• Héctor Gómez

La imposible utopía de Tarantino (Érase una vez en... Hollywood, 2019)



En el clímax final de Malditos bastardos (2009), Adolf Hitler y toda la cúpula del Tercer Reich sucumbía violentamente en el incendio de una sala de cine. Quentin Tarantino ponía en imágenes la fantasía que gran parte de Occidente ha venido arrastrando desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Hitler, el mayor enemigo que el mundo ha conocido jamás, no moría quitándose la vida en un búnker oscuro, a escondidas como una rata, sino que agonizaba dolorosamente bajo el chorro flameante de un lanzallamas empuñado por los aliados, y aullando de dolor. La historia, al menos la que escribió Tarantino, conseguía de esta manera poner un broche final a la altura de las mejores narraciones épicas.


Esa escena de Malditos bastardos se puede ver como otra de las secuencias enloquecidas y ultraviolentas del cine de Quentin Tarantino, pero también nos recuerda el inmenso poder del cine para narrar la Historia. No es casual que el nazismo encuentre su tumba en una sala cinematográfica, porque Tarantino es lo bastante inteligente como para saber que la verdad será la que se construya a través de los relatos, y qué mejor vehículo para difundir el relato que la experiencia colectiva del visionado de una película. Tarantino ofrece así una salida catártica a la peor experiencia histórica de la humanidad en el siglo XX, la del mal absoluto arrasado por el fuego y convertido en cenizas. La realidad, como es bien sabido, es mucho más prosaica y llena de aristas.


Del mismo modo que Tarantino quiso ofrecer un final alternativo a la Segunda Guerra Mundial (aunque hay que reconocer que con una intención más lúdica que política), en Érase una vez en... Hollywood (Once Upon a Time... in Hollywood, 2019) vuelve a optar por la ucronía, pero esta vez con una intención narrativa que dota de todo el sentido a la película. El propio título del filme, enésimo homenaje a su idolatrado Sergio Leone, ya nos pone sobre la pista: lo que estamos viendo es una fábula, un cuento con final feliz que salvaguarda la pureza de un cine, de una cultura y hasta de una forma de vivir que Tarantino añora con más fuerza que nunca ahora que ha llegado a su madurez.


El director de Tennessee se rebela contra la idea de que el asesinato de Sharon Tate a manos de la “familia” de Charles Manson fuera el golpe definitivo a la utopía de paz y armonía que inocentemente promulgaba el movimiento hippie. El crecimiento, el bienestar y el boom económico y social que siguió a la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos se fue desmontando poco a poco a medida que el país se sumía en una guerra interminable en territorio inhóspito. Vencido por primera vez en el campo de batalla, el trauma exterior se sumaba al trauma interior de ver morir en directo a su presidente de un balazo en la cabeza, de ver cómo las calles se inundaban de la sangre de aquellos que luchaban por los derechos civiles y contra la segregación racial. Y, por si fuera poco, los hippies, hasta el momento todo flower power, música psicodélica y dedos en señal de paz y victoria, asaltaban la casa del director más afamado del momento y cosían a puñaladas a su esposa embarazada de ocho meses y a tres de sus amigos en nombre del mismísimo diablo. Lo que pasó después ya es historia, y que Estados Unidos se lanzara a los brazos del conservadurismo y la economía ultraliberal más nociva no es sino la consecuencia del fin abrupto de ese sueño en el que todo parecía posible.



Por eso Tarantino vuelve a cambiar la historia, porque su cine ha sido siempre un homenaje continuo a las películas que vio cuando era niño, a un sistema de producción en el que Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) todavía era posible. En su película, Tarantino inviste a Dalton de la condición de héroe, para darle una vida extra al actor de segunda fila, al protagonista de esas ficciones baratas producidas como tornillos en una cadena de montaje. Al protagonista, al fin y al cabo, del material que construyó los sueños de un director en ciernes.


No puede ser más equivocado, y se ha hecho innumerables veces, etiquetar a Tarantino como un cineasta ególatra y ensimismado. Porque si algo ha hecho a lo largo de casi treinta años y nueve largometrajes es rendir un homenaje expreso y meticuloso al cine que más le gusta, desde el spaguetti western a las novelas pulp. En Érase una vez en... Hollywood, Tarantino prescinde prácticamente de argumento y coloca a Sharon Tate (Margot Robbie) como macguffin para que el público espere lo que Tarantino nunca le dará. En lugar de eso, la película oscila entre las historias paralelas de Rick Dalton, luchando por no desaparecer de una industria que poco a poco le hace bascular hacia papeles residuales, Cliff Booth (Brad Pitt), el especialista y doble de Dalton al que Tarantino convierte en el héroe inesperado al final de la cinta, y la propia Sharon Tate, la actriz de segunda fila elevada a leyenda por su trágico final y que, en una de las mejores escenas del film, saborea el éxito (modesto y momentáneo) de ver cómo la gente se ríe en el cine viendo una película suya.


Érase una vez en... Hollywood es quizá la película menos tarantiniana de Quentin Tarantino, pero al mismo tiempo (o quizá por eso) es la más madura. Es la obra de un director que por primera vez utiliza sus referencias cinéfilas no como adorno estético y virguería, sino para crear un universo utópico que redefine el concepto del héroe y la historia misma. Tarantino ha hecho una película compleja, emocionante y profundamente adulta. La obra de un cineasta en el punto álgido de su carrera, en la que convergen todas sus películas anteriores para advertirnos una vez más que la ficción quizá tenga el poder de cambiar el mundo. O, al menos, de cambiar la percepción que tenemos de él.

La luz contra la pantalla

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