• Héctor Gómez

Mi amigo Hitler (Jojo Rabbit, 2019)


Taika Waititi es un Hitler imaginario en Jojo Rabbit (2019)

Curiosamente, el estreno en España de Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019) ha coincidido en el tiempo con la conmemoración del 75 aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz por parte del Ejército Rojo. Una efeméride que sirve, un año más, para evitar que caiga en el olvido una de los peores (si no el peor) episodios de la historia de nuestra especie, el genocidio masivo de millones de personas por cuestiones raciales, religiosas, culturales o, simplemente, por el capricho y la sinrazón de aquellos que se creyeron por encima de todo.


El Holocausto significó un antes y un después en nuestra manera de entender la historia, y de entendernos a nosotros mismos. De pronto, la sociedad occidental descubrió que se habían traspasado demasiados límites, y que incluso no existían palabras que pudieran definir un horror semejante. Ya advertía Theodor Adorno que "escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie", una frase que resume el trauma de una era, incapaz de asimilar que el terror hubiera alcanzado unas proporciones inabarcables. Ese mismo trauma que se instaló para siempre en la conciencia colectiva alemana, que ha pasado las últimas siete décadas pidiendo perdón a los demás, e intentando perdonarse a sí misma, por los crímenes cometidos.


Sin embargo, y desoyendo la pesimista sentencia de Adorno, se siguió escribiendo poesía después de Auschwitz. Y se insistió en una idea tan humana de que el trauma solo puede superarse cuando se verbaliza, cuando se habla de él y se escribe sobre él. Un proceso largo y penoso, sin duda, que paraliza la mente de tan solo pensarlo. Pero también necesario. El nazismo había sido un monstruo alimentado por la ignorancia o la indiferencia, al que se derrotó demasiado tarde, varios millones de muertos más tarde. El mundo necesitó entonces exorcizar a ese demonio, arrancarlo definitivamente de sus entrañas y de su conciencia. Y para ello era necesario abordarlo no como una masa informe y heterogénea, no como una idea abstracta sino más bien como algo concreto. Necesitábamos un nombre, un rostro, una persona sobre la que volcar el odio. Una figura que atrae y repele a partes iguales. Y un nombre y un apellido que al pronunciarlo, aún hoy, sigue produciendo escalofríos: Adolf Hitler.


Charles Chaplin en El gran dictador (1940)

Tom Dugan en Ser o no ser (1942)

No es extraño que dos de las primeras aproximaciones a la figura de Hitler desde la ficción (y dos de las mejores películas de los años 40) fueran dos comedias como El gran dictador (The Great Dictator, Charles Chaplin, 1940) y Ser o no ser (To Be or Not to Be, Ernst Lubitsch, 1942). La primera, un alegato humanista contra la barbarie que alcanza su clímax en uno de los monólogos cinematográficos más emblemáticos de la historia del cine. La segunda, una comedia de enredo -firmada por un director judío- en la que el Hitler que vemos durante casi toda la película es en realidad un actor disfrazado. Es decir, que abordaban a la persona de Hitler desde la parodia, y que fueron estrenadas antes de su muerte y antes de que el mundo conociera el alcance real del horror nazi.


Después de que los soviéticos liberaran Auschwitz y las noticias sobre los hornos crematorios y las ejecuciones en masa aterrorizaran y avergonzaran a medio mundo, el humor ya no tenía prácticamente cabida. Occidente pasó décadas intentando purgar sus pecados, y las aproximaciones al nazismo y a la figura de Hitler tendrían casi siempre un tono fatuo, autoconsciente de su propia fatalidad. Cada nueva ficción sobre Hitler reconstruye al personaje a partir de su propia maldad, conviertiéndola casi en una marca innata e inevitable, como queriendo negar la posibilidad de que un ser humano normal pudiera cometer atrocidades semejantes. En El hundimiento (Der Untergang, Oliver Hirschbiegel, 2004), Bruno Ganz interpreta a un Hitler desquiciado y tiránico, soltando espumarajos por la boca mientras ve cómo sus planes megalómanos se derrumban como un castillo de naipes. Y en Malditos bastardos (Inglourious Basterds, Quentin Tarantino, 2009), Tarantino lleva a cabo el sueño lúbrico de varias generaciones. En su película, Hitler no se quita la vida cobardemente en su búnker justo antes de perder la guerra, sino que son los aliados (un judíos, concretamente) los que le acribillan a tiros en una sala de cine en la que acabará ardiendo toda la cúpula nazi.


Bruno Ganz en El hundimiento (2004)

Ajustando cuentas con la historia

Taika Waititi, de nacionalidad neozelandesa, ascendencia maorí y religión judía, habría sido a buen seguro una víctima más del Holocausto. Sin embargo, en Jojo Rabbit se pone en la piel y en el bigote de Adolf Hitler, precisamente porque quién mejor que él puede estar legitimado para encarnar a su peor enemigo. La película de Waititi nos recuerda que Occidente solo fue consciente del horror de los nazis cuando este les golpeó en la cara, y el precio a pagar por derrotarlo iba a ser demasiado alto. Por eso narra la película desde el punto de vista de Jojo (Roman Griffin Davis), un niño de diez años devoto de la simbología y la ideología nazi, y obsesionado con honrar al führer y formar parte de las juventudes hitlerianas, aunque la película se apresure en mostrarnos que Jojo alberga sentimientos nobles y no es capaz de obedecer órdenes ciegamente (matar a un adorable conejito), lo que le conlleva la burla y el bullying de sus compañeros. Así, la película de Waititi se sirve de esa mirada infantil para incidir en la importancia de la educación social para formar las mentes en pleno proceso de desarrollo, y que si no se las dota de espíritu crítico acabarán perpetuando los mismos prejuicios peligrosos. Por eso Jojo no es consciente en principio de las razones de la misteriosa ausencia de su padre, ni de las sospechosas maniobras de su madre (Scarlett Johansson), y reacciona ante el descubrimiento de Elsa (Thomasin McKenzie), la muchacha judía que se esconde en su casa, con el miedo inducido por las leyendas y mentiras sobre su raza perpetuadas por la propaganda nazi. Ante esta amalgama de confusión, la única guía para Jojo es la presencia imaginaria de Adolf Hitler (el propio Taika Waititi), quien al principio es presentado como una figura infantilizada y caprichosa, una especie de alter ego del propio Jojo, pero que poco a poco (a medida que el niño va descubriendo la verdad sobre el mundo que le rodea) se irá tornando en una compañía siniestra y amenazante, hasta el inevitable exorcismo final que lleva a Jojo a desprenderse del último resquicio de inhumanidad.


Jojo Rabbit es una película de algún modo desconcertante, que tan pronto se inclina hacia el buenismo naíf de trasfondo amargo de Wes Anderson como se aproxima a la sensiblería épica de Steven Spielberg o nos deja escenas impagables que remiten al surrealismo iconoclasta de los Monty Python (ese momento Heil Hitler). Sin embargo, esos cambios bruscos de tono, a menudo incluso dentro de la misma escena, refuerzan el paralelismo con el proceso de (auto)descubrimiento del propio Jojo, que tiene su punto de inflexión en la escena más trágica y conseguida de todo el film, esa que solo necesita mostrar el plano de unos zapatos para condensar todo el peso dramático. Aún así, Waititi se aferra a su irreductible convicción del poder del humor para generar esperanza, y cierra la película con un momento de reconciliación y futuro, mientras suena de fondo una versión en alemán de Heroes de David Bowie, para demostrarnos que hoy, por fin, quizá sea posible hacer broma hasta de las cosas más serias.

La luz contra la pantalla

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