• Héctor Gómez

La justicia es ciega (Tu hijo, 2018)



Antes de que, en los ochenta, los protagonistas del thriller y el cine de acción se dieran un buen atracón de arroz con pollo, batidos energéticos y ciclos de anabolizantes y se pusieran a repartir estopa en New York, en Vietnam o hasta en Marte, proliferó con cierto éxito un cine del justiciero urbano, personas normales (o policías de laxo código deontológico) que intentaban por todos los medios reparar una injusticia o simplemente aplicar la Ley del Talión (qué bien nos viene la Biblia a veces) contra quienes habían cometido una afrenta de cualquier tipo. Todos tenemos en la cabeza a Clint Eastwood alegrándonos el día convertido en Harry Callahan, o a Charles Bronson ajustando cuentas sin despeinarse el bigote.


Estos personajes, y estas películas, tenían bastantes cosas en común. Por un lado, se trataba de hombres (hasta que llegó Jodie Foster en La extraña que hay en ti (The Brave One, Neil Jordan, 2007) era un terreno prácticamente vedado a las mujeres), generalmente parcos en palabras -pero generosos en el reparto de golpes y de gatillo fácil-, y que buscaban venganza ante un hecho dramático que habían sufrido en sus carnes, que podía ser el secuestro, la agresión, la violación o el asesinato de un hijo, una hija, la esposa o el compañero de trabajo (lo del perro lo inauguraría John Wick muchos años después). En general, venían a ser productos de una sociedad ultraliberal en la que el individuo queda abandonado a su suerte, el control público brilla por su ausencia y el sistema policial y judicial o es demasiado lento e incompetente o está podrido de corrupción hasta las cejas. Así, el único camino para estos nuevos castigadores era seguir la proverbial ética (o falta de ella) del far west fundacional, liarse la manta a la cabeza, desempolvar el revólver que está guardado en una caja de zapatos en un altillo del armario (siempre está ahí) y salir a la calle a hacer lo que ningún policía o juez está dispuesto a hacer.


Pero, ante todo, lo que suelen tener estas películas es, digámoslo así, una "causa justificada". Más allá del camino que el protagonista elija para llevar a cabo su plan, y de cuántos ojos y dientes se lleve por delante para ello, siempre existe un detonante que el público puede entender como justificación de lo que va a pasar después. Si alguien viola o asesina a un miembro de tu familia, y nadie en el sistema mueve un dedo para castigar al culpable, se ve como justificado, y hasta "lógico" y "natural" que el protagonista busque la justicia -o la venganza, casi siempre se difumina la barrera entre ambas- por su mano. Por tanto, la pregunta siguiente tiene su aquél: ¿qué pasa cuando estos actos no están justificados?


Uno de los debates más interesantes que se pueden abordar sobre el cine (y sobre el arte, o en general sobre todo lo que es representación) es el de su ejemplaridad moral. ¿Debe el cine ofrecer ejemplos de conducta aceptables socialmente? ¿O debe simplemente retratar la realidad incluso en su forma más cruda y aberrante? ¿Podemos separar la calidad estética de una película de su mensaje, y este del punto de vista real del director o guionista?


Hay que reconocer que el Hollywood clásico intentó facilitar estas cosas, aunque ahora nos suene reprobable. El Código Hays lo tenía claro: la violencia y los actos inmorales no deben ser representados de forma explícita. Y si lo hacen, sus perpetradores deben ser castigados por ello. El problema venía, claro está, en que se consideraban "actos inmorales" cosas que ahora hemos superado definitivamente (o mejor no aventurarse a semejante afirmación), en general relacionadas con la representación del sexo, la libertad sexual, el papel de la mujer y las minorías, etc. Una vez cayó el código, el cine del que hablábamos al principio, ese cine de los justicieros urbanos, encontraba acomodo con un margen relativamente cómodo, pero casi siempre porque su violencia estaba amparada por un acto de "justicia social y personal" que, aunque acabara con el protagonista entre rejas o criando malvas, al menos sí dejaba en la audiencia la sensación de cierta justicia poética cuando se cumplía el acto de venganza.


*A partir de aquí el texto contiene spoilers que desvelan partes importantes de la trama de Tu hijo.



Pero retomemos la pregunta anterior, y enlacemos ya con la situación que propone Tu hijo (Miguel Ángel Vivas, 2018). En la película, José Coronado da vida a Jaime, un cirujano de éxito que lleva una vida tranquila y acomodada en Sevilla hasta que su hijo Marcos (Pol Monen) recibe una paliza a cargo de unos desconocidos que le deja en coma. A partir de ahí empieza la odisea de Jaime, primero por saber quiénes fueron los responsables y después por encontrarlos y buscar reparación por sus actos. Tu hijo es un thriller seco, de ambientes fríos y personajes lacónicos, muy en la línea de títulos del cine español reciente con los que comparte algunos tropos, ya sea Tarde para la ira (Raúl Arevalo, 2016), por aquello del tipo normal que inicia una escalada de violencia para vengarse, o Hijo de Caín (Jesús Monllaó, 2013), también con José Coronado como padre de un adolescente con muchas cosas ocultas.


La película se desarrolla, haciendo uso de planos largos en los que el encuadre aguanta hasta que se produce el más mínimo gesto, hasta el inevitable clímax final que lleva a la venganza del protagonista contra el agresor de su hijo. Pero lo interesante llega en un último giro, que hace descubrir a Jaime (y al espectador con él) que Marcos no era el chico ideal que siempre había creído, y que la paliza en realidad es fruto de la violación de Marcos a su exnovia Andrea (Ester Expósito), jaleada y grabada en vídeo por sus amigos. Es en ese momento donde Tu hijo se lanza a la piscina en un doble tirabuzón, y plantea un cierre de la película en el que Jaime, después de asesinar a quien dio una paliza a Marcos después de que este violara a una menor, destruye la evidencia del acto atroz de su hijo y, de alguna manera, le defiende.


Porque no es lo mismo vengarse de alguien que ha cometido un crimen contra una víctima inocente que hacerlo cuando la víctima es incluso más abyecta que su verdugo. Pero la cinta de Miguel Ángel Vivas opta por mantener la coherencia del relato a costa de poder resultar rechazable para quien busca la ejemplaridad en un producto de ficción. Es esa ambigüedad moral, y esa capacidad de generar discusión, lo que hace de Tu hijo una película necesaria y que plantea cuestiones tan incómodas como la de preguntarnos qué cosas estaríamos dispuestos a hacer (y a tolerar) por nuestros hijos. Ahí es nada.

La luz contra la pantalla

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