• Abel Campillos

Mostra de València 2021 - Día 1


The Staffroom


Hay una frase que debe estar esculpida en la propia puerta de la facultad de magisterio y que va trasmitiéndose de una generación de profesores a otra: «Vosotros todos los años tenéis la misma edad, pero yo cada vez soy más viejo». Una reflexión que se escurre sin significar en la mente del alumno, pero que esconde un lastre en la espalda del profesorado. Una vida que encierra un ciclo continuo de estaciones, fiestas nacionales y festivales sin el premio de la graduación y la propia escapatoria al final del ciclo formativo.

Bajo este foco casi filosófico se desarrolla la propuesta croata de la Mostra de València.


The Staffroom (Zbornica, Sonja Tarokic, 2021) es una película de adolescentes con sus dinámicas habituales, pero con el punto de vista girado. Los personajes son los profesores que intentan pasar, manteniendo un mínimo de cordura, a través de ese ciclo repetitivo continuamente referenciado en la pantalla.

La protagonista es una orientadora nueva en un colegio, una extraña a la que le recuerdan constantemente que ella no se enfrenta directamente a las fieras y que intenta con la mejor de las voluntades deshacer las dinámicas y frustraciones ya instauradas en los profesores, que acaban filtrándose como una herencia opresiva generación tras generación.


Y esta decisión arriesgada y valiente de trasmitir algo cíclico, repetitivo y generacional se resuelve mejor como explicación que cinematográficamente. Lo mejor de la película son sin duda los personajes, un pequeño microcosmos que representa la sociedad en un simple colegio. Los muchísimos actores que coinciden siempre en pantalla están perfectamente diferenciados y crean relaciones reconocibles por cualquiera que haya sido alumno.


Pero el guion se vuelve excesivamente repetitivo e insiste en meter tramas que alargan la película más allá de las dos horas sin añadir ningún matiz que no haya sido dicho en los primeros cuarenta minutos.

Si no quisiera contar tanto incluso no pesaría la duración, porque consigue entrelazar dos ritmos internos de manera muy interesante: uno acelerado y adrenalínico con cortes rápidos, acompañado de percusión en la banda sonora, que convierte junto a un diseño de producción rojo y claustrofóbico un claustro de profesores en una experiencia de cine de acción. Y un ritmo pausado, de planos cerrados y largos que responde a lo psicológico y a las confesiones íntimas de humanos incapaces de poder bajarse del ritmo frenético que les exigen los alumnos, los padres y una vida presente y pasada fuera de las aulas que es difícil dejar alejada de las pizarras.




Vencidos da Vida


Vencidos da Vida (Rodrigo Areias, 2020) es una película de un subgénero que los asistentes a festivales y cinéfilos curiosos vamos a tener que empezar a acostumbrarnos: Películas que los directores se plantearon e hicieron durante el obligatorio parón del Covid-19. Antes de que IMBD me copie esta poco comercial etiqueta, decir que la mayoría de cortos y películas hasta la fecha me habían dejado completamente frío y aburrido. Hasta hoy que he visto esta propuesta de Portugal en la Mostra de València. Y me permito hablar tanto en primera persona porque desde luego es mi experiencia con la película y es casi imposible sentenciar nada que pueda sonar mínimamente objetivo.


La película es un ensayo de la carrera filmográfica del director. Para ello coge sus propias películas, cortos, videos vacacionales y cualquier caso que ha pasado por su objetivo y lo corta, lo mutila y le arranca de su primer significado para volver a reconstruirlo y resignificarlo con la excusa de una antología voyerista de un anciano en una sala de cine destruida. Un sueño y un ejemplo para todos los defensores de la importancia de la edición y el montaje en el cine.


Este tipo de ensayos, de películas cortas sin conflicto ni trama continua, películas que pretenden mostrar figuras literarias a través de las imágenes, suelen caer en varios tópicos y manierismos que me apartan de la película. El primero es esa manida sentencia del «canto de amor al cine» que sucede cada vez que hay grabado un traqueteo de súper 8 o un cambio de formato, y sin embargo en esta película consigue dotarle de un significado aglutinador de producciones completamente diferentes: ese traqueteo es la industrialización, la maquinaria al servicio del humano y cada formato es un sentimiento diferente, un digital que representa una modernidad que ha vencido a los protagonistas y un analógico que en su grano plasma el humano que ama y aún tiene esperanza.


El segundo tópico al que se recurre cada vez que surge la idea de la mirada a través del cine es el desnudo femenino simplemente como crítica al placer masculino voyeurista, pero esta reconstrucción escapa de lo burdo y la parodia de esa crítica anticuada y el cuerpo femenino representa, primero, un amor infantil en blanco y negro y, al final, la lujuria en digital que solo encuentra la paz cuando vuelve al film físico e inflamable.


Todo es una continuidad a la reflexión que se sustrae: la poesía como salvación a una industrialización, un capitalismo, que nos ha vencido como humanos. Es la textura, el formato, el corte preciso en la oración cinematográfica con lo que se juega para dotar de propiedad narrativa.


Todo esto y mucho más con imágenes que, recordemos, no tenían absolutamente nada que ver, películas propias con sus tramas, sus personajes y sus sentimientos individuales pero remontados y vistos de nuevo gracias a la magia del proyector, dando una vida nueva y común a esas imágenes en movimiento. Lo peor que me ha pasado al salir de esta película es que no quiero ver nada en retrospectiva del director, no quiero saber quien es ese enano, ni de quién está enamorado realmente ese obrero. Esas historias están ahí, pero no son las que yo he imaginado y vivido.