• Javier Valera

La supervivencia del maricón de pueblo


Hace unas semanas se estrenó la que, sin ningún tipo de dudas, va a ser una de las series españolas del año: Maricón perdido (2021). La serie escrita para TNT por el guionista y escritor Bob Pop y dirigida por Alejandro Marín cuenta la adolescencia y madurez del propio Bob Pop, pero podría tratarse de la historia de cualquier muchacho gay que descubre su sexualidad en un ambiente represivo, lleno de homofobia y falto de apoyos.


«¿Es verdad eso de que si eres diferente vas a acabar mal?» le pregunta el Roberto (Bob) adolescente (interpretado por Gabriel Sánchez) a su abuelo (un maravilloso Miguel Rellán), y parece un diálogo sin más pero que sirve para reflejar algo muy importante de la serie: el miedo a no ser aceptado por cómo eres, por ser diferente al resto, por no encajar dentro de la heteronormatividad. Es uno de los temas más interesantes que plantea la serie, que consta de seis capítulos de apenas 30 minutos cada uno: la lucha por conseguir un espacio en el que sentirte protegido, valorado y querido.


La familia impuesta y la que escoges

Cuando se es una persona LGTB hay un factor muy importante: el entorno que te rodea, te acoge y no te juzga y te comprende. En Maricón perdido ese aspecto está desde el primer capítulo, como muestra el caso del personaje interpretado por Alba Flores, la amiga cómplice que se preocupa y se interesa por su amigo, por Roberto. Alguien que te acompaña en los momentos más divertidos y también cuando llegan los malos. La enfermedad es otro de los temas de la serie y es muy doloroso ver cómo el protagonista debe, y también decide de alguna manera, afrontarlo solo, ante la pasividad materna (terribles las escenas en la consulta del médico).


Bob Pop ha elaborado un guion en el que no pretende ser hostil con nadie, ni con la gente que le haya podido tratar mal, y eso ocurre con el personaje tan complicado de la madre, una Candela Peña en uno de sus mejores papeles, más preocupada por ella misma y cuyo único pensamiento, egocéntrico, es que ella es lo más importante para su hijo. Muy acertado el toque ridículo que aporta a un personaje tan enrevesado. La figura del padre ausente (Carlos Bardem lo interpreta y jamás se le ve el rostro) es otro acierto: no hay por qué volver a mirar a la cara, ni mostrar, a alguien que te ha hecho tanto daño.


Mención aparte merece la figura del abuelo, ese Miguel Rellán tan entrañable que se muestra preocupado e interesado por las inquietudes literarias del Bob adolescente. Aquí entra otro tema fundamental de la serie, el refugio en los libros para olvidar los problemas de la vida, los problemas de un chico diferente en un ambiente lleno de odio.


Amor, deseo, sexo y rechazo


En Maricón perdido asistimos a todo el proceso de aceptación personal que lleva a cabo el protagonista, pero también el ejemplo de cómo los cuerpos no normativos deben afrontar el rechazo dentro también del propio colectivo gay: es algo que se ve en las escenas dentro de las saunas gays donde Roberto (ya interpretado por Carlos González) busca contacto físico y solo recibe negativas o propuestas de chaperos. También hay lugar en Maricón perdido para historias bonitas como ocurre en el capítulo 5 (quizá el mejor de la serie) con el personaje interpretado por Ramón Pujol. Qué acierto rodar escenas de sexo totalmente naturalistas, sin importar el cuerpo de cada uno. Después de ver series y series donde parece que solo tienen sexo los gays con un cuerpo perfecto, ver escenas así, con dos cuerpos normativos, alivian y sirven para tener una representación más fiel a la realidad.


Maricón perdido es la serie LGTB del año. Una historia de superación personal, libre de rencor, sin pudor alguno y repleta de fantasía, con fusión de realidad y ficción, mucho sexo, mucha diversión, mucho dolor y enfermedad y, lo más importante, la consecución de la estabilidad, de la aceptación propia, de la felicidad aunque sea con heridas sin cicatrizar.