• Marcela Fernández Fong

Crecer como las malezas



Crece en cualquier lugar, como las malezas. Así que cualquiera puede recogerlo y comérselo. Ricos o pobres, cualquiera puede disfrutarlo y sentirse saludable. Estas son las palabras de la abuela Soonja cuando se acerca con David a la orilla del arroyo para plantar minari juntos. Este vegetal, que da nombre a la película de Lee Isaac Chung, es conocido por su capacidad de crecer más fuerte en una segunda temporada, de regresar después de haber muerto en un primer momento. Albergando un cierto significado poético para su director, esta planta es la alegoría a través de la que crea una historia ambientada libremente en su propia vida. El minari se siembra en una orilla, se expande y crece cada vez más fuerte pese a unas dificultades iniciales, de la misma forma que los migrantes llegan a un lugar nuevo y logran, pese a todo impedimento, adaptarse, mantenerse y crecer.



La película de Chung habla de lo bicultural, centrado en las vivencias de una familia asíatico-americana en los años 80, afincada en una zona rural de Arkansas, un pequeño pueblo donde, a orillas de un río, el padre de familia comienza un proyecto de granja. Seguimos así al matrimonio de Jacob (Steven Yeun) y Monica (Han Ye-ri) y sus hijos, cuya historia se ve perturbada a la llegada de la abuela materna (Youn Yuh-jung) al hogar, quien significará una especie de reencuentro con Corea. Veremos, las más de las veces, la vida a través de los ojos de David (Alan S. Kim), el pequeño de los dos hijos de la familia, de quien se sirve el director para presentar su propia educación y crecimiento. Es curioso ver cómo el pequeño, reacio a la llegada de su abuela, lo primero que diga al verla sea: la abuela huele a Corea, vinculando así el recuerdo de una patria que le es desconocida con el olor de algunos productos que llevarán a su madre a un llanto nostálgico ajeno a él (anchoas, semillas, hierbas o gochugaru). A través de este —a veces, hasta tierno— desconocimiento, David también acusa a su abuela de no ser una abuela de verdad o de no ser una abuela como las demás en los inicios de su relación.



Pero, sin embargo, ningún miembro de la familia es como los demás, ninguno de ellos se adecua a lo que creemos que debería ser o que marca algún patrón de comportamiento asignado. Así, vemos cómo la hermana mayor de David, Anne (Noel Kate Cho) se comporta con una madurez que no corresponde a su edad a la hora de cuidar de su hermano, cómo la abuela no sabe cocinar ni hacer galletas y se sienta en ropa interior en el suelo del comedor a ver la televisión, cómo la madre acepta la responsabilidad, sin avergonzarse, de algunos problemas que van teniendo lugar en la casa y, especialmente, cómo el patriarca se debate constantemente entre sus ambiciones y su familia.



A lo largo de Minari asistimos a momentos más o menos felices del matrimonio de Monica y Jacob. En una escena muy memorable, que se da en la sala de espera de un hospital, escuchamos estas palabras de Jacob: «¿Recuerdas lo que dijimos cuando nos casamos? Que vendríamos a Estados Unidos y nos ayudaríamos mutuamente. […] En lugar de ayudarnos mutuamente, todo lo que hicimos fue pelear». Lo que en un principio creemos que está derrumbando los cimientos de la pareja es la ambición de Jacob, la insistencia en la granja y el futuro negocio que planea tener con ella, y con el que piensa dar una vida mejor a su familia, pero que lo que realmente está materializando es una barrera entre sí mismo y ellos. Monica sufre todos aquellos momentos en los que ella y sus hijos lo han necesitado y no ha estado ahí, a pesar de que comprende su afán de mejora en cierta medida, el motor que los ha impulsado hacia ese sueño americano que parece inalcanzable. Sería limitar la realidad que se nos muestra con esta familia el hecho de decir que Jacob es un padre y un marido «egoísta» y que pone sus aspiraciones en lugar privilegiado de su vida. Precisamente la película de lo que nos habla es de esta ambición que lleva al migrante a enfrentarse a una nueva vida muchas veces en la precariedad, no una ambición egoísta, sino una ambición sufrida de mejora y de intento de dignificar la vida de la familia, la vida de todos y construir un futuro mejor. Nos encaramos con diferentes concepciones de éxito a las que el migrante se obliga a la hora de probarse ante su familia y de probarse ante sí mismo que sus esfuerzos han valido la pena, que es capaz de más.


Minari es la historia de una familia: una historia de sueños, de aspiraciones y frustraciones, una historia de la unidad a la hora de conseguir objetivos comunes; una historia, en definitiva, de esperanza y renacimiento en una segunda temporada, esta vez con más fuerza.