• Abel Campillos

Mostra de València 2021 - Día 6 y 7


Streams


Igual que durante el festival ha habido películas que han intentado hibridar géneros y dar un toque optimista a situaciones realmente duras, Streams (Mehdi Hmili, 2021) es un drama de manual que incluso parece querer tocar todos los apellidos que se le pueda dar al género: social, adolescente, matrimonial, migratorio, religioso…


Además, cada personaje parece vivir un infierno personal que no hace más que empeorar a medida que avanza la película. Lo que más sorprende es que en este contexto el primer crédito sea una dedicatoria a su madre. Stream es la historia de una pobre madre a la que arruinan su vida en un intento de violación al ser condenada por adulterio y perder el contacto con su hijo adolescente.


En su crítica social muestra un mundo de la noche, muy interesantemente filmado y repleto de juegos de luces artificiales y músicas sincrónicas con la emociones. Un mundo que está lleno de corrupción, machismo y droga en el que para sobrevivir es necesario hacer concesiones más allá de lo deseable. Por el camino —quizás desde un punto de vista estrictamente occidental— deja un cierto regusto homofóbico al igualar siempre la sexualidad homosexual con violaciones y hasta la pederastia.


Un drama clásico, muy correctamente rodado y con interpretaciones muy sinceras que en momentos se pierde en planteamientos y tramas quizás ya anticuadas.



So She Doesn't Live


Cuando uno decide que va a intentar ver toda la sección oficial de un festival sabe a lo que se expone. Si el criterio de selección es atrevido suelen colarse dos películas que la manera más precisa de definirlas es como experimentos cinematográficos, porque —yo al menos— no creo que sea posible decirle al espectador ocasional que So She Doesn't Live (Tako da ne ostane ziva, Faruk Lancarevic, 2020) es una película.


Si el cine nació, maduró y tuvo sus vanguardias en el montaje, en la edición, el corte y en crear su propia gramática y lenguaje, So She Doesn't Live parece querer viajar cien años atrás y coloca la cámara lo más plana posible y con el mayor enfoque tecnológico, construyendo una película en apenas catorce planos y tres páginas de diálogo para una hora y media de metraje.


La experiencia en sala de este experimento ha sido sin duda lo más interesante, tras un plano de once minutos en el que una mujer moribunda se arrastra, apenas unos centímetros, mientras suena un ronroneo molesto de un río a metros de distancia de la cámara. Tras un corte brusco, se escuchó un largo soplido colectivo que un valiente y desesperado señor ha resumido copiándonos el pensamiento a todos con un: "¡Por fin!"


En esos doce planos se habla y se ve una historia habitual y desagradable sobre violencia machista que se compara con el genocidio del pueblo bosnio durante de la guerra de Yugoslavia. Pero no creo que la voluntad del director fuese que nos enterásemos, que estuviésemos encima, sino nada más que probar nuestra paciencia. Un ejercicio de la posibilidad de la dilatación del tiempo en la ausencia de cortes.