• Héctor Gómez

El tormento y el éxtasis de Almodóvar


A medida que pasan los años, aumenta la sensación de que Pedro Almodóvar ha depurado su cine hasta convertirlo en un artefacto rabiosamente personal y autoconsciente. Si Dolor y gloria utilizaba a Antonio Banderas como álter ego del director manchego para hacer un repaso, que oscilaba entre lo ficticio y lo autoreferencial de una forma casi imperceptible, a una vida y una obra que solo se entiende a partir de la pasión y la voluntad por hacer el tipo de cine que quiere hacer, los apenas treinta minutos de La voz humana se revelan, de forma sublimada, como un compendio de toda una carrera, como si Almodóvar estuviera aprovechando estos años para ajustar cuentas con su pasado, para rehacer proyectos, para cambiar detalles que pasó por alto en su día. Para mirar atrás, en definitiva, como única forma de seguir adelante.


En La voz humana, Almodóvar vuelve al texto de Jean Cocteau, un texto que parece hablar desde 1930 al Almodóvar de 1988, el que disimuló Mujeres al borde de un ataque de nervios, un desgarrador drama sobre la ausencia del ser amado, disfrazándolo de comedia de enredos. Aquí Almodóvar vuelve a ese balcón lleno de flores, a esas maletas que esperan en el vano de la puerta a que sean recogidas por su legítimo dueño, en un intento desesperado de invocar su presencia. Pero también vuelve a La ley del deseo (1987), a esa conversación que Carmen Maura sostenía con un amante invisible, para acabar derrengada y deshecha sobre un sillón mientras se consumía en un mar de lágrimas. Aquí no hay teléfonos de baquelita, sino unos airpods inalámbricos, el guiño tecnológico que actualiza una historia universal de abandono y depresión y conecta la década de 1930 con la de 1980 y con el siglo XXI, y que de paso enlaza al Almodóvar ligero de sus inicios con el Almodóvar sobrio, intenso y ensimismado de los últimos años, contando sobre todo a partir de La piel que habito (2011), a la que sin duda remiten los violonchelos chillones de Alberto Iglesias que acompañan los momentos más intensos del cortometraje.



Tilda Swinton, con todo ese magnetismo que emana de su rostro severo pero a la vez increíblemente cálido y vulnerable, defiende un texto que seguramente el propio Almodóvar anhelaría haber escrito. Porque en ese monólogo ante un hombre invisible, materializado apenas en un traje extendido sobre la cama y un perro fiel que multiplica la sensación de desamparo, están todas las obsesiones temáticas y visuales de su cine: el melodrama desatado, la tragedia insuperable de la ausencia, la salvación a través del exceso y el gesto. Pero, ante todo, la puesta en escena del artificio puro, materializado en esa casa en la que vive la protagonista, que es al mismo tiempo la casa de Salvador Mallo en Dolor y gloria (trasunto a su vez de la propia casa del realizador manchego), pero es también un plató de rodaje, una isla de color en medio de la frialdad de una nave industrial.


Almodóvar construye La voz humana con la intención deliberada de resultar artificial, de articularse como un monólogo teatral sin público, digno hijo de la pandemia que nos ha tocado vivir. Un monólogo que es también un diálogo cuyas réplicas solo están en la cabeza de la protagonista, pero que llegan al espectador gracias a la magia de su voz, de esa voz que articula un discurso desde las entrañas, desesperado y amargo como un atracón de pastillas para dormir. Sin embargo, Almodóvar se aleja de Cocteau en algo tan clave como el desenlace, sustituyendo el suicidio trágico por la redención a través del fuego y las llamas, remitiendo a un final icónico como el de Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y a su promesa de inicio de una gran amistad, cruzando el umbral de una puerta que se abre y deja entrar una luz cegadora que indica que, ahora sí, hay un resquicio para la esperanza.

La luz contra la pantalla

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