• Héctor Gómez

Mary Sue se cansó



*AVISO: Este artículo contiene SPOILERS del episodio 8x03 de Juego de Tronos.


Mientras Jon Snow decidía que la mejor manera de enfrentarse a un dragón era con las manos desnudas y gritando muy fuerte "¡Noooooo!" (¿?), su hermanastra (o prima, según se mire) Arya Stark asestaba una puñalada mortal al Rey de la Noche, el enemigo más temible que había conocido Poniente en milenios. No solo había tenido el valor de hacerlo, sino que fue capaz de triunfar allá donde muchos otros (todos, para ser exactos) habían fracasado. Su ataque combinaba sigilo, determinación e inteligencia, incluyendo el truco del prestidigitador que nos hace mirar donde quiere para distraernos del hecho de que la daga está en la otra mano. No habíamos visto finta similar desde la mítica entrada a canasta de Michael Jordan en las finales de la NBA de 1991, o desde que Chenoa se pasara el micro de una mano a otra en 2002.


El acto heroico de Arya Stark trajo consigo una resolución sorprendente (y para muchos, demasiado precipitada) de una de las batallas más épicas de la historia de la televisión. Pero al mismo tiempo, y por desgracia, resucitó un concepto tan trasnochado como tramposo. No fueron pocas las voces que se alzaron, con sus puñitos metafóricamente apretados, para vomitar bilis contra los guionistas de Juego de tronos desde su habitación en la casa de sus padres: ¿¿¿Cómo es posible que Arya, la niña más enclenque al sur del Muro, la que era poco más que una mascota cuando la conocimos allá por la primera temporada, haya sido capaz de derrotar al villano más poderoso de la serie, ese mismo que sobrevivió al dracarys sin derramar una gota de sudor??? Esos fans enardecidos, esos ofendiditos de sofá y bolsa de Risketos, ponían otra vez sobre la mesa a Mary Sue.


Pero, ¿quién es Mary Sue?

La cultura popular tiene una capacidad maravillosa de conceptualizar prácticamente cada cosa que se nos pueda ocurrir. El término Mary Sue proviene de un personaje de A Trekkie's Tale, un fanzine creado en 1973 por Paula Smith con la intención de parodiar la, por aquel entonces, serie más vista del género fantástico: Star Trek. Para entender mejor el contexto, hay que detenerse en un concepto sumamente interesante y nunca suficientemente estudiado, como es el de las fanfictions. En estas, los seguidores de un cómic, una serie de TV, un libro o cualquier otra expresión popular, reescriben (o redibujan) las historias para crear un universo diferente al del canon oficial, en la mayoría de ocasiones para modificar determinados hechos argumentales con los que no están de acuerdo o hubieran preferido que fueran de otra manera. Y, en otra vuelta de tuerca, muchas veces se incluyen a sí mismos en este nuevo universo customizado. Es decir, que la fanfiction cumple con el cometido de satisfacer los deseos del público de formar parte del universo de ficción, y de hacerlo además con una participación activa y heroica. Así, un jovenzuelo de Arkansas que suspende gimnasia de forma sistemática y se queda sin resuello al subir al segundo piso puede derrotar a un ejército de orcos en la Tierra Media, formar parte del ejército de Dumbledore o pilotar el Halcón Milenario sin necesidad de GPS.


En este sentido, la aparición de la teniente Mary Sue en la obra de Paula Smith suponía una burla contra estas fanfictions, pues exageraba sus características para así ponerlas en cuestión. Pero el resultado, curiosamente, es que el tiempo (y la inquina) ha ido modificando el sentido del término hasta darle una connotación peyorativa. De este modo, hoy en día una Mary Sue es un personaje abiertamente idealizado cuyas capacidades están exageradas y que cobra un protagonismo antinatural en una historia en la que no debería ser más que un personaje secundario. Esto, para muchos, supone una alteración imperdonable de la lógica del relato, y el sometimiento de su verosimilitud al capricho de un autor que se ha venido demasiado arriba.


No son pocos los que han señalado a Arya Stark como una Mary Sue (y no pocos tampoco los que la han defendido, para ser justos), pero en todo caso el debate sirve para poner en cuestión una vez más ciertas actitudes hacia la ficción que tienen su reflejo en la realidad. Y es que a nadie le hubiera extrañado que fuera Jon Snow quien diera muerte al Rey de la Noche, como así parecía que nos estaban preparando los showrunners de Juego de tronos desde que lo resucitaran de entre los muertos hace ya unas cuantas temporadas. Es más, todo el mundo pasa por alto, y ve como algo normal, que Jon pasara de no saber ni cómo montarse en un dragón a cabalgarlo con suma pericia, aún en las peores condiciones, en el siguiente capítulo. Pero con Arya se pone todo en duda. Que si cómo es posible que se acercara tanto al Rey de la Noche sin ser detectada, que si cómo pudo pegar ese salto, que si cómo tuvo la fuerza de clavarle la daga hasta el higadillo... en fin, todo es buscarle los tres pies al gato. Pero esto, y ahí está la clave, solo ocurre cuando es una mujer la que lleva a cabo la acción heroica.


Porque el héroe, por definición, todavía es masculino. Así es el orden natural de las cosas, y no se cuestiona nada de lo que pueda llegar a aprender o a hacer. Sin embargo, cuando la heroína es una mujer, todo son cejas arqueadas y referencias desesperadas a un supuesto Deus ex machina. Y no solo en la ficción, ojo, porque no hay más que retrotraerse unas pocas semanas atrás, cuando trascendió que la principal responsable del algoritmo que permitió fotografiar por primera vez un agujero negro era Katie Bouman, una mujer, y además joven. Todos pudimos ver entonces, con una buena dosis de vergüenza ajena, las reacciones airadas de aquellos que clamaban que en realidad Bouman formaba parte de un equipo más grande en el que también había hombres, y que era injusto que ella se llevara todo el mérito. Lo cual no deja de ser cierto, pero tampoco deja de serlo que no se hubieran esgrimido estos argumentos si Katie Bouman se llamara James, Christopher o Manolo. Nadie hubiera cuestionado su liderazgo entonces, y mucho menos habría argumentado que formaba parte de un equipo más grande en el que también había mujeres.


Y es que a veces parece que la ficción, y la ficción fantástica para ser más concretos, es el último reducto de la masculinidad, el sanctasanctórum de la fantasía heroica y masculina, el lugar donde la gloria y los superpoderes están reservados a ellos, y que cuando son ellas quienes alardean de poseerlos es a regañadientes y con todas las reticencias y suspicacias del mundo. Que se lo digan si no a Daisy Ridley, que desde que interpreta a Rey en la saga Star Wars ha tenido que soportar de forma sistemática a legiones de fans poniendo en cuestión que su personaje tenga ciertas capacidades y habilidades que no parecen demasiado explicables, como si la verosimilitud del relato (el relato fantástico nunca puede ser verosímil, pero sí puede y debe ser coherente) se viera comprometida por ello.


Arya Stark ha sido uno de los personajes que más kilómetros ha recorrido de todo Poniente. Una niña que desde su más tierna infancia tuvo que ver cómo le cortaban la cabeza a su padre, que recibió entrenamiento en la lucha con el mejor espadachín de Braavos, que sobrevivió a las peores situaciones imaginables, que hizo un máster avanzado en el templo del Dios sin rostro que casi acaba con su cordura. Pero parece que cada uno de sus actos tiene que ser analizado con lupa, no vaya a ser que los guionistas se estén pasando de rosca y estén haciendo de ella una Mary Sue. Porque, ¿cuántos buenos personajes femeninos se habrán quedado en un cajón por el miedo a que les tildaran de Mary Sue? Ahí radica el verdadero peligro, en hacernos creer que no puede haber una heroína al mismo nivel que sus homólogos masculinos porque no resultaría igual de creíble. Arya Stark, como Rey, como la teniente Ripley, como Imperator Furiosa, como Gamora o como tantas otras, es una badass de primer nivel. Y no hay nada raro ni antinatural en ello. Frodo llegó hasta el Monte del Destino siendo el hobbit más flojo que había salido de la Comarca, ¿no os da que pensar?


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