• Héctor Gómez

Cuando el dinero sale por la puerta...

Actualizado: hace 2 días


Resulta curioso ver una película como Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002) casi dos décadas después de su lanzamiento. Entre aquella España, dividida entre los entusiastas del euro y los nostálgicos defensores de la peseta, y esta España, en la que los conflictos de antaño parecen irrisorios en comparación con los tiempos en los que nos ha tocado vivir, median casi veinte años y al menos un par de crisis estructurales. Pero los problemas de entonces siguen siendo tan cercanos que apenas hay que salir a la calle y caminar unas decenas de metros para que nos golpeen directamente en el rostro.


España en un país en crisis continua. Cuando no es económica (que lo es casi siempre), es política, ideológica, territorial o directamente de identidad. En este país nos estamos (mal)acostumbrando a caminar por el alambre como funambulistas en prácticas, a asistir impertérritos al penúltimo revés a nuestro modo de vida, a asumir la precariedad como modo de vida, a intentar autoconvencernos de que “esto es lo que hay”. En fin, como diría alguien con mucha más sabiduría que yo: “no pasa nada, es mejor esto que morirse”.


La expresión “los lunes al sol” pasó enseguida a incorporarse al vocabulario coloquial para representar la situación del parado de larga duración. Ese hombre o mujer que se levanta por la mañana un día entre semana y no tiene demasiado que hacer. Nada de autobuses, metros o atascos para ir a la oficina, nada de fichar entradas, salidas o descansos para el almuerzo. Nada de reuniones, plazos de entrega, horas extra o lo quiero para mañana a primera hora. Nada de tardeo o afterwork (algo bueno tenía que tener). Nada, en definitiva, de lo que nuestra sociedad considera “una vida digna”, esa en la que el trabajo –con las condiciones y el salario que sea– se convierte en la principal aspiración para legitimarse como individuo. No hay nada peor visto que un adulto que no trabaja, porque siempre habrá alguien que tuerza el morro y se arranque con el típico “trabajo hay, si no trabajas es porque no quieres”.


Precisamente, eso mismo le dice Reina (Enrique Villén) a Santa (Javier Bardem) mientras ambos toman una cerveza (a costa del primero) en el bar que sirve de centro de operaciones de los protagonistas de Los lunes al sol. Reina trabaja como vigilante de seguridad en las obras de un edificio, mientras que Santa sigue aferrado a la injusticia del cierre del astillero que puso a todos sus compañeros en la calle. Su conversación ejemplifica a la perfección las dos visiones sobre el paro y los conflictos laborales que enfrentan a la clase trabajadora. El conflicto entre los que han pasado página y aceptan el reciclaje profesional para tener algo que comer y los que siguen empeñados en creer en la utopía y el heroísmo de la lucha sindical. El problema es cuando se percibe que los últimos viven a costa de los primeros, y la inercia de la necesidad apremiante impide cualquier entendimiento entre los trabajadores que comparten una situación común.



Dicho de otra manera, esa escena (clave para entender la película) incide también en algo que solemos pasar por alto cuando hablamos de estos temas: el sesgo del triunfador. Santa lo verbaliza poniendo como ejemplo a Rico (Joaquín Climent), el propietario del bar donde se reúnen los ex trabajadores del astillero a beberse sus penas. Tras la huelga de los operarios, que reivindicaban la competitividad del astillero ante la amenaza de la competencia asiática, la empresa ofreció un convenio que algunos trabajadores, como Rico –casado y con una hija (Aida Folch) –, acabaron firmando. Así, pudieron recibir una indemnización que utilizaron para, por ejemplo, montar un negocio por su cuenta. El resto, como el caso de Santa, de Jose (Luis Tosar) o de Lino (José Ángel Egido) no tuvo tanta suerte y se vio de patitas en la calle con una mano delante y otra detrás. “A Rico le salió bien la jugada, pero podría haberle salido mal”, dice Santa como para justificar su propia suerte. En esta secuencia, León de Aranoa evita posicionarse del lado de alguno de sus personajes porque, si bien Santa podría ser considerado como protagonista dentro de una historia bastante coral, aquí el realizador lo coloca en una posición de inferioridad dialéctica, utilizando como único argumento para su defensa ese sesgo del vencedor, esa carta jugada al azar de la probabilidad, ese “a algunos les sale bien y a otros nos salió mal”. León de Aranoa, para compensar, dota a Santa en esta escena de una impronta quijotesca, de una heroicidad inútil cuyo único consuelo es que algunos lucharon hasta el final para defender el astillero y los intereses de sus compañeros, en una lucha de David contra Goliath que tenían perdida de antemano. Santa es, de esta manera, la representación del buen obrero, de ese que antepone los intereses colectivos a los particulares, a riesgo de perder todo lo que tiene, excepto la dignidad. Por mucho que la dignidad no pueda pagar el alquiler de la pensión a final de mes. Pero la película deja a Santa como vencedor moral de esa discusión, dejando claro el posicionamiento de sus creadores al respecto.


Masculinidad en paro

Los lunes al sol es un muestrario de todos los escenarios posibles a los que se enfrenta un trabajador cuando pierde su empleo, pero también puede leerse como un interesante (y seguramente involuntario) tratado sobre la masculinidad enfrentada a sus peores temores.

De todos los mitos del heteropatriarcado, uno de los más recurrentes, y más instalados en el imaginario cultural, es el del hombre como proveedor. En este contexto, es el hombre el que debe trabajar y ganar el sustento para la familia. Y aunque se dé el caso de que la mujer también trabaje, la eventual pérdida de su empleo no será percibida como una desgracia absoluta mientras se mantenga el trabajo del marido, pero no al revés. Una película como Los lunes al sol, escrita por Fernando León de Aranoa e Ignacio del Moral, está narrada desde una perspectiva exclusivamente masculina, y los problemas y dilemas que plantea se enmarcan en la reacción patriarcal a la imposibilidad de trabajar. A ser inútil en términos sociales, y ser repudiado por ello. El único personaje femenino con enjundia en toda la película (excluyendo el de Aida Folch, que además protagoniza una extraña e innecesaria relación lolitesca con Santa) es el de Ana (Nieve de Medina), la mujer de Jose. Ella es la que mantiene con su pesado trabajo como envasadora de pescado a su marido, que desde el cierre del astillero parece haberse resignado a pasar sus días entre vasos facetados siempre con un culito de whisky y conversaciones autocompasivas a pie de barra. Sin embargo, cuando acompaña a Ana al banco a pedir un crédito, y el director se dirige a su mujer al ser la única con ingresos, su reacción airada y destructiva es síntoma inequívoco de una masculinidad herida, al no ser considerado como interlocutor válido (y sí su mujer) en un asunto relacionado con el dinero.

El personaje de Jose es el mejor ejemplo de esta expresión de la masculinidad truncada en la película. Porque a la frustración de no ser considerado como opción para recibir un crédito se suma la sospecha de que su mujer podría tener una aventura con un compañero de trabajo. Cuando el hombre no tiene trabajo se vuelve mucho más vulnerable, y su condición de proveedor se ve amenazada (de forma fundada o simplemente imaginada) por la posible aparición de otro varón que sí pueda sustentar a su pareja. Esos fantasmas desembocan en celos, y de los celos al chantaje emocional hay solo un paso. Sin embargo, en Los lunes al sol no es necesario llegar a ese paso, porque aunque Ana tiene preparada las maletas para irse de casa (no se explicita que tenga una aventura extramatrimonial, pero sí que está harta de que su marido sea un alcohólico incapaz de poner orden en su vida), cuando Jose le cuenta lo que le ha pasado a su amigo Amador (Celso Bugallo), que ha puesto fin a su vida lanzándose por la venta, Ana divisa un paralelismo con la propia situación de su marido, y esa lástima –y no otra cosa– es lo que le impide abandonarlo.


Hablando de Amador, este personaje también representa un lugar común a la hora de afrontar este tipo de situaciones. Se queda sin trabajo superados los cincuenta, no puede encontrar otro empleo, su mujer se harta de la situación y lo abandona, y él se emborracha cada noche para afrontar su desgracia. Aunque quizá algún factor se dé en otro orden. El caso es que Amador es incapaz de aceptar ante sus amigos que su mujer le ha abandonado, y les dice que se ha ido unos días al pueblo a cuidar de su madre. De nuevo el patriarcado impide expresar los sentimientos y pedir ayuda. Es preferible sucumbir al alcohol, al abandono de toda higiene y, en último extremo, arrojarse por la ventana, que buscar la complicidad de sus semejantes. De nuevo esta visión del hombre inútil cuando no tiene trabajo.


Fernando León de Aranoa nunca ha sido un director sutil en sus metáforas –sin ir más lejos, una de las prostitutas protagonistas de Princesas (2005) se llama Caye (Candela Peña)–. El suyo es un cine deliberadamente “social”, que reivindica la dignidad y las contradicciones de la clase trabajadora, de los perdedores endémicos del sistema, con una mezcla de denuncia y ternura heredera del Ken Loach más maniqueo. La principal virtud de Los lunes al sol es, sin embargo, no dejar de lado a personajes como Santa, a los que el sesgo del vencedor no les alcanza ni de refilón. Huye de toda retórica triunfalista, de cualquier perorata impregnada de espíritu de superación y de cultura del esfuerzo. De todo, en fin, lo que desprendía una película como En busca de la felicidad (The Pursuit of Happyness, Gabriele Muccino, 2006) y su discurso de la “idea feliz” que cambia la vida de un hombre que no deja de intentar salir adelante. En Los lunes al sol no hay ideas felices, sino la constatación de que el esfuerzo y el optimismo solo funcionan en casos contadísimos. En el resto, solo cabe intentar pasar por procesos de selección interminables, por entrevistas de trabajo llenas de lugares comunes, por asumir que se es demasiado viejo, o demasiado poco formado (o demasiado formado) para ese puesto. Por encontrar la dignidad, únicamente, en destrozar una farola como símbolo de una victoria pírrica contra el capital. Por seguir soñando con Australia como un paraíso de tierras y de trabajo. Por hallar el único consuelo a tanta desgracia en un ferry secuestrado, con el sol de los primeros minutos del día calentando la frente y haciendo entornar los ojos, mientras uno se pregunta (como si no supiera la respuesta de antemano, y qué significa esa respuesta) qué día es hoy.



La luz contra la pantalla

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