, así, gran parte de los postulados del cine de Lars Von Trier. Un director contradictorio (la última y más irónica es el aplauso de la película en Cannes solo siete años después de haber sido declarado persona non grata en el festival por sus comentarios sobre el nazismo), que a menudo confunde provocación con esteticismo banal, pero que sin duda supone una de las voces más interesantes de las últimas décadas. Donde algunos no se atreven a llegar, Von Trier está ahí para construir su alter ego en la forma un psicópata narcisista con trastorno obsesivo compulsivo y asesino de más de sesenta personas, para más datos. Lars Von Trier arriesga con su comparación del asesinato como una de las bellas artes, pero sale airoso del envite. Jack (un espléndido Matt Dillon recuperado para la causa) es un sibarita de la muerte, y su falta de empatía hacia el sufrimiento ajeno le permite una reflexión distanciada sobre la belleza de la putrefacción.


Al más puro estilo Lars Von Trier, La casa de Jack se estructura en torno a cinco episodios más un epílogo, que narra el viaje (anunciado en off durante todo el metraje) del propio Jack al Inframundo de la mano de su particular Virgilio (Bruno Ganz), una referencia clara a La Divina Comedia de Dante en la que sin embargo no hay arrepentimiento sino simple curiosidad por saberlo todo. Quizá se pueda acusar a Von Trier de querer abarcar demasiado, de abusar de las referencias artísiticas, históricas y literarias, de querer hacer un cóctel con William Blake, Goethe, los métodos de recolección de la uva y el campo de concentración de Buchenwald. La casa de Jack es una película compleja, mucho más que el simple desfile morboso de los métodos criminales del protagonista. Es, ante todo, una reflexión sobre los límites de la belleza, que incluye a la literatura, el arte y, también, el cine. Y es también una reflexión sobre nosotros los espectadores, a los que Lars Von Trier siempre nos ha apelado como testigos de lo terrible, amparados en la coartada de la ficción. Si tiene razón en la afirmación con la que empezaba este texto y las atrocidades cometidas (y visionadas) en la ficción reflejan deseos internos mitigados por nuestra conducta social, quizá Lars Von Trier sea el mejor cronista de nuestra época.

La luz contra la pantalla

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