• Héctor Gómez

El (imposible) cine quinqui


En Las leyes de la frontera (Daniel Monzón, 2021) se produce una vez más la enésima constatación de la imposibilidad de recrear el pasado desde el presente. Configurada como una revisión de los códigos estilísticos y narrativos del cine quinqui que tuvo su apogeo en España en la década de los setenta y ochenta, la película se queda corta en la recreación de aquella atmósfera, seguramente por las hipotecas impuestas por unas exigencias de producción y exhibición que chocan frontalmente con la propia esencia del cine quinqui. O, dicho de otro modo, el Lute, el Vaquilla y el Torete no tienen cabida en el universo Netflix.


Sin embargo, también sería injusto analizar un film como Las leyes de la frontera desde la única perspectiva de su adhesión al cine quinqui. Y lo sería porque la película de Daniel Monzón está estructurada como un largo flashback que abarca todo el metraje, a excepción de la primera y última escena. Es por ello por lo que la cinta puede ser leída no como una revisitación fidedigna de un contexto y de una época, sino como un regreso al pasado, conducido de la mano de la memoria. Y la memoria, como sabemos, es tan selectiva y engañosa como un truco de magia.

La frontera que aparece en el mismo título de la película, basada en la novela de Javier Cercas (2012) no es un espacio físico, sino más bien esa línea metafórica que se traza entre el bien y el mal, y que su protagonista (Marcos Ruiz) traspasa cuando conoce a dos jóvenes delincuentes que le descubren que es posible otra vida más arriesgada, menos monótona. Es así como Nacho se transforma en Gafitas, pasando de ser un apocado adolescente víctima del bullying a atracador de chalets y farmacias profesional. Una metamorfosis que el propio Marcos Ruiz traslada con mucho acierto a través de la modificación de su lenguaje corporal a medida que avanza la película y el camino de su personaje acepta cada vez menos capacidad de retorno.


En muchos aspectos, Las leyes de la frontera recuerda a títulos señeros del cine quinqui que tuvo su época dorada en la España del tardofranquismo, cuando los tironeros aterrorizaban a las viejas a bordo de un Seat 127 robado y Girona todavía se llamaba Gerona, con esa G inicial pronunciada arrastrando el paladar, tan castellana, tan charnega. Como charnego era Javier Cercas y charnega es la familia de Gafitas, catalanes de primera generación que se buscan las habichuelas en la España urbana, hartos de la miseria de provincias. Esa condición ya puede representar, por sí misma, un elemento de marginalidad, pero no es nada comparada con la de los habitantes de los barrios marginales, esa Tere (Begoña Vargas) y ese Zarco (Chechu Salgado) con tantas reminiscencias de un tal Juan José Moreno Cuenca, el delincuente con principios que pasó a la modesta historia arrabalera de nuestro país como El Vaquilla.

Es precisamente con una película como Yo, el Vaquilla (José Antonio de la Loma, 1985) con la que se pueden encontrar más paralelismos en La ley de la frontera. No solo por la ambientación en la Cataluña (con ñ) más lumpen, sino incluso en la construcción de algunas escenas de atracos, persecuciones y tiroteos con la policía que remiten directamente a aquella. Sin embargo, la principal diferencia radica en el espíritu diametralmente opuesto que transmiten ambas cintas. Yo, el Vaquilla es una película rodada en un estilo casi documental, sin actores pero con delincuentes reales, que transmite al instante la esencia de una época. Un acercamiento al mundo de la delincuencia, por cierto, que tiene mucho de mitificación trovadoresca de la figura del buen ladrón, ese alegre bandolero que cuando roba reparte el dinero, como cantaban Los Chichos. Las leyes de la frontera, por el contrario, se topa con el obstáculo insalvable del tiempo, y se ve en la obligación de recrear una época mediante la reconstrucción falseada de un momento casi irrepresentable. En la comparación de los ambientes de ambas películas, los billares, las casas, los coches, la manera de hablar de los personajes, queda patente la autenticidad de una (que juega con la ventaja de ambientarse en la misma época en que fue rodada) y la impostura de la otra, manifestada incluso en la elección del trío principal de actores que, aunque defienden con mucha solvencia sus personajes, no pueden evitar ser guapos y parecer disfrazados en todo momento.


Este sea quizá el único pero que se le puede encontrar al trabajo de Daniel Monzón y su equipo de producción, y es además algo que no es responsabilidad suya, sino la pura y dura imposibilidad de volver al momento en que lo quinqui era actual y no una fabulación inventada desde el presente. Por eso, Las leyes de la frontera funciona mucho mejor como relato de maduración de un joven, que vive la experiencia del primer amor y la necesidad de encajar en el mundo en un todo revuelto salpicado de peligro y marginalidad, pero que también pasa de puntillas por los aspectos más escabrosos de la novela y de la propia realidad (el abuso de drogas duras, sin ir más lejos) para ofrecer un producto para un público más amplio, que se acercará a realidades incómodas desde una comodidad inocua.