• Héctor Gómez

Lo que el viento no se debe llevar


Es un signo de nuestros tiempos asistir, cada vez con menos sorpresa, a cómo las reivindicaciones sociales y políticas manifiestan sus primeros efectos a unos niveles, que pese a ser efectistas y llamativos, no dejan de ser un simple retoque cosmético prácticamente residual. La polémica de esta semana de la retirada temporal de Lo que el viento se llevó (Gone With the Wind, Victor Fleming, 1939) del catálogo de HBO Max, la plataforma estadounidense de streaming de este gigante de la comunicación, ha sido la carnaza a partir de la cual se han vertido opiniones de todo tipo, especialmente en las redes sociales, ese nuevo foro donde tienen cabida todo tipo de discusiones, mucho antes incluso de haberse contrastado todos los datos y conocido todos los puntos de vista.


De hecho, la desinformación al respecto de este asunto es, como casi siempre, más grande que la propia información. Para empezar, HBO Max no ha retirado definitivamente la película de su catálogo, sino que es una medida temporal que ha tomado a la espera de volver a lanzarla con lo que ellos mismos han llamado “una explicación y una denuncia de sus representaciones racistas”. Es decir, HBO sigue la estela de otras plataformas como Disney+, que antes de algunas de sus emisiones, como es el caso de Dumbo (1941) o Peter Pan (1953), advierten sobre las “representaciones culturales caducadas”, refiriéndose a, por ejemplo, cómo los cuervos de Dumbo hablan con un marcado acento afroamericano (con unas voces proporcionadas, por cierto, por actores blancos).


La medida que adoptó en su día Disney+ fue recibida con polémica, una polémica que vuelve a resurgir ahora con el asunto HBO y Lo que el viento se llevó. En una situación como la actual, con un país como Estados Unidos pidiendo justicia por la injusta y evitable muerte de George Floyd a manos (y rodillas) de un policía blanco, y clamando contra la brutalidad policial y el racismo sistémico, y con las muestras de solidaridad y protesta extendiéndose por todo el mundo –incluso en un contexto de pandemia mundial por la COVID-19­–, los ánimos están más sensibles que nunca. Por ello, ante una carta abierta publicada en Los Angeles Times del guionista John Ridley –ganador del Oscar por 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, Steve McQueen, 2013)– solicitando a HBO la retirada del clásico de Victor Fleming por su “glorificación del Sur prebélico” y por perpetuar “estereotipos dañinos sobre la gente de color”, la plataforma ha respondido, apenas un día después, retirando la película de su plataforma al considerar irresponsable mantener el film en su servicio de streaming sin ofrecer una explicación razonable, tras la cual, en principio, volverá a ponerla a disposición de sus suscriptores.


Llegados a este punto, la pregunta que muchos se hacen es lógica: ¿es Lo que el viento se llevó una película racista? Absolutamente. Lo es por varias razones, entre ellas la representación del Sur esclavista como una especie de Arcadia bucólica en la que conviven en perfecta armonía terratenientes y esclavos negros, y donde las beligerantes ideas del Norte vienen a perturbar ese equilibrio. Los personajes negros, en especial el de Mammy –interpretado por Hattie McDaniel, la que fue, por cierto, primera persona negra en ganar un Oscar–, son absolutamente serviles a sus amos, y más sensibles con los problemas de estos que con los de los esclavos de su misma raza. Así es la película porque así es la novela que Margaret Mitchell publicó en 1936, y que fue un éxito de ventas instantáneo. Y también es cierto que a lo largo de sus más de ocho décadas de vida, esta vez no es ni mucho menos la primera en la que se han alzado voces denunciando el racismo de la película.


Sin embargo, la cuestión no es tanto si Lo que el viento se llevó es racista o no, o en qué grado lo es. La cuestión radica en reflexionar sobre qué mensaje se transmite cuando, aprovechando un momento de especial sensibilidad, se retira temporalmente la película. O se cancela, para hacer honor al término que se utiliza actualmente, y que tiene otros muchos sentidos adicionales. En primer lugar, no debería sorprender a nadie que HBO (o Disney) hagan estas maniobras. No hay que perder de vista que hablamos de grandes conglomerados de comunicación en los que se ponen en juego muchos millones de dólares. Y cuando el dinero está en peligro, la opción conservadora siempre es la más tentadora. En estos casos, adherirse a la opinión mayoritaria y políticamente correcta –aunque en la América de Trump este concepto haya sido completamente invertido– parece lo más seguro en términos empresariales. Se retira la película por unos días y se vuelve a lanzar con un pequeño vídeo que advierta de que lo que van a ver a continuación responde a los valores culturales de una época y ya no representan a la sociedad actual. La plataforma salva los muebles y además se convierte en adalid de la lucha racial.



Sea como fuere, este tipo de polémicas deberían servir, ante todo, para poner en primera fila nuestras verdaderas necesidades como espectadores, en primer término, y como ciudadanos en un sentido integral. Es imprescindible una mirada crítica hacia cualquier producto audiovisual, sin necesidad de que haya un disclaimer que dirija nuestro juicio en un sentido determinado. Este tipo de advertencias toman a los espectadores por idiotas, porque no necesitamos un cartel que nos diga que los Estados Unidos de mediados del siglo XIX eran racistas. Y no lo es por una razón muy sencilla: un hecho como el brutal asesinato de George Floyd no ha ocurrido en 1865, ni tampoco en 1939. Ha pasado en junio de 2020, como lleva ocurriendo cada año en incontables ocasiones. Así, lavarse las manos diciendo que lo que se muestra en Lo que el viento se llevó es “producto de su época” es, cuanto menos, perverso. Porque, de alguna manera, soslaya que su época es también nuestra época. Y sus problemas son también los nuestros. Como decía William Faulkner, “el pasado nunca está muerto. De hecho, ni siquiera es el pasado”.


El peligro de este tipo de maniobras es que de algún modo dan por hecho que nuestros valores morales son, no solo mejores que aquellos valores caducos de hace casi un siglo, sino también la culminación de una evolución cultural que se lleva fraguando durante décadas. Pero la realidad es bien distinta, y los hechos lo demuestran día a día. Sigue haciendo falta la reivindicación y la lucha, y el racismo no se combate ocultando las representaciones de la negritud. De hecho, hacer desaparecer ciertos productos alegando que hacen “apología del racismo” –intenten buscar Canción del sur (1946) en el catálogo de Disney+, sin ir más lejos– puede considerarse, en sí mismo, racista. Porque la mejor manera de reflexionar sobre nuestra propia cultura es conocerla en todas sus aristas, incluso en las más incómodas. En lugar de quitarnos de la vista lo que no nos gusta, deberíamos hacer el esfuerzo pedagógico de enseñarlo de forma crítica. En I Am Not Your Negro (2016), James Baldwin hablaba de cómo los niños negros crecen idolatrando a John Wayne matando a los indeseables indios, hasta que se dan cuenta de que ellos son los indios. Y es precisamente esa revelación, tan dolorosa como necesaria, la que convierte a los ciudadanos en personas con conciencia.


La historia de Estados Unidos, y la de Occidente en general, es la historia del racismo. Por eso, de nada sirve que un grupo de ejecutivos (blancos) de un gran conglomerado del entretenimiento retire temporalmente un clásico del cine para acallar a las voces críticas. En lugar de eso, deberíamos ver este tipo de películas una y otra vez, en bucle, hasta ser conscientes de hasta qué punto nuestros privilegios de raza –pero también de clase– nos han alienado hasta alejarnos de una realidad que tiene lugar delante de nuestras propias narices, hasta sentir como propia la vergüenza de haber construido una cultura sobre los cimientos de la represión, la marginación y el asesinato. Por una vez, no vale con repartir las migajas pero seguir quedándonos con lo más suculento del pastel. Por una vez, no vale con mirar hacia otro lado. Hay que mirar a nuestro pasado de frente, conocerlo, confrontarlo y, a partir de esa confrontación, construir un futuro mejor.

La luz contra la pantalla

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