• Héctor Gómez

Las incomprendidas

Actualizado: may 27


La primera frase que pronuncia Cecilia Lisbon (Hannah Hall), justo después de su primer intento frustrado de suicidio cortándose las venas en la bañera, resume a la perfección el espíritu de una película como Las vírgenes suicidas (The Virgin Suicides, 1999). A la frase de un doctor al que vemos de espaldas, que en un tono entre el paternalismo y el reproche le espeta “Eres demasiado pequeña como para saber lo dura que es la vida”, la pequeña Cecilia responde con una sentencia lapidaria: “Usted nunca ha sido una chica de trece años”.


Y no puede ser más verdad. Ni ese médico, ni esos padres, ni esos profesores, ni el psicólogo pazguato que tira de test de Rorschach como recurso aleatorio, ni siquiera los encandilados adolescentes del vecindario, ninguno de ellos ha sido una chica de trece años. Excepto, claro está, las otras cuatro hermanas Lisbon.


En su primer largometraje, Sofia Coppola ya sienta las bases temáticas y estilísticas de la que será su filmografía hasta la fecha. Los personajes de Coppola parecen tocados por una maldición que los condena a una especie de aburrimiento crónico, a un hastío existencial que no es tanto una falta de estímulos sino más bien una suerte de desapego hacia la vida. Una actitud que, además, proviene siempre de un estrato social acomodado y una etapa vital que siempre oscila entre la adolescencia y la primera juventud. Las protagonistas del cine de Sofia Coppola, casi siempre mujeres, son a menudo niñas pijas que parecen haberse rendido a la fatuidad de una existencia vacía, a la languidez y a abrazar un nihilismo vacuo que pueda paliar los efectos narcotizantes de una vida instalada en la nada más absoluta. Así son personajes como Charlotte (Scarlett Johansson) en Lost in Translation (2003), la reina (Kirsten Dunst) que da título a María Antonieta (Marie Antoinette, 2006) o las cleptómanas wannabes de The Bling Ring (2013). Algo que, por otro lado, no resulta necesariamente malo o criticable per se, sino que más bien redunda, a base de la acumulación de evidencias, en poner sobre la mesa la frivolidad que subyace en cierto estrato social, tan alienado en sus propias cuitas de niños ricos que son completamente ajenos a los problemas de la mayoría de los mortales.


Por eso, una novela como la de Jeffrey Eugenides parece estar diseñada a medida para Sofia Coppola. Las vírgenes suicidas se adentra en los ambientes de los suburbios de Detroit (suburbios en el sentido americano del término), esos paisajes de casas unifamiliares de enormes jardines, barbacoas vecinales y misa metodista los domingos. Pero donde también abundan las miradas inquisitivas detrás de las cortinas, los cotilleos de los vecinos y la falsa cortesía que oculta una hipocresía más grande que la bandera americana que ondea en los postes. No es de extrañar que David Lynch hiciera que el protagonista de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) se encontrara una oreja cortada precisamente en este tipo de espacios, porque es justo detrás de esa fachada de amabilidad impostada donde suelen esconderse los instintos más bajos.


Las vírgenes suicidas es una película sobre la incomprensión. Por eso, Coppola cuenta todo el relato del film a través de la mirada de los cuatro vecinos adolescentes de las hermanas Lisbon, cuatro muchachos prepúberes que caen rendidos ante los encantos naturales de las etéreas hermanas. Sus voces en off, que están presentes a lo largo de todo el metraje, resaltan continuamente su incapacidad de entender, de juntar las piezas de puzzle que permita comprender por qué cinco muchachas ricas, bien educadas, buenas estudiantes, de una belleza abrumadora y con una vida prometedora por delante, acaban suicidándose una tras otra. Y es ahí donde Coppola respeta la novela, y como en el caso de Eugenides, nunca ofrece una explicación razonable y explícita de los motivos que llevan a las hermanas Lisbon a quitarse la vida. Sin embargo, la película ofrece momentos suficientes para que el espectador pueda extraer sus propias conclusiones, y que inciden especialmente en la figura de los padres (James Woods y Kathleen Turner). Él, un profesor de matemáticas ensimismado que parece incapaz de entender cualquier cosa que tenga relación con una hija adolescente. Ella, una ama de casa conservadora y recta, que interpreta cualquier presencia de un elemento extraño (ya sean unos chavales que quieren llevar a las hijas al baile de fin de curso o simplemente un disco de música rock) como una amenaza intolerable a la virtud de su prole. Así, con este panorama, solo Lux Lisbon (Kirsten Dunst) parece intentar mostrar algún atisbo de rebeldía, por mucho que lo único que reciba como respuesta es un severo castigo.


Como ya dibujara Lorca en La casa de Bernarda Alba, la reclusión forzosa de las hermanas Lisbon lo único que consigue es precipitar un desenlace trágico, al que los vecinos adolescentes asisten como testigos de primera mano, atónitos e incrédulos porque son incapaces de juntar las piezas de un rompecabezas que se les antoja irresoluble, pero que en el fondo tiene mucho que ver con un entorno social hipócrita y asfixiante que se esconde detrás de los pasteles de arándanos y los rastrillos solidarios en los garajes.


La luz contra la pantalla

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