• Héctor Gómez

La trampa de la nostalgia (Midnight in Paris, 2011)



Cuando esta semana conocíamos el argumento de la nueva película que Woody Allen empezará a rodar en San Sebastián el próximo mes de julio, no tardaron en aparecer las bromas. Según lo que sabemos hasta el momento, su nuevo filme (todavía sin nombre definitivo) girará en torno a “la historia de un matrimonio norteamericano que visita la capital guipuzcoana durante el Festival de Cine de San Sebastián y queda prendado de la ciudad y el ambiente del festival. Allí, ella vivirá un affaire con un director francés, y él con una española que vive en la ciudad”.


Las burlas, como era de esperar, se centran en lo manido del argumento de la película, una ristra de tópicos que el cineasta ha repetido hasta la saciedad en las últimas cuatro décadas. Sin más información, y sobre todo sin haber visto la cinta, no son pocos los que auguran un nuevo fracaso de Woody Allen, y volverán a suplicar por una muerte digna de la filmografía de un realizador que viene arrastrándose durante muchos años. De hecho, ya contamos en un artículo anterior las dificultades con las que Allen se encuentra ahora mismo para distribuir sus proyectos y hasta incluso publicar sus memorias.


Sin embargo, y aunque es inevitable reconocer lo irregular de una carrera con tantos títulos (además lanzados con una periodicidad tan breve que apenas da tiempo a digerirlos y lleva muchas veces a confundir unos con otros), también es justo señalar que la repetición temática de Woody Allen no es tanto una cuestión de pereza o falta de imaginación, sino un ejercicio voluntario de seguir investigando sobre los temas que le obsesionan desde que empezara su carrera. El cine de Woody Allen, especialmente el de los últimos veinte años, se compone de variaciones sobre el mismo tema, donde lo único que cambia es el escenario donde tiene lugar la acción, y unas mínimas variables en cuanto al retrato de los personajes y las situaciones. Lo que no se puede negar, en todo caso, es que el cine de Allen tiene un sello propio y reconocible, que se reconoce desde el desarrollo de las tramas hasta cosas aparentemente tan nimias como la tipografía de los títulos de crédito. Y este volver una y otra vez sobre los mismos temas es producto de una voluntad férrea y un amor por su trabajo del que aún, a sus 83 años, sigue haciendo gala.


A principios de la década de los 2000, Woody Allen ya hacía tiempo que había pasado de moda como cineasta de referencia para las nuevas generaciones de cinéfilos. La década de los 90 se había saldado con un repertorio bastante irregular y poco memorable de títulos, que se perdieron sistemáticamente en una taquilla que empezaba a decantarse por la espectacularidad del blockbuster y las grandes producciones. La evolución que desde entonces se ha producido en la industria de Hollywood, que se centra o bien en franquicias de superhéroes y secuelas de gran presupuesto, o bien en cine independiente que se distribuye en el circuito de festivales o (cada vez más) en las plataformas de VOD, ha puesto en peligro de extinción todo ese cine de “clase media” que fue tan habitual no hace tanto tiempo y en el que se encuentra la filmografía de Woody Allen.


Así, dado que en su país natal la recepción del cine de Allen era cada vez más fría, el director neoyorquino –atraído también por la inversión de productores extranjeros– empezó su particular “gira europea” que le llevó a rodar por las principales ciudades del Viejo Continente. Así llegó su trilogía londinense (Match Point, Scoop y Cassandra’s dream) entre 2005 y 2007, Vicky Cristina Barcelona (2008), Midnight in Paris (2011) y finalmente A Roma con amor (2012). En todas ellas, y especialmente en las que se alejan de las coordenadas anglosajonas, nos encontramos con un retrato deliberadamente superficial de los entornos, quedando los personajes nativos como una especie de elemento pintoresco y folclórico que es visto por los protagonistas (siempre estadounidenses) con la curiosidad y condescendencia con la que uno ve un animal exótico en un zoo.



No obstante, de todos estos títulos, Midnight in Paris es sin duda el que supone la última gran película de Woody Allen hasta la fecha –de hecho, le valió el último de sus cuatro Oscars–. Sin estar a la altura de sus grandes obras de los años 70 y primeros 80, al menos sí destaca entre las medianías de su última etapa. Y lo hace, además de por lo curioso de su planteamiento, lo más cercano al cine fantástico desde El dormilón (1973), por hacer una propuesta que va más allá de primeras lecturas. Y es que, pese a la aparente frivolidad y reiteración de sus típicas historias de infidelidades, crisis matrimoniales y, en general, su repertorio inacabable de first world problems, a veces Allen se muestra especialmente acertado en su lectura de las tribulaciones de la clase media occidental, el auténtico quid de toda su filmografía.


Gil (Owen Wilson) es un guionista de cine de buena reputación en Hollywood, pero con ínfulas de convertirse en un gran escritor de literatura “de verdad”. Está de vacaciones en París junto a su prometida, Inez (Rachel McAdams), y los padres de esta. Gil está obsesionado con la magia de la capital francesa, y ansía quedarse a vivir allí, mientras que Inez y su familia manifiestan una y otra vez su animadversión contra los franceses y su deseo de volver cuanto antes a California para instalarse en una casa en Malibú. Sintiendo que no encaja en esos planes de futuro, una noche Gil deambula por París hasta perderse, y cuando suenan las campanas de medianoche aparece un coche antiguo que le lleva por arte de magia al París de los años 20. Allí conoce a sus artistas más admirados, desde Hemingway y F. Scott Fitzgerald hasta Dalí y Pablo Picasso. Incluso consigue que la mismísima Gertrude Stein lea su novela para darle una opinión. Pero el encuentro más importante es con Adriana (Marion Cotillard), una estudiante de diseño de moda que es pretendida por todos los artistas, y por la que Gil también se siente atraído.


Más allá de lo previsible del desarrollo de la trama, donde no falta la típica situación alleniana de doble infidelidad de la pareja –Gil se enamora de Adriana e Inez tiene una aventura con su pedante amigo Paul (Michael Sheen)–, lo verdaderamente interesante de Midnight in Paris es su tratamiento del Pasado como espacio idealizado. En tiempos de mercantilización de la nostalgia como objeto de consumo, Allen desmitifica el Pasado como ese lugar edénico en el que todo era mucho mejor que ahora. La trama de la película desarrolla, a través de la persona de Gil, el síndrome de la Edad Dorada, que idealiza tiempos pretéritos para huir de un presente decepcionante y demasiado prosaico. Gil es feliz en el París de las vanguardias, codeándose con los escritores y pintores a los que tanto admira, pero cuando viaja con Adriana al París de finales del siglo XIX (la “Edad de oro” para ella) y conoce a Toulouse-Lautrec, Gauguin o Degas, se da cuenta de lo absurdo de querer vivir en otra época, dado que siempre habrá un “antes”, un tiempo que se considere mejor que el actual.


Por ello, la conclusión de Midnight in Paris es la desmitificación del Pasado y la llamada a disfrutar del presente. Por eso, cuando Gil rompe con Inez y con sus conservadores progenitores, es recompensado con el encuentro casual con Gabrielle (Léa Seydoux), la dependienta de mercadillo que admira a Cole Porter y los paseos bajo la lluvia que Inez odiaba. Así se cierra este cuento cuyo desarrollo no ha supuesto ni la más mínima sorpresa, pero que por última vez nos sumerge de forma satisfactoria en el universo que Woody Allen ha ido tejiendo durante décadas. Un universo repetitivo y lleno de lugares comunes, sí, pero en el que de vez en cuando (y cada vez con menos frecuencia) vale la pena dejarse caer.

La luz contra la pantalla

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