• Marcela Fernández Fong

Los mismos ojos distintos

El corazón nunca tiene bastante

Circula por Internet un meme que señala que las chicas al cumplir 20 años elegimos entre basar nuestra personalidad en la de Susan Sontag o en la de Agnès Varda. También puede ser que elijamos querer intentar ser las dos. Sin embargo, hay quizá algo en Varda, una mirada muy propia suya hacia las cosas de la cotidianeidad, que hace que yo me decante por querer parecerme, aunque sea un poco, a ella.


Agnès Varda al cumplir 20 años estudiaba Literatura y Psicología en París, Historia del Arte y Fotografía. Por aquellos años veraneaba en la ciudad francesa de Sète, en la que se encuentra un famoso barrio de pescadores, la Pointe Courte.



A los 25 años, Agnès Varda escribió un guion —sin otra experiencia en el mundo del cine más allá de su formación en fotografía— de una película ambientada en este pueblo costero, cuyo nombre en sí mismo le rinde homenaje.


La Pointe-Courte (1955) nos acerca a la vida de los habitantes del pueblo pesquero; podemos escuchar el choque de las olas, la oscilación de los barcos en el mar. Los movimientos de cámara nos acercan a imágenes de la cotidianeidad de las casas, de las calles y de las vidas que en ellas convergen, las de los habitantes del pueblo —que se interpretan a ellos mismos—. De esta forma, nos adentramos en el pueblo y somos testigos de las conversaciones que tienen lugar en las cocinas y los patios de las casas, vemos a los niños jugar en la calle, presenciamos cómo se construye el día dentro y fuera de los hogares, incluyendo, por supuesto, el mar.



En su documental autobiográfico de 2008, Les plages d’Agnès, la realizadora confirmaba su idea de que esta película se estructurara en dos historias, que fuera dos films en uno, alternando capítulos «como en una novela de Faulkner que había leído, Las palmeras salvajes». Estos dos relatos que nos concede Varda en La Pointe-Courte son el retrato neorrealista de los pescadores y la secuencia de una pareja que reflexiona sobre su relación, siendo el hilo conductor entre ambos la vida dentro de los límites del pueblo en que se circunscribe la historia. El primero de los «capítulos» a los que nos referimos nos acerca a una pareja formada por un vecino de Sète y su esposa parisina que ha viajado para verle. A través de su diálogo constante vemos que el motivo de la visita de Ella —cuyo nombre nunca es mencionado, conociéndolos nosotros solamente como Él y Ella— es acordar una separación con su marido. En las secuencias del matrimonio, la cámara nos acerca y nos aleja; en algunos momentos se nos permite más confianza y en otros les permitimos nosotros —espectadores— a ellos más intimidad. En sus paseos por las calles y por la orilla del mar mantienen una extensa conversación durante los días que Ella pasa en el lugar, donde reflexionan sobre la forma en que su relación ha ido envejeciendo y desgastándose, y es esta una reflexión que se amplía para replantearse el concepto de matrimonio, de amor y de felicidad conjunta —un tema que Varda tratará diez años más tarde, con una óptica diferente, en La felicidad (Le bonheur, 1965)—. Ella le pregunta a Él «¿Crees que nos queremos lo suficiente? ¿O convivimos por costumbre?» Por su parte, Él le dice a Ella «Te veía vivir, hablar, reír, hacer ruido. Sabía que prefería tu ruido al de los demás. Y que cuanto más te conociera más te querría».


Escenas como estas, enfocadas en lo más íntimo de una pareja, se contraponen con la vida pública de los vecinos de Sète, como con las secuencias de las justas acuáticas, las disputas entre padres sobre las relaciones entre los hijos de unos y otros, o las enfermedades de niños pequeños que todos conocen. Frente a esto, el matrimonio parece vivir en sus propios límites físicos dentro de la colectividad del pueblo pero, sin embargo, el pueblo en sí mismo la ayuda a Ella a observar de otro modo su relación; el espacio es lo que determina la cotidianeidad y el vínculo que hay entre ellos. La visita al pueblo hace temblar los cimientos de la relación basada en el recuerdo compartido y la nostalgia al modificar los propios recuerdos, al cambiar la perspectiva que tienen el uno del otro, como empezando de cero. Antes se habían dicho «Te miro a ti, pero no tengo los mismos ojos de antes / Entonces me miraste con los ojos cerrados» y ahora, tras la visita a La Pointe Courte el afecto ha cambiado. Él y Ella se vuelven a mirar con los mismos ojos, cambiados, de siempre; encuentran amor igual a través de los mismos ojos.