• Héctor Gómez

Guerra de mañana, blockbuster de ayer


Doscientos millones de dólares tienen la culpa de que La guerra del mañana (The Tomorrow War, Chris McKay, 2021) no se haya estrenado en salas de cine para poder verse directamente a través del servicio de streaming de Amazon Prime. En circunstancias normales, en un mundo sin pandemia, Paramount Pictures habría apostado por esta película como su blockbuster veraniego, quién sabe si como competencia de la Viuda Negra (Black Widow, Cate Shortland, 2021) que estrenará Marvel de forma inminente para dar continuidad a su (inagotable) MCU. Pero ya no estamos en circunstancias normales, y es muy probable que el modelo de distribución y exhibición que conocíamos —especialmente el que se refiere a los films más caros— esté sufriendo sus últimos estertores. Con restricciones de movilidad y la amenaza de nuevos confinamientos en medio mundo, las ganas de arriesgar son mínimas, y los riesgos demasiado altos. Por ello, mejor apostar a la comodidad del salón de cada una y esperar que las nuevas generaciones ya no consideren el rito de la pantalla grande y las palomitas como condición sine qua non para disfrutar de los grandes títulos veraniegos.


Y es que La guerra del mañana lo tiene todo para ser un blockbuster estival en toda regla, porque la película de Chris McKay —conocido hasta ahora por dirigir Batman: La LEGO película (The Lego Batman Movie, 2017)— tiene todos los ingredientes que la emparentan con esos títulos de la década de los noventa y los primeros años del siglo XXI que suponen los años dorados del cine de evasión hipertrofiado y despreocupado. Luego llegaría el 11-S y el trauma del terrorismo global, una crisis financiera que arrasó con todo y, especialmente, una sensación de zozobra generalizada que se reflejó en las nuevas tendencias del cine masivo, un cine más autoconsciente de sus propios tiempos y mucho más oscuro. Hasta para vender nachos y refrescos, bromas las justas.


El mismísimo Roland Emmerich estaría orgulloso de La guerra del mañana. Porque esta película recupera sin complejos los elementos que dieron un éxito masivo al director de Independence Day (1996) o Godzilla (1998): una trama sencilla (que no se preocupa en saltarse a la torera cualquier consideración científica sobre los viajes temporales y se carga de un plumazo la verosimilitud liquidando la famosa «paradoja del abuelo»), unos efectos especiales más que dignos, una cierta dedicación al diseño de los enemigos alienígenas, un cuidado en la visibilidad de las escenas de acción y el diseño de montaje de las set pieces, la introducción de toques de humor y un mínimo de química entre los personajes y, finalmente, el carisma de su protagonista, un Chris Pratt cuyo personaje —un profesor de instituto ex combatiente en Iraq y decepcionado por no tener una vida mejor— es igual de plano, insulso e idiota como el actor que le da vida.



La guerra del mañana parte de un planteamiento interesante: en el futuro, una invasión alien pone en peligro la supervivencia de la especie humana, así que los pocos seres humanos que quedan consiguen crear un agujero de gusano temporal para viajar a su pasado (nuestro presente) para pedir ayuda y, sobre todo, manos y cuerpos que sacrificar a mayor gloria de la guerra de guerras. La peculiaridad, en este caso, es que las personas reclutadas no son soldados profesionales, sino gente de la calle que, de forma más o menos voluntaria, configuran un ejército heterogéneo y demostradamente incapacitado para llevar a cabo su misión. Pero todo esto no importa en absoluto para un guion que exige evitar caer en cualquier tipo de reflexión lógica desde el primer minuto, y que en lugar de eso propone el típico batiburrillo en el que se mezcla el heroísmo del hombre de pie, un patriotismo capitalista disfrazado de hermandad global, la noción bíblica de sacrificio y redención, un desprecio libertario a la intervención política representativa («si ponemos esto en manos de los gobiernos, tardarán años en tomar una decisión», dice sin sonrojarse uno de los personajes en el tramo final de la cinta) y hasta los daddy issues (por duplicado, además).


La película de Chrs McKay no tiene la perfección formal y la solidez científica respecto a los viajes en el tiempo de Al filo del mañana (Edge of Tomorrow, Doug Liman, 2014), ni el emocionante tratamiento de la relación paternofilial de La guerra de los mundos (War of the Worlds, Steven Spielberg, 2005), ni la acidez en su crítica a la manipulación y el papel de los medios de comunicación de masas de Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997), ni siquiera ese patrioterismo deliciosamente bobo de la propia Independence Day, pero recoge elementos de todas ellas para construir una película cuyo tramo central funciona como un reloj suizo en cuanto a ritmo y ejecución, para luego plantear un punto y seguido que da pie a un tercio final completamente desquiciado en el que todo parece posible, y donde los saltos de fe en el guion se suceden sin ninguna vergüenza. Llegados a este punto, La guerra del mañana se ha liberado de cualquier lastre y ya le da lo mismo ocho que ochenta, invocar a Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017) que a La cosa (The Thing, John Carpenter, 1982), porque ya ha exprimido todo lo que estaba programada para dar: dos horas largas de entretenimiento puro y duro, cine de evasión con mayúsculas que estos tiempos tan sórdidos parecen haber olvidado.