• Héctor Gómez

Mostra de València 2021 - Día 2

Actualizado: oct 18


Lejos quedan ya los tiempos en los que en la mente de las espectadoras, el thriller era patrimonio exclusivo del cine anglosajón y terreno vedado para la filmografía patria, siempre lastrada por el tópico rancio del guerracivilismo y el erotismo como supuestos lugares comunes inevitables. Por fortuna, a casi nadie le resulta extraño a estas alturas que un thriller no tenga lugar en las cuestas urbanas de San Francisco, las aceras de Nueva York o en los bayous del Golfo de México, sino en coordenadas mucho más cercanas y familiares que resultan igualmente válidas para plantear historias con la misma tensión y potencia dramática.


Eso sí, el cambio de escenario no significa necesariamente un rechazo de pleno de los tropos que configuran un género tan codificado como el thriller. La explosión de este género en España en los últimos años se ha caracterizado principalmente por adaptar a nuestra propia geografía los rasgos más reconocibles del thriller, dando así más importancia al dónde que al qué y el cómo. Es el caso de El lodo (Iñaki Sánchez Arrieta, 2021), ambientada en una Albufera de València despersonalizada —y convertida en una ficticia Laguna Blanca por exigencias de la historia— que sirve como contexto para escenificar diversos conflictos (tradición contra modernidad, lo interior contra lo foráneo, la comunicación frente a la incomunicación) que el guion del propio Sánchez Arrieta sortea con verdadera solvencia.


En palabras de su director, El lodo no pretende tanto ser una película sobre L'Albufera y sus particularidades —muy explotadas últimamente en productos audiovisuales como El silencio del pantano (Marc Vigil, 2019), El desentierro (Nacho Ruipérez, 2018) o la serie de Movistar+ El embarcadero (Álex Pina, Esther Martínez Lobato, 2019)— sino una en la que el objetivo principal sea poner en primer plano situaciones aplicables y trasladables a otros contextos. Así, la historia principal gira en torno al conflicto de intereses que se genera entre las necesidades de las personas que viven y trabajan en un parque natural protegido y las obligaciones que comporta el mantenimiento de ese entorno desde el punto de vista ecológico y medioambiental. Una tensión muy poco visible en el debate público pero que en la película constituye una distancia insalvable entre los habitantes de Laguna Blanca y la persona de Ricardo Gracia (Raúl Arévalo), el biólogo enviado por el Ministerio para solucionar los problemas de sequía que padece la zona desde años atrás. De ese choque parte la construcción inicial de la tensión en El lodo, que paulatinamente se irá imbricando con otras tramas paralelas que afectan a la vida personal de Ricardo y su familia, relacionadas con un trauma anterior que, indefectiblemente, acabará teniendo influencia en la historia.


Sostenido en un tercio final de tensión creciente, la película demuestra la buena salud del thriller en España, y la existencia de directores que evidencian el conocimiento profundo de sus resortes y sus puntos fuertes, y cómo estos son capaces de disimular sus posibles carencias. El lodo funciona a la perfección gracias también al buen hacer de sus actores, en especial de un Joaquín Climent cuya contención sirve de contrapunto a la sobrexcitación del personaje de Ricardo y su mujer Claudia (Paz Vega), que en demasiadas ocasiones confunden los gritos y los gestos exagerados con la buena actuación.