• rubigiraldezgonzal

El laberinto del fauno


En mi caso particular, el nombre de Alex Garland tardó bastante en quedar calado en mi memoria y gusto cinematográfico. Con unos inicios puramente literarios, siendo su debut en 1996 con la novela homónima que acabaría adaptándose en La playa (The Beach, Danny Boyle, 2000), sus primeros trabajos en el cine fueron en los libretos de otras películas de su compatriota, Danny Boyle, como la revolucionaria 28 días después (28 Days Later, 2002) o el thriller espacial Sunshine (2007). Continuando con algún otro crédito a mayores como guionista en años posteriores, destacando el prometedor intento de escritura del, por aquel entonces, la irrealizable película basada en el videojuego HALO. Y, sobre todo, su trabajo (que se dice que se extendió incluso a estar a grandes cargos direccionales a lo largo de la producción) para llevar a cabo Dredd (Pete Travis, 2012).


La clara y arraigada experiencia en lo puramente narrativo podía haber hecho dudar del salto a pasar de tener todo bien atado en el papel a ponerse tras las cámaras para filmar sus siguientes historias. Así parecía ser a priori el caso con su Ex Machina (2014), que apostaba todo a llevar las posibilidades de realizar el test de Turing definitivo a lo que pudiese ofrecer el exprimir el suspense psicológico en un mismo espacio reduccionista como era el del apartado resort en medio de ninguna parte de la naturaleza del personaje de Oscar Isaac. Pero la película está muy lejos de una calculada apuesta de medios para lograr un éxito debutante funcional y sin riesgo alguno. En este primer trabajo completo, Alex Garland ya dejó bien claro que su buen hacer no quedaba solo en el archivo de texto. A lo que se ha acabado añadiendo una película tan particular como Aniquilación (Annihilation 2018), la cual (desconociendo hasta qué punto se adscribe a la novela original de Jeff VanderMeer), parte de una fascinante reinvención de El color que cayó del cielo de H. P. Lovecraft, para aunar un viaje de desolación cósmica de intimismo emocional como bien pudo ofrecernos La llegada (Arrival, Dennis Villeneuve, 2016), a la vez que contamos con unas vías narrativas más cercanas a la mejor Serie B de terror y ciencia ficción en las secuencias más recordadas de la película (con el anecdótico hecho que el equipo de exploración bien armado protagonista está conformado íntegramente por mujeres). Pero, sobre todo, la serie limitada DEVS (2020), de la cual, aunque de momento cuesta tratar de afirmar que estamos ante una producción para la pequeña pantalla de formas e intencionalidades cuasi cercanas al Twin Peaks de David Lynch, sí que podemos halagar como una de las mejores raras avis de los últimos años. En una historia que sigue rondando ya conocidas temáticas y lugares comunes argumentales de las historias que nos ha ofrecido Alex Garland en su comentada carrera, pero saliendo bien parado de jugar a forzar los tempos lacónicos de su propuesta de opresiva trama tecno-empresarial que se embarca en discursos y dilemas trascendentales encerrados en desafiantes diálogos (muchos de los cuales salen en boca de un anonadante Nick Offerman totalmente alejado del conocido perfil de icono de la comedia). Tras una propuesta como DEVS, estaba claro que Garland necesitaba un proyecto que fuese a la vez un nuevo interés para cualquier seguidor habitual, como un reclamo fácil para reacios actuales o cualquier tipo de espectador potencial. ¿Qué mejor entonces que una película de terror abanderada por la ya tan reconocida productora A24?


Aunque se le siguen asignando a cualquier propuesta de este género que sale con el logo alfanumérico unas conocidas ínfulas del ya tan mentado término de elevated horror, sí que podemos ver claramente una clara valentía a la hora de dar cabida a proyectos en bruto de género que en otras casas productoras acabarían por amoldarse a fórmulas y montajes menos arriesgados de cara a su proyección salas. Aunque se la jueguen verdaderamente en algunos casos como el del X (2022) de Ti West, que por suerte parece que verá cumplido el objetivo de llegar a realizar su trilogía de slasher estilizados de época, homenajeando al mismo cine, habiendo ya mostrado el tráiler de su precuela Pearl.


Men (Alex Garland, 2022) parece también ligarse a esta valiente incertidumbre, a pesar de contar con un nombre algo más reconocible y valorado que incluso decide regresar a una propuesta de suspense puro pero contenido como el de su debut como director. En el mismo título de la película quizás esté el elemento polarizante que puede ser el mayor motivo de disgusto justamente a tratar fuera del entorno del mismo metraje. Vaya por delante de que, sí, Men tocará desde su perspectiva en el género que se adscribe las problemáticas reales en torno a la masculinidad tóxica y las sensaciones de peligro y desamparo que viven gran parte debido a esta clase de elementos del sexo opuesto. Una perspectiva que, desde nuestra realidad en unos meses donde se han seguido produciendo un sinfín de agresiones físicas o sexuales (o mismos intentos) en diferentes espacios y ambientes de nuestras localidades (apareciendo incluso una nueva forma de sumisión química más sencilla y atenuante para estos delincuentes), hace que esta película alcance un inquietante (y necesario) estatus de “película del verano”.


Men no resulta ser una película puramente contestataria y centrada en este único aspecto de su propuesta. En un mismo espacio conviven unas cuantas interesantes lecturas en torno a su insondable misterio en la campiña inglesa, como es el caso del trasfondo bíblico que se nos ofrece a los pocos minutos de arrancar la historia con una simple frase e idea de apoyo visual que tampoco terminan por erigirse como el gran sentido narrativo torpemente oculto. Como si pasó con Darren Aranofsky y su precipitada Madre! (Mother!, 2017), a la que puede que Garland haya visionado como algo más que simple espectador. Porque su Men incluso sabe no apoyarse de más en todos los elementos del ya tan manoseado folk horror, que sabe esperar hasta el acto final de la película para no adelantar las grandes estampas de body horror telúrico que funcionan como una perversa guinda final, terminando de conectar a su vez con una entidad mitológica que vuelve a su estado más primigenio en pleno siglo XXI.


Es cierto que en este amplísimo conjunto de aspiraciones argumentales y metafóricas, Alex Garland consigue que Men no termine de ser la gran película redonda que podría llegar a ser si se centrase en una sola línea narrativa. Pero también eso le haría flaco favor a su tan conseguida fama tras las cámaras pero, sobre todo, tras el mismo guion. El cual aquí sabe dejar que todo esto encuentre lugar y repose en la mente del espectador mientras la película se desarrolla desde su aparente sencillez formal. La cual lleva a la protagonista de la historia, atormentada por una desgracia reciente en su vida en pareja, a buscar de forma desesperada un remanso de paz en un bucólico pueblecito. En su hospedaje, encontrado de forma online (ya era hora de que alguien tratase el inevitable terror en el simple concepto de los alojamientos de particulares), su anfitrión no le ofrece esa seguridad que esperaba. Cosa que no cambiará, sino que avanzará por recodos cada vez más perturbadores, cuando descubra que todo hombre con el que se cruza comparte un mismo rostro…


Una premisa así, en manos de alguien como Alex Garland, ya consigue descartar de entrada la idea de que esto solo se emplee como una simple curiosidad temática y visual que no oculte mucho más detrás que el abaratar todo lo posible la producción. Y sí, Men es una película relativamente modesta desde su rodaje desde unas cuantas localizaciones y reparto mínimo, recayendo de forma esencial en los dos actores protagónicos. Pero en ningún momento puede dar la sensación de que la película se haya filmado con restricciones o limitaciones que no hayan venido directamente de la batuta de Garland. El cual decide volver a encarar un ritmo y narrativa pausadas que aquí, más que en ningún otro de sus trabajos, se ve ensalzada por la ambientación naturalista que pasa de bello a inquietante en sus estudiadas composiciones visuales, siendo la más reverenciada la del túnel, que incluso se plasmó en el primer póster promocional. La BSO de Ben Salisbury y Geoff Barrow también se permea al escalofrío visual con unos acordes ominosos y fantasmagóricos que convierten el visionado de Men en todo un desafío para terminar su metraje sin haber tenido la piel de gallina por lo menos en un par de ocasiones.


Jessie Buckley ya venía de una claustrofóbica y vívida pesadilla de surrealismo cinematográfico como fue Estoy pensando en dejarlo (I'm Thinking of Ending Things, Charlie Kaufman, 2020). Y con Men vuelve a ofrecer un descarnado tour de force interpretativo a la zaga del camaleónico juego que tiene a su disposición Rory Kinnear en este particular “Pueblo de los malditos”, en el cual el actor produce una inquietud y terror que surte el mayor efecto cuando podemos ligarlo a presencias con las que podemos cruzarnos a pie de calle de forma ordinaria, más que con la apariencia más monstruosa que descubriremos a la par de esta Eva en cuanto más nos perdamos en los rincones más oscuros del laberinto en el que se acaba descubriendo este retorcido y espinoso Edén.