• Héctor Gómez

El miedo que nos une


¿Se puede imaginar algo más terrible que las personas que amamos sean suplantadas por unos desconocidos? Stephen King, genio contemporáneo del terror, siempre lo ha tenido claro: el peor miedo es el que surge del extrañamiento de lo cotidiano, de la introducción de un elemento perturbador en nuestras apacibles y seguras vidas. No hay que ir a buscar el horror a planetas remotos, porque el infierno está aquí mismo, junto a nosotros —incluso dentro de nosotros—, en el espacio de lo íntimo. El verdadero miedo es convertir en inseguro lo seguro, en no poder confiar en los espacios y las personas que constituyen nuestra red de confianza. En socavar, en definitiva, los límites de nuestra propia percepción de la seguridad. El miedo a volvernos locos sea, quizá, el peor miedo de todos.


La psicología de finales del siglo XX acuñó el término de síndrome de Capgras, pero la tradición literaria ya utilizaba desde la Grecia clásica el concepto de Sosias, esa persona que tiene mucha similitud con otra aunque no guarden ninguna relación de parentesco. Un concepto que difiere ligeramente del doppelgänger germano, por cuanto este implica una especie de reverso psicológico del individuo, mientras que el Sosias se refiere más a la similitud física, tan perfecta que las diferencias solo se pueden apreciar en un plano difuso, que tiene más que ver con la intuición o la corazonada que con la propia percepción óptica.


Las personas que padecen el síndrome de Capgras —generalmente asociado a enfermedades mentales como la esquizofrenia, patologías neurodegenerativas o el abuso de sustancias psicotrópicas— pueden llegar a asegurar que los familiares o amigos más cercanos no son ellos mismos, sino que han sido sustituidos por alguna entidad desconocida. Esto puede derivar en conductas paranoicas al pensar que esta sustitución tiene como objetivo la destrucción de esta persona, que se ve progresivamente más aislada y encerrada en su propia alucinación. Si lo más cercano a nosotros ya no es seguro, entonces ya nada lo es.


Suplantación. Paranoia. Conspiración. Miedo. Ingredientes perfectos para que surja el relato de la desazón social, independientemente del contexto. La ventaja de las metáforas es que son, en el fondo, un significante vacío que se puede rellenar con casi cualquier significado. El material de partida es siempre el mismo, pero las interpretaciones son prácticamente infinitas. Solo hay que cambiar el prisma desde el que miramos para que aparezcan, como por arte de magia, nuevos significados, nuevas lecturas. Es por eso que el síndrome de Capgras ha servido, a partir de la segunda mitad del siglo XX, como caldo de cultivo para explicar los miedos de diferentes generaciones.


El miedo al otro

En 1955, Jack Kinney publicaba su novela de ciencia ficción The Body Snatchers, en la que imaginaba que la Tierra era invadida por una especie extraterrestre que suplantaba a los seres humanos por unos duplicados surgidos de unas semillas procedentes de una suerte de vainas. Esta suplantación se daba cuando el individuo original dormía, momento en el cual los «ladrones de cuerpos» absorbían su mente y completaban la sustitución. Muy poco después de su publicación, la novela fue llevada por primera vez al cine de la mano del productor Walter Wanger en La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956), película cuyo estatus de culto se debe en gran medida a cómo este film ejemplifica los mayores temores de la época, y cómo una vez más es el cine de género el más aventajado a la hora de expresarlos.


Existen numerosos estudios sobre las lecturas metafóricas del cine fantástico y de ciencia-ficción (enmarcado mayoritariamente en la lógica de producción conocida como serie B, sin grandes presupuestos y sin contar con los principales reclamos del star system) de la década de 1950, y cómo este es un muestrario perfecto de los miedos que azotaban a Estados Unidos en aquella época. En un contexto de Guerra Fría entre EE.UU. y la Unión Soviética, la posibilidad de un nuevo ataque nuclear se vivía como una amenaza constante, y ese clima prebélico tuvo su reflejo en multitud de títulos de género. Entre ellos, claro está, la mencionada La invasión de los ladrones de cuerpos.


En el film de Don Siegel, la invasión alienígena tiene lugar en Santa Mira, un pequeño e idílico pueblo de la soleada California. Allí vive el doctor Miles Bennell (Kevin McCarthy), el carismático médico local que disfuta de una vida sin más sobresaltos que alguna migraña o algún virus estomacal, mientras bebe los vientos por Becky Driscoll (Dana Wynter), una mujer que acaba de regresar a Santa Mira y de la que el doctor Bennell ha estado siempre enamorado. Sin embargo, en este ambiente ideal empiezan a suceder cosas extrañas cuando algunos vecinos refieren que no reconocen a sus familiares, y aseguran que estos han perdido la emoción, la chispa en la mirada. Lo que les hace humanos y reconocibles, al fin y al cabo.


Como hemos comentado anteriormente, la causa de esta alteración de la tranquila vida de Santa Mira es la presencia de estas vainas extraterrestres, de cuyas semillas surgen duplicados perfectos de los seres humanos a los que suplantan cuando estos se han dormido. Por tanto, la principal tarea del doctor Bennell y la señorita Driscoll será intentar averiguar qué está pasando, primero, e intentar detenerlo, después, mientras todo el mundo a su alrededor está progresivamente siendo suplantado por las implacables vainas.


Si atendemos a lo que decía el propio Jack Kinney —y también Don Siegel—, la novela quería centrarse más en el aspecto psicológico de la situación (cómo reaccionamos ante la suplantación de un ser querido y la pérdida de humanidad) que en el aspecto político, aunque las lecturas en este sentido no tardaron en hacerse obvias. Y es que, a poco que se preste atención a la película, la interpretación política es evidente. Hacia el final del metraje, cuando Bennell y Driscoll son los últimos representantes «humanos» en Santa Mira, sus antiguos amigos (ya convertidos en pod people, o personas-vaina) les explican el origen extraterrestre de la invasión, además de un detalle capital: cuando los seres humanos son suplantados, continúan su existencia en una vida sin problemas ni complicaciones, sin odio, sin envidia, sin codicia y sin rencor. Pero también sin emoción y, por supuesto, sin amor. A este respecto, la pareja de enamorados se niega a aceptar una vida en estas condiciones, y emprende una huida hacia ninguna parte, ya que en cuanto se duerman pasarán a engrosar irremediablemente las filas de la pod people.


Precisamente, la descripción que la película hace de la pod people (seres desprovistos de emociones, homogéneos, inhumanos) coincide con la descripción que desde Occidente se tenía del comunismo, y entra en el juego de comparaciones entre los dos bloques antagónicos: el individualismo frente al colectivo, la emoción y la imaginación frente a la frialdad y la burocracia, el idealismo frente al conformismo. Por tanto, La invasión de los ladrones de cuerpos puede leerse en esta clave de miedo a una invasión comunista, a que los ideales del otro se introduzcan en la saludable sociedad norteamericana y la contaminen sin remedio. No hay que perder de vista que estamos también en la época de los blacklisted y la caza de brujas perpetrada por el senador McCarthy, obsesionado por detectar y erradicar cualquier amenaza comunista en el seno del país. Tanto es así, tan real se percibía esa ameneza, que el estudio decidió (contra la voluntad del propio Don Siegel) añadir un prólogo y un epílogo que alteraba completamente la resolución del film. Con este añadido, el final ya no era el de un desquiciado Dr. Bennell intentando advertir infructuosamente a los conductores de la autopista de la invasión que iba a extenderse por todo el país, y que ya se había llevado por delante a su amada Becky. En su lugar, se incorporó una escena más en la que vemos a Bennell contando su historia a unos médicos, que acaban avisando a las autoridades para que pongan fin a la amenaza. Por tanto, el relato ya no acaba con los ojos lunáticos de Bennell predicando la desgracia inminente, ignorado como Casandra, sino con el gesto aliviado de aquel sabiendo que el orden va a reestablecerse más pronto que tarde.


El miedo a uno mismo

Más de dos décadas después del film original se estrenaba La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978), para muchos la mejor versión de la novela de Jack Kinney. La película es muy fiel a la película de 1956, excepto por situar la acción en una gran ciudad (San Francisco), convertir al Dr. Bennell (Donald Sutherland) y Betty (ahora Elizabeth) Driscoll (Brooke Adams) en trabajadores del Departamento de Sanidad e introducir que los alienígenas contagian a los seres humanos a través de una especie de filamentos surgidos de las consabidas vainas. Por lo demás, el film reproduce prácticamente las mismas escenas de su predecesor, añadiendo eso sí algunos toques de humor que no existían anteriormente (además de la macabra escena del perro con la cara de Jerry García de The Grateful Dead).


La mayor diferencia entre ambas películas está en su final. Si decíamos que el film de 1956 se inventaba un final esperanzador, este está por completo ausente en La invasión de los ultracuerpos. La cruzada de Bennell y compañía por salvarse a sí mismos y la humanidad incluye la destrucción de un criadero de vainas, y la ambigua huida en la oscuridad del doctor tras este golpe contra los alienígenas. Pero la última escena del film nos muestra a Bennell en su oficina del Departamento de Sanidad, caminando entre la masa uniforme de pod people, y con una pregunta en el aire: ¿habrá resisitido a la suplantación y estará disimulando para sobrevivir? El encuentro con su amiga Nancy (Veronica Cartwright), quien fue precisamente quien le enseñó que podía engañar a los aliens si no mostraba ningún tipo de emoción, será la piedra de toque para saber si todavía hay esperanza para ellos.


Sabiendo lo que le había pasado a Don Siegel 22 años atrás, Philip Kaufman y Donald Sutherland acordaron no rodar el final que aparecía en el guion, precisamente para que el estudio, United Artists, no tuviera la tentación de editar un desenlace diferente para la vida comercial de la película. De ahí la espontánea reacción de terror de Veronica Cartwright cuando Bennell la señala con el dedo y la cara desencajada de Donald Sutherland emite un chillido inhumano, dejando claro que su conversión alienígena es total. Así, el final de La invasión de los ultracuerpos es equivalente al final de 1984 de George Orwell, cuando un derrotado Winston Smith se sienta en la cantina y se emociona ante los nuevos (y ficticios) logros de su nación mientras musita la demoledora frase: «Amaba al Gran Hermano». Winston y Bennell han peleado todo lo que han podido, pero en su lucha quijotesca ya no hay espacio para la esperanza.


Y no lo hay porque, entre otras cosas, los EE.UU. de 1978 son bien diferentes a los de 1956. Aunque la Guerra Fría seguía en marcha ya no lo hacía con la misma intensidad, y esta vez los demonios eran más internos que externos. La guerra y el trauma en Vietnam, la lucha por los derechos sociales, un presidente asesinado y otro dimitido por el escándalo Watergate. La incertidumbre ante el futuro de un país en un mundo cuyos equilibrios eran cada vez más inestables. Cuando los alienígenes vuelven a mencionar que los seres humanos suplantados vivirán en un mundo mejor, ya no hay cantos emocionados al poder del amor. Simplemente la superviviencia por la supervivencia, pero sin la convicción de mantener un statu quo que ya se estaba tambaleando. El final de La invasión de los ultracuerpos, que sigue erizando la piel en cada visionado, es tan desesperanzador como consecuente con el contexto en el que surge.


El miedo a un mundo nuevo

En 2007, a Oliver Hirschbiegel se lo rifaban en Hollywood. Su anterior película, El hundimiento (Der Untergang, 2004), el crudo retrato de las últimas horas de Adolf Hitler, había sido el gran fenómeno de los últimos tiempos antes de que la implacable maquinaria de internet acabara reduciendo la interpretación de Bruno Ganz a carne de meme. Y el primer film en inglés del realizador alemán sería precisamente Invasión (The Invasion, 2007), la cuarta adaptación —la tercera había sido Secuestradores de cuerpos (Body Snatchers, 1993), la película de Abel Ferrara que solo gustó a Roger Ebert y que hemos dejado fuera de este texto— de la novela de Jack Kinney, y la que más se aleja del material de partida.


La diferencia más llamativa, en un principio, es que los alienígenas ya no utilizan vainas, sino que han llegado a la Tierra a bordo de un transbordador espacial que ha explotado al colisionar con la atmósfera y ha sembrado de restos todo Estados Unidos. Ahora el contagio se produce como un virus normal, a través de la saliva o los fluidos, convirtiendo a Invasión en una involuntaria versión anticipada de la pandemia que nos ha tocado vivir. Bennell ahora es una mujer y se llama Carol, y le da vida una Nicole Kidman cuya peluca alcanza el puesto 22 en su ranking particular. Carol Bennell es una psicóloga divorciada que vive con su hijo Oliver (Jackson Bond), y cuyo exmarido (Jeremy Northam) es uno de los primeros infectados con el virus alienígena que le convierte en un ser desprovisto de emociones. Cuando una paciente (Veronica Cartwright, en homenaje al film de 1978) le asegura que su marido no es su marido (siempre son las mujeres las primeras en advertir este hecho, mientras que los hombres tienden a negar la evidencia), Carol empieza a sospechar de que está sucediendo algo extraño, pidiendo ayuda a su novio Ben Driscoll (Daniel Craig), un científico al que le cuesta creer lo que está pasando. La principal novedad que incorpora esta adaptación es la mención a la posibilidad de desarrollar una vacuna contra el virus, a partir de la inmunidad de Oliver, adquirida tras pasar una encefalopatía años atrás.


Sobre la película, lo más interesante es pensar en el calvario que debió pasar Hirschbiegel durante su primer rodaje en Hollywood, las diferencias creativas y los reshoots y reescrituras de guion que tuvieron que llevar a cabo James McTeigue y las hermanas Wachowski. Desconocemos también si el cast de Kidman y Craig se hizo por la inexpresividad de ambos, lo que les haría pasar desapercibidos sin problemas entre los extraterrestres, como tendrían que hacer durante gran parte del metraje. Más allá de las cualidades artísticas de Invasión (seguramente más de las que se pasaron por alto en su momento), lo interesante es señalar las diferencias respecto a versiones anteriores de la misma historia, y cómo estas responden a un nuevo contexto que no existía hasta ahora.



Si la bibliografía sobre el cine de ciencia ficción de los cincuenta y su relación con el terror atómico es inmensa, quizá lo sea más la dedicada a la expresión del miedo en los Estados Unidos post 11-S a través del cine de terror y fantástico, como el fenomenal Noche sobre América de Luis Pérez Ochando. Prácticamente no hay película de género en los primeros años del siglo XXI que no esté impregnada de la incertidumbre surgida tras los atentados sobre Nueva York y Washington D.C. el 11 de septiembre de 2001. Precisamente es en la capital del país donde se sitúa la acción de Invasión, y donde las referencias políticas son más evidentes.


Como en las versiones anteriores de The Body Snatchers, el personaje protagonista siempre se encuentra (además de la mano de un antiguo amigo ya convertido) antre la disyuntiva de rendirse o resistir. De mantener su humanidad o sucumbir a un mundo sin problemas pero carente de emociones. A ser humano o dejar de serlo, con todo lo que ello implica. La cuestión aquí es que Invasión lleva al paroxismo esta disyuntiva hasta convertirla en inverosímil, porque se nos dice que los extraterrestres han suprimido el concepto de otredad, y se consideran a sí mismos como una unidad indivisible. Por ello, al haberse extendido por gran parte del planeta, se han acabado las guerras, el hambre y el terrorismo, los antiguos enemigos irreconciliables ahora son aliados y la población marginada pasa a ser considerada ciudadana de primer orden. Ese es el mundo que se le ofrece a Carol Bennell, un mundo sin guerras y sin odio, mucho mejor que el inciero escenario en el que ella se estaba moviendo. Pero claro, ese mundo implicaría tener que eliminar a Oliver, debido a su inmunidad frente al virus, y es ese amor de madre lo que evita que Carol se pliegue a las exigencias extraterrestres. Su huida con Oliver permite sintetizar una vacuna que poco a poco revierte la suplantación y devuelve al mundo a su estado anterior. Así, el plano final de la película muestra el rostro de Carol mientras las noticias vuelven a hablar de muerte, terrorismo y guerras, y en su gesto se puede intuir ¿cierta culpabilidad? al haber sacrificado un mundo mejor para la humanidad por salvar a su hijo. Por haber permitido un mundo demasiado humano.


Hemos visto que cada generación ha tenido sus propios ladrones de cuerpos. La invasión extraterrestre puede interpretarse como la amenaza del comunismo, los propios demonios internos o la incertidumbre en un mundo globalizado donde el terrorismo está agazapado a la vuelta de la esquina. Pero en todas estas historias hay un denominador común: el miedo a convertirnos en algo que no somos. El terror que acecha junto a nosotros, en el otro lado de la cama o en el patio del colegio. El miedo, al final, es lo que nos hace más humanos.