• Héctor Gómez

La ciudad desnuda de Weegee


1. Un hombre espera en un coche

Para entender esta historia hay que situarse en un contexto que nada tiene que ver con el actual. Una época previa a la globalización y a la omnipresencia de las pantallas, en la que la inmensa mayoría de la población mundial no abandonaba su terruño en ningún momento de su vida. Imaginemos a ese niño vociferando en las aceras la salida de la edición vespertina de algún periódico, alrededor del cual se agolpa una multitud que cambia sus monedas por un latigazo de información reciente, con la misma avidez que provoca el olor del pan recién hecho. Otros, por el contrario —por ejemplo aquellas mujeres que no han salido de las cuatro paredes de su hogar en todo el día—, se sentarán en una silla de la cocina, mientras el guiso de la cena borbotea a fuego lento y los niños borbotean por los pasillos a fuego fuerte, y girarán el dial de sus aparatos de radio desde alguna emisora musical hasta que el chisporroteo de las ondas deje paso a la voz engolada de algún locutor que actualiza las últimas noticias de la tarde. La actualidad sucede allí fuera, a cada instante, porque la vida nunca se detiene. Pero parece hacerlo todavía a un ritmo más pausado, más humano, más abarcable. Los acontecimientos, se diría, suceden uno tras otro, en lugar de todos al mismo tiempo.


Por la noche, eso sí, todo está en calma. La mayoría de ciudadanos duermen, esperando a que suene el despertador o los primeros rayos de luz se filtren a través de la ventana para empezar un nuevo día y lanzarse a los quehaceres cotidianos. Pero en las horas de noche reina la calma, solo interrumpida por el ruido esporádico del motor de algún coche o el ladrido lejano de algún perro callejero. El silencio, que pasa desapercibido durante el bullicio del día, es ahora el gran protagonista, como ese actor secundario que todos alaban cuando por fin lo ven actuar en un papel principal y solo entonces descubren todos esos matices que permanecían ocultos. Y por eso mismo, porque el silencio se ha apoderado de todo, aquello que lo rompe es todavía más llamativo.


Imaginemos ahora, en medio de ese silencio que cubre la ciudad como un velo, a un hombre sentado en el asiento del conductor de su coche. Probablemente esté fumando un puro, escupiendo las hebras de tabaco a través de la ventanilla abierta. Es verano y hace calor en Nueva York, ese calor nocturno que solo las grandes ciudades pueden ofrecer, después de todo un día de sol recalentando el asfalto, que ahora parece supurar como los poros de la piel humana. Ese hombre fuma mientras masculla el estribillo de alguna canción tradicional en yiddish, probablemente una de las que le cantaba su madre en los fríos inviernos de Zolochiv, cuando aquella zona de Ucrania todavía pertenecía al tan rimbombantemente denominado Imperio Austrohúngaro. A este hombre sus padres quisieron llamarle Usher, pero cambió su nombre a Arthur en el mismo momento en el que el barco que llevaba a miles de familias inmigrantes pasó por delante de Liberty Island, y aquel joven soñó con la promesa de una vida nueva. Pero Arthur tampoco duraría mucho, porque en el momento en el que nos lo hemos encontrado —pongamos que alguna noche del mes de agosto de 1938— ya nadie lo conoce así. A ese hombre corpulento y vivaz, que se mueve con una mezcla de torpeza y agilidad, todo el mundo lo conoce como Weegee. Según alguna leyenda apócrifa, porque ese nombre recuerda vagamente a la transcripción fonética de la ouija, por la capacidad de su portador de materializarse como por arte de magia en los lugares más insospechados. Quién sabe si esta leyenda es real, o tan solo una estrategia de marketing concebida por ese hombre que ha convertido su mera existencia en su propia marca.


En el asiento del copiloto del coche de Weegee descansa su cámara fotográfica, uno de esos viejos aparatos en los que el flash todavía era una bombilla que inundaba de luz blanca cuando se disparaba el objetivo. Podemos imaginar, somos libres para ello, que Weegee acaricia distraído su cámara mientras escucha el intercambio de mensajes rutinarios de la policía en su emisoria de radio portátil. Porque sí, en aquel momento Weegee tenía sintonizada la frecuencia de la radio del NYPD, primero de forma clandestina y después con el consentimiento tácito de las autoridades. De pronto, una frase llama su atención, e instintivamente lanza su cigarro por la ventanilla para acercar la cabeza al aparato, con la intención de no perderse ningún detalle. Es perro viejo, y conoce de sobra lo que significa cada código policial. En este caso, el mensaje solicita a la patrulla más cercana acercarse a un bloque de edificios del East Side, donde unos vecinos han alertado de la presencia de un cuerpo semioculto entre los cubos de basura en un callejón. Weegee abre desmesuradamente sus ojillos, y sus cejas espesas enmarcan un gesto de excitación. El bloque de edificios está a apenas tres manzanas —su instinto le había dicho que podría pasar algo cerca de la zona donde había aparcado—, así que arranca el coche a toda prisa y los neumáticos emiten un chillido que hace salir huyendo a un gato negro que pasaba distraídamente por allí, ajeno a cosas tan humanas como los cigarros, las emisoras de radio o los asesinatos.



2. Desnudando la ciudad que nunca duerme

Las fotografías por las que Weegee ha pasado a la posteridad podrían ser un relato paralelo de la historia de la ciudad más relatada del mundo. Un relato que da protagonismo a personajes que normalmente habitan los márgenes: jugadores, traficantes, prostitutas, pobladores nocturnos de una metrópoli ajena a los tejemanejes financieros de Wall Street, a las rutinas de running en Central Park o a los turistas haciéndose fotos iluminadas por los neones de Times Square. La ciudad de Weegee es una ciudad en la que dos operarios de la oficina del juez levantan una camilla con un bulto tapado por una sábana (recuerden, si la sábana tapa todo el cuerpo, su ocupante ya no verá el amanecer del nuevo día), ante la mirada curiosa y repleta de legañas de unos vecinos acostumbrados a oir «ese tipo de ruidos». Una ciudad, en definitiva, que habla de las más bajas pasiones del ser humano, fascinante en cuanto muestrario de lo que realmente somos en la intimidad de los callejones oscuros.


Precisamente, fue un libro que recopilaba fotografías de Weegee, titulado Naked City (1945), el que inspiró la creación de una película como La ciudad desnuda (The Naked City, Jules Dassin, 1948), y que tendría continuidad en una serie del mismo nombre que se emitió en EE.UU. entre 1958 y 1963. El largometraje fue coescrito por Albert Maltz y Malvin Ward, y salió adelante gracias al empeño del productor Mark Hellinger, que además oficia como relator en voice over del film. Su principal virtud, que además es precisamente lo que aleja a esta película de la tradición del cine negro estadounidense de los años 30 y 40, es una vocación decidida por mostrar la realidad, en un tono que se acerca decididamente al documental aunque sea a costa de sacrificar los elementos dramáticos de situaciones y personajes.



De hecho, en los primeros minutos de La ciudad desnuda lo que nos encontramos son planos de la ciudad de Nueva York, tanto desde el aire —mostrando una perspectiva aérea de la isla de Manhattan— como a ras de suelo, con el bullicio de las calles atestadas de gente en un día cualquiera. Además, la voice over de Hellinger describe esos mismos planos e incide en la cotidianeidad de las situaciones que el espectador está viendo. Incluso cuando la cámara muestra la escena de un posible asesinato, todavía seguiremos asistiendo a más escenas de la rutina diaria neoyorquina, y no será hasta pasados unos minutos cuando nos demos cuenta de que esa escena —y otra en la que dos personajes discuten junto a los muelles del río Hudson— forma parte de la trama principal de la película, que se inicia con el asesinato de una atractiva joven y continuará con la búsqueda de los culpables y sus motivos.


En La ciudad desnuda no hay espacio para efectismos, giros drásticos de guion, personajes atormentados y fotografía contrastada, algunos de los rasgos definitorios del noir clásico, heredero en buena medida de la literatura pulp y de las novelas de Dashiell Hammett o Raymond Chandler. Aquí, el protagonista no es un Sam Spade o un Philip Marlowe, ni tiene los rasgos de un Humphrey Bogart ataviado de (anti)héroe de aura trágica, con su icónica gabardina, su cigarrillo colgando de la comisura de los labios y su seco cinismo. Por el contrario, el personaje principal del film es el teniente Dan Muldoon (Barry Fitzgerald), un veterano policía de mirada sarcástica y aspecto frágil, más acostumbrado a resolver casos buscando pistas en montañas de papeles que acudiendo a sórdidos garitos nocturnos donde quedar embriagado por la femme fatale de turno. Así, La ciudad desnuda discurre a través de la investigación de la muerte violenta de esta joven, que acabará formando parte de una trama más compleja relacionada con el tráfico de joyas robadas y que implicará a varias personas más, incluyendo varios de sus amantes.



Sin embargo, lo que la película de Jules Dassin propone es un acercamiento realista a la investigación policial, que prácticamente muestra a tiempo real: las pistas falsas, los callejones sin salida, las declaraciones contradictorias... No hay nada en ella que parezca impostado, y solo hacia el final de la película se permite mostrarnos la persecución del presunto autor material del asesinato (Ted de Corsia) como única licencia a lo que las personas espectadoras podrían esperar de un film policiaco. El propio Jules Dassin ha pasado a la historia principalmente por estas películas enmarcadas en un noir más convencional, ya sea en filmes como Fuerza bruta (Brute Force, 1947) o en su etapa europea, después de su obligado exilio a causa de la persecución maccarthista, en títulos como Noche en la ciudad (Night and the City, 1950) o Rififi (Du rififi chez les hommes, 1955).


Por tanto, La ciudad desnuda puede leerse tanto en clave de película policiaca como también, por qué no, en clave de documental sobre la ciudad de Nueva York, la que retrató durante décadas un personaje como Weegee, que ofrece un relato alternativo e interesante que pone el foco donde casi nadie parece atreverse a mirar, pero donde, si observamos antentamente, podemos encontrar historias dignas de ser contadas.