• Julian Gondra

Los límites de la voluntad


Cuando vi que el 10 de junio iba a estrenarse la nueva película de Nely Reguera, inevitablemente me acordé de su primer largometraje, María (y los demás) (2016), por el que estuvo nominada al Goya a mejor dirección novel, y el poso que me dejó. Me gustó, pero me dejó triste. Triste y con un nudo en la garganta.

Por eso tenía curiosidad de ver esta nueva historia, en la que una voluntaria española llamada Marisa viaja a un campo de refugiados en Grecia para trabajar y ayudar a los niños que residen allí. La premisa y la elección de la actriz (la camaleónica y todoterreno Carmen Machi) me hacían pensar que probablemente la cinta fuera un poco más esperanzadora y con algún atisbo más de optimismo que la que he mencionado. Nada más lejos de la realidad.


Después de su paso por la última edición del Festival de Málaga, Reguera nos habla a través de esta historia de la necesidad de una mujer de sentirse útil recién llegada su jubilación; del deseo de sentirse realizada a través de las buenas acciones que quiere, necesita o se plantea hacer. Y, sin ninguna duda, lo hace de una manera muy honesta, mostrando las contradicciones, errores o disyuntivas que estas decisiones traen consigo. Machi encarna a una médico retirada que no se ve reflejada en las amigas de su edad (que no paran de hablar de sus nietos o se atiborran a paella en cualquier chiringuito de la playa); una mujer que tiene el afán y el anhelo de ayudar, de cuidar, de curar, de proteger y de mimar a quien ve desfavorecido. Y para ello se salta barreras y límites que, de alguna manera u otra, todos nos hemos saltado en la vida para lograr nuestro objetivo. Ahí es donde, salvando las distancias, todos o casi todos nos podríamos sentir identificados con el comportamiento de la protagonista.


Un dilema moral que me planteo constantemente mientras veo la película es si Marisa ayuda a esos niños (y a un niño en particular) simplemente por su bien, o también por la satisfacción que le produce a ella hacerlo. O por esa necesidad que antes comentaba de sentir que sigue valiendo para algo, que sigue pudiendo ser útil

como en sus muchos años de profesión. Y estoy convencido de que es un debate que la misma directora quiere que nos planteemos, pues es tan humano como la vida misma. Todos hemos creído en algún momento que éramos unas buenísimas personas cuando en realidad había un beneficio oculto para nosotros detrás de cada acto heroico, y creo que es honesto reflexionar sobre ello y reconocerlo. Y esta historia me ha invitado a ello.


También cabe mencionar ese conflicto que Reguera plantea entre las ONGs como entidad y la individualidad de cada voluntario. Las normas de la organización contra la vocación del voluntario. Las

contradicciones de nuestro mundo occidental y el querer imponer unas pautas y reglas que, si bien en nuestro mundo pueden funcionar para algunas cosas, nada tienen que ver con lo que de verdad necesitan las personas a las que quieren ayudar.


Todas estas cuestiones e interrogantes están plasmadas en la película de una forma humana y realista, con una verdad de la que Machi hace gala durante la hora y media que dura la cinta. Sin embargo, me sigue chocando esa falta de optimismo durante todo el metraje. No es un tema feliz, está claro, no quiero ver a gente bailando el Aserejé ni bebiendo unos chupitos con una sonrisa de oreja a oreja, pero sí que echo en falta algo de esperanza, un poco de ilusión que pueda ser un oasis dentro de ese mundo tan injusto que nos están mostrando. Por una parte, entiendo la crudeza que la directora quiere transmitir, porque no es un tema ni un entorno fácil de exponer, pero por otro lado, creo que me hubiera dejado una sensación mejor si se hubiese colado algo de alegría entre los planos de la película y las miradas de los protagonistas. Quizá sea

necesario hacerlo de esa otra manera, es posible. Quizá estoy hablando desde un punto de vista privilegiado, es posible. Quizá no seamos conscientes de que es difícil captar esperanza en un campo de refugiados, es posible también. Pero al menos esta historia me ha ayudado a reflexionar sobre ello y a plantearme preguntas que, aunque supiera que estaban ahí, pocas veces me había atrevido a hacerme.