• Abel Campillos

Mostra de València 2021 - Día 4


The Translator


Una de las muchas magias del cine es que en cada película las balas suenan diferente. En las películas de acción es una percusión que suena a emoción, adrenalina y heroicidad. En The Translator (Rana Kazkaz, Anas Khalaf, 2020), los apenas tres disparos suenan a pavor, miedo y realidad.


La película siria nos sitúa casi en primera persona en los primeros meses de la revolución árabe en la que en el 2011 el pueblo sirio —de manera pacífica— intentó derrocar la dictadura de Bashar Háfez al-Ássad.

Rodada en un estilo documental que muestra la crudeza sin filtros de la represión armada, la cámara, que en muchas ocasiones se convierte en la visión objetiva del protagonista, sigue a un traductor refugiado en Australia que vuelve ilegalmente a su país natal para buscar a su hermano encarcelado por manifestarse.

Uno de los muchos aciertos es que la trama nunca se separa del traductor y muestra la culpa del que se queda, por eso tampoco aparece nunca el hermano en pantalla, sino que vemos el lamento y el miedo de la familia que esperan a que les llegue la hora a ellos.


Es la locura sin sentido que atraviesa el país la que sorprende a personajes y espectadores, incluso hay momentos que la propia cámara, el enfoque, llega tarde y consigue trasmitir incredulidad y un sentimiento de irrealidad. En especial con una sucesión de planos cortados, rápidos y en movimiento que muestra un hall lleno de prensa extranjera ajena a la verdad que hay fuera del hotel.


Porque si hay una crítica además de a la represión dictatorial, es a la intervención extranjera, a que incluso teniendo las imágenes y el discurso no hicieron nada, de que al-Ássad tuvo en todo momento todo bajo su control. No hay critica a quien tiene poder en el discurso, no cuestiona la necesidad de supervivencia e incluso permite a sus personajes deshacerse de su culpa con un par de secuencias que provocan un llanto empático.


La película termina con un resoplido de tristeza, no hay opción para final feliz porque la película está hecha desde una revolución derrotada, una idea pacífica a la que no se le permitió florecer y terminó con una guerra religiosa alejada de sus ideales. Rodada en Jordania por dos directores sirios —en el exilio en Francia—, terminaron la presentación de la película contestando con muchísima tristeza a una pregunta sobre el miedo a una posible represión: “Tan fácil ha sido su victoria que no ha necesitado ni represaliar a los artistas”