• rubigiraldezgonzal

El patio de mi casa es particular


Netflix cambió las reglas de la forma de consumir productos audiovisuales y entender la ficción en pequeña pantalla. Y sí, parte de su indudable éxito fue que en sus inicios apostaron por producciones inusuales a lo tan establecido como norma general (como hizo en su día HBO introduciendo el concepto de televisión por cable). Empezar con un thriller político que se lanzaba directamente a la yugular estadounidense como House of Cards (Beau Willimon, 2013-2018) fue sin duda una declaración de intenciones. Pero en sus primeros años ya se notaba que Netflix estaba perfilando su fórmula (el condenado algoritmo) para el éxito. Con el mayor ejemplo de Sense8 (2015-2018), la apuesta televisiva de las hermanas Wachowski, artífices de Matrix, junto a J. Michael Straczynski, la cual proponía una trama de ciencia ficción trascendental con individuos repartidos por todo el globo y conectados de forma mental y emocional, que hacía gala de una exploración sin tapujos de la sexualidad e identidades de género que desgraciadamente, a día de hoy, se sigue viendo como rara avis. Más allá de algún problema interno con algún miembro del cast principal (que hasta desembocó a un fulminante recast para su segunda temporada), lo que supuso el motivo para su apurada cancelación mediante un episodio especial para tratar de cerrar la máxima de subtramas posible, fue justamente el hecho de que su reparto protagonista fuese multicultural. Para poder realizar la mejor representación posible de las culturas, se trató de realizar un rodaje internacional que parecía suponer un gasto considerable (a pesar de que la serie llevaba sus aportes de acción a unos terrenos lo más contenidos posibles) para el gigante del streaming, que recurrió a la ahora ya tan conocida (y hasta convertida en meme) decisión de la cancelación.


La cual, sí, se da más de lo habitual y hasta en series que parecen totalmente comerciales, pero justamente por el nivel de hiperproducción en la que se encuentra el servicio de streaming. Lo que ahora mismo permite aún menos operaciones arriesgadas como fue el caso de la serie Cristal Oscuro: La Era de la Resistencia (The Dark Crystal: Age Of Resistance, Jeffrey Addiss, 2019), la precuela de la legendaria película ochentera de Jim Henson y Frank Oz. Realizando un soberbio trabajo artesanal al recurrir a la compañía de marionetistas y efectos prácticos de Henson, que se tradujo en un espectáculo de fantasía épica y oscura que bien podría haber recogido a los disconformes con la última temporada de Juego de tronos, emitida ese mismo año. No debió ser así el caso, y Netflix aún hizo mantener la esperanza de ver nuevos episodios TODO un año hasta el anuncio oficial de la cancelación.


Ya sea porque las próximas navidades veremos finalmente la postergada adaptación de Pinocho a manos de Guillermo del Toro (Hellboy, La Forma del Agua), que emplea la misma técnica de animación, y quieren ir tanteando el terreno, o realmente han querido apostar por un proyecto menos «estudiado» a nivel mercadotécnico. El mismo día de estreno de la también inesperada Archivo 81 (Archive 81, Rebecca Sonnenshine, 2022-), se introdujo en el catálogo esta La Casa (The House, Varios Directores, 2022), una de las producciones más singulares de Netflix (incluso la plataforma la califica de «Especial» en vez de «Película»), a destacar para quien no lo haya hecho la plataforma.



La animación en todas sus formas es un trabajo arduo y de total dedicación. Pero la técnica stop motion considero que destaca bastante. Empezando por los particulares actores, marionetas que serán más o menos elaboradas y de rasgos más precisos o exagerados, cuyos movimientos realizados por un operario, serán filmados fotografía a fotografía. Así, puede que se dedique una semana entera de rodaje para filmar una secuencia tan sencilla como el saludo entre dos personajes. Unos tempos que hacen que estas producciones sean contadas o tengan el seguro comercial de estar en manos de realizadores ya consagrados y de renombre. El caso que nos ocupa resulta una curiosa y agradecida anomalía en el cada vez más encorsetado algoritmo de Netflix. Una trilogía de cortometrajes de treinta minutos de duración, cada uno con una propuesta única e independiente, pero que están algo más que conectados por el nexo de en común del emplazamiento físico de una misma y misteriosa casa. Sempiterno escenario de unas historias bien alejadas de cualquier audiencia infantil que podría invitarnos a pensar remotamente un primer y vago vistazo por encima de la propuesta. De hecho, me parece una total declaración de intenciones que The House inicie con “Y dentro se oye tejerse una mentira”, la historia que nos descubrirá el origen de la mentada casa que actuará de hilo conductor de la antología.


A modo de los relatos clásicos de terror de época decimonónica, Emma De Swaef y Marc James Roels nos presentan a una familia en apariencia feliz. Pero que debido a una visita de los familiares del patriarca, estos minan su confianza hasta el punto de aceptar una fantasmagórica propuesta a medianoche por parte de un misterioso benefactor que propone a la familia cambiar su modesta cada por una edificación más grande y lujosa. Pronto, comienzan a darse sin sentidos tales como que la casa se encuentra en cambios constructivos constantes que parecen convertirla en un desconcertante laberinto. O lo más extravagantes que se vuelven las exigencias del oculto mecenas, a las cuales solo se opone la hija de más edad de la pareja, enfrentándose a unos cambios vitales cada vez más opresivos y oscuros. Este cortometraje seguramente sea el más conciliador gracias a su apuesta temática más directa y cristalina de un suspense y terror que se potencia con la tierna edad de las hermanas protagonistas (una, apenas un bebé). Las cuales, aunque no se enfrentan a horrores totalmente gráficos, contagian una total sensación de indefensión clave para estas propuestas.



“La verdad que no se gana está perdida” no solo presenta un drástico cambio respecto a la anterior historia con su ambientación actual. Los personajes protagonistas pasan a ser animales antropomórficos, en una decisión, que en esta propuesta en concreto al menos yo encuentro como algo más que un capricho. Potenciando un subtexto aún más desolador para este pasaje que llega a ser más siniestro si cabe que el anterior, si el espectador se implica en esta pesadilla de surrealismo existencial que no se distancia tanto de algunas obras de la filmografía de Yorgos Lanthimos. A excepción de cierto número musical artrópodo en sintonía con El cuchitril de Joe (Joe's Apartment, John Payson, 1996) y algún elemento o salida de comedia negra que hacen que esta entrega filmada por Niki Lindroth von Bahr sea la más sorprendente del conjunto.


Podría parecer que cerrar con “Vuelve a escuchar y al sol buscar” es un error y que estamos ante algún cortometraje a modo de “relleno”. El cortometraje de Paloma Baeza se antoja como el más distanciado del conjunto. Ya sea por ese marco post apocalíptico en el que no se busca indagar pero supone un buen bofetón de realidad, o por un tono más sentimental y evocador. La casa es ahora el único edificio a flote en un espacio inundado aparentemente infinito. Una joven casera se aferra con zarpas y dientes al lugar, buscando devolverle el precioso aspecto que presentaba en su infancia. Pero las tareas de restauración se antojan misión imposible al tener que hacer frente a las humedades y demás percances y a una pareja de inquilinos que apenas pagan el alquiler con las especies más inútiles. La llegada de un extravagante y particular navegante, traerá consigo el que la joven se enfrente de una vez a arraigadas preguntas vitales que no pueden esperar más a dar con la respuesta antes de que ella misma se hunda junto a la casa.



El segmento cuenta con un momento algo más tenebroso cuando el viaje interno de Rosa descubre los pasajes más enterrados de su pasado. Pero en su diferencia tonal, esta historia es el mejor desenlace posible para una antología que resulta de lo más cohesionada y completa. Una pequeña gran joya audiovisual con una excelente y valorable muestra de animación stop motion que añade esa capa mágica al conjunto en movimiento. Con un trabajo vocal notable que cuenta con nombres como Mia Goth, Helena Bonham Carter o Jarvis Cocker, y unas vitales y especiales composiciones musicales a cargo Gustavo Santaolalla. Todo ello conforma un viaje irrepetible, en ocasiones incómodo en sus mayores muestras de diferentes rostros del horror, pero que nos redescubre emociones en estado puro y nos enfrenta a valiosos y necesarios dilemas humanos en un espacio de poco más de hora y algo de metraje. Esto en el mismo lugar donde lo que imperan son producciones cada vez más «a plantilla» y manufacturadas para poder exprimirlas o desecharlas sin miramientos si vislumbran cifras a la baja. Por lo que agradecemos poder ser bienvenidas y bienvenidos en esta particular morada regida por sus propias reglas.