• Revista Luciérnaga

Mujeres blancas cabreadas

Actualizado: ene 29


En 2016, poco después de que se hiciera oficial la candidatura de Donald Trump a presidente de los Estados Unidos por el Partido Republicano, se publicaba el libro titulado The Conservative Case for Trump, firmado por Ed Martin —antiguo presidente del Partido Republicano de Missouri—, Brett M. Decker —periodista y profesor del Defiance College— y Phyllis Schlafly. La figura de esta veteranísima (de hecho, falleció pocos meses después de la publicación del libro, a los 92 años) activista conservadora era bastante desconocida fuera de su país natal, y ha sido gracias a la ficción televisiva Mrs. America (Dahvi Waller, Hulu, 2020), y a la magistral interpretación de Cate Blanchett, cuando ha dado el salto definitivo de visibilidad y popularidad.


Mrs. America tiene un objetivo claro: señalar los paralelismos entre las problemáticas sociales de los años setenta y la situación actual, y poner el acento en la continuidad de las políticas e ideologías conservadoras como amenaza de los avances sociales. Para Dahvi Waller, el final de la serie —que se cierra con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca tras las elecciones presidenciales de 1980— se puede leer en clave continuista respecto a lo que ha supuesto la Administración Trump cuatro décadas después: un retroceso en la sensibilidad hacia las políticas raciales y de género, una demonización exacerbada de la inmigración, un rechazo de pleno hacia la cooperación internacional y la lucha contra el cambio climático y un regreso, en definitiva, a las proclamas más rancias que tienen que ver con la supuesta recuperación de un pasado glorioso, mancillado por años de políticas progresistas que —según el credo trumpista— han llevado al país más poderoso del mundo a sumirse en una decadencia imparable. Ese mensaje ha llevado a la cruel paradoja que marca estos tiempos inestables: son las capas más privilegiadas de la sociedad americana las que enarbolan la bandera de una contrarrevolución que pretende restaurar su propio antiguo régimen, ese en el que el patriarcado derivado del orden divino campa a sus anchas, y donde las voces de las minorías no se perciben más que como un susurro ahogado.


Curiosamente, el libro de Michael Kimmel que inspira el título de este texto, Hombres (blancos) cabreados (Barlin Libros, 2017), tampoco menciona a Donald Trump a lo largo de sus más de 400 páginas. Señal inequívoca de que el clima de crispación y el estado de excitación bélica en el que viven millones de ciudadanos estadounidenses no comienza con la irrupción política de Trump, como tampoco acaba (desgraciadamente) con su polémica salida de la Casa Blanca, con el pataleo y las denuncias infundadas de fraude de las que todos somos conscientes. El cabreo del hombre blanco se lleva gestando durante décadas, alimentado por el avance imparable de los derechos sociales para los negros, la comunidad LGTBI o las mujeres.


Kimmel lo deja bien claro en su libro: cuando siempre has estado respirando el 100% del oxígeno, si respiras el 70% sientes que te estás asfixiando. O, dicho de otra manera, cuando el juego estaba siempre trucado a tu favor, cualquier intento de igualar las condiciones para el resto de jugadores es percibido como una derrota irreparable. El hombre blanco ha comprado la idea —alimentada por políticos populistas y medios de comunicación sin escrúpulos— de que los «otros» (negros, inmigrantes, homosexuales, mujeres) le están arrebatando lo que le pertenece legítimamente, con el beneplácito de un gobierno pasivo que permite (cuando no directamente fomenta) que se cometa este intolerable atropello. Así, los hombres blancos heterosexuales de clase media se sienten el colectivo más amenazado y vilipendiado del país —por mucho que cualquier estadística de cualquier tipo de rama de estudio diga lo contrario—, con el agravante de que además se les está despojando de algo que legítimamente es suyo: la perpetuación de un statu quo que blinda sus privilegios.


En los años setenta, época en la que se desarrolla la acción de Mrs. America, este estado de las cosas, este «orden natural» empezaba a ponerse en entredicho, aunque todavía no con la virulencia que adquiría en años posteriores. En aquellos tiempos, la sociedad estadounidense despertaba de la dulce resaca de la bonanza económica (al menos para los de siempre) de la segunda posguerra mundial, y lo hacía en un clima de protestas y reivindicaciones por los derechos sociales de las minorías y por el amplio rechazo popular a la intervención de EE.UU. en Vietnam. En este contexto, además, tiene su origen la llamada «segunda ola feminista», medio siglo después de que aquellas valientes pioneras consiguieran el derecho al voto femenino, para después ser olvidadas y sepultadas por la lógica implacable del capitalismo, que devolvió al hombre al trabajo insaciable y a la mujer a la cocina de su casa, ahora decorada con electrodomésticos de última generación. Así, el punto de partida de Mrs. America es la promulgación de la Enmienda por la Igualdad de Derechos (ERA por sus siglas en inglés), un logro feminista en lo que respecta a la equiparación de derechos entres hombres y mujeres, que sin embargo necesitaba de la ratificación de 38 estados en un periodo de siete años para ser efectiva. Así, lo que parecía ser un trámite burocrático sin importancia acabó convirtiéndose en una batalla que se extendió durante años, y en el que se pusieron en juego aspectos que iban mucho más allá del feminismo, y que más tenían que ver con la cultura en la que se sustenta el país.


Por sorprendente que pueda parecer, la serie incide en que la mayor oposición que recibió la ERA vino, precisamente, de las mujeres. Unas mujeres encabezadas por la carismática y ambiciosa Phyllis Schlafly, esposa de un exitoso abogado (John Slattery) y madre abnegada de seis hijos. La primera aparición que tiene el personaje de Cate Blanchett es en un desfile benéfico en el que las mujeres cruzan la pasarela literalmente anunciadas como «la señora de», mientras contonean sus caderas a mayor gloria de sus orgullosos maridos. Sin embargo, la conversación que Phyllis mantiene en el backstage no tiene que ver con moda, sino con la política. Así, de un plumazo, Mrs. America perfila a su personaje principal: un ama de casa tradicional que esconde unas profundas inquietudes públicas, además de un conocimiento profundo sobre política internacional. El siguiente giro que propone la serie es mostrar cómo el deseo de Phyllis de incorporarse en algún puesto relacionado con la defensa y la negociación de tratados armamentísticos con la URSS se ve truncado por el patriarcado. En una reunión de altas esferas en la que ella es la única mujer, el resto de asistentes le pide con naturalidad que se encargue de tomar las notas, como si fuera únicamente la secretaria a la que encasquetar la tarea más ingrata.


Es en ese momento cuando Phyllis tiene su revelación, y en vista de que su carrera política no tiene visos de prosperar, decide centrar sus esfuerzos en luchar contra la ERA, que en ese momento llevaba camino de ser refrendada en cuestión de semanas. De este modo, el ejército de amas de casa que orbita alrededor de la poderosa figura de Phyllis Schlafly se convierte en la oposición más furibunda a la ERA. Una maniobra que las feministas no vieron venir y que las dejó totalmente en fuera de juego. A partir de ese momento, la serie se desarrolla con la carrera por la legalización de la ERA antes de que expire el plazo legal, en la lucha entre las dos facciones y en la lucha interna dentro de cada uno de los bandos. Mrs. America, con un especial cuidado en la fotografía, el vestuario y la dirección artística, se encarga de destacar visualmente cada una de las partes para que sean totalmente reconocibles. Las amas de casa del movimiento STOP ERA viven en un mundo color pastel, de enormes casas en urbanizaciones a las afueras y amplios jardines donde sus maridos aparcan sus enormes coches. Las feministas, por su parte, son urbanas, viven en apartamentos pequeños y llenos de libros, fuman muchísimo y rara vez tienen la mirada condescendiente de sus maridos por encima del hombro.



Si atendemos a declaraciones de la propia Gloria Steinem (interpretada en la serie por Rose Byrne), periodista y cabeza visible del movimiento feminista, Mrs. America dista mucho de reflejar la realidad de lo que fue la batalla por sacar adelante la ERA. Para ella, el fracaso de la enmienda (solo 35 de los 38 estados necesarios la aprobaron antes del plazo, y el último de los tres restantes no lo hizo hasta 2020) se debió más a la influencia de los grupos de presión tradicionales y a los intereses corporativos que a la lucha quijotesca de un grupo de madres de familia cuyas únicas armas eran sus panfletos imprimidos en color rosa y los pasteles de arándanos que regalaban a los congresistas para que votaran en contra de la ERA. Pero para los fines dramáticos que exige todo show televisivo, Dahvi Waller se inclina por plantear una lucha entre dos formas de entender la feminidad que chocan frontalmente, y cuyos encontronazos y constantes cambios en el marcador constituyen la gasolina de la ficción.


Los avances en materias sociales, ya sea en temas relacionados con la igualdad racial, el derecho al divorcio o el aborto o la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, ha sido respondido desde los sectores más conservadores siempre a partir de un argumento falaz: la aprobación de estas leyes conlleva una pérdida de derechos para aquellos que no las comparten. Por mucho que ninguna ley sobre el aborto obligue a abortar a las mujeres que no quieran hacerlo, ni la legalidad del divorcio obligue a ningún matrimonio a poner fin a su unión, la oposición a estos derechos siempre incide en la peligrosidad de estas medidas en tanto en cuanto ofrecen una posibilidad de elección, y por tanto un resquicio para que se consume lo que ellos consideran una aberración. Si es legal, entonces la gente se sentirá libre de hacerlo, por mucho que sea inmoral. Curioso cómo estos adalides de la libertad ya no lo son tanto cuando se trata de que las minorías —y las mujeres, que a pesar de suponer la mitad de la humanidad siguen siendo tratadas como minoría en muchos aspectos— ejerzan esta libertad con el objetivo de buscar una mayor felicidad en sus vidas, o al menos con el de intentar evitar una mayor infelicidad.


Phyllis Schlafly y sus acólitas encontraron en la ERA el ataque definitivo del feminismo contra la institución familiar. Para ellas, las feministas representan la caricatura que siempre utilizan sus detractores para desacreditarlas: mujeres amargadas que odian a los hombres y canalizan su frustración promoviendo leyes que atenten contra el orden tradicional. Mujeres desviadas, sucias, feas y desagradables sin más discurso que el del rencor. Sin embargo, lo que intentaba el feminismo con la ERA era conseguir la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, la igualdad de acceso y salario en el trabajo, la condena legal del acoso y el abuso sexual y, en fin, una mayor libertad para la mujer para decidir qué tipo de vida quiere llevar. Por el contrario, Schlafly solo veía en el movimiento feminista un intento de arrancar a la mujer de la comodidad del hogar para insertarla a la fuerza en un entorno laboral competitivo, una querencia por impedir que las madres críen a sus hijos y cuiden a sus maridos, o directamente no tengan ni hijos ni marido. Hasta querían, en su visión paranoica y corta de miras, eliminar la segregación en los aseos públicos y permitir que las mujeres sean reclutadas para el servicio militar e incluso vayan a combatir a la guerra. «¿Vamos a permitir que las feministas manden a la guerra a nuestras hijas?», clama Schlafly. Parece que si son sus hijos, ya tal.



La táctica del movimiento STOP ERA recuerda a esa actitud de hombres blancos cabreados que mencionábamos anteriormente. De hecho, el acrónimo de su eslogan significa «Stop Taking Our Privileges», así que no dudaban en reconocer abiertamente que, en el fondo, estamos hablando de una cuestión de privilegios, no de derechos. Y he ahí la clave de todo esto: por mucho que Phyllis Schlafly asegure hablar en nombre de las mujeres, en realidad lo está haciendo solo en nombre de ciertas mujeres, las mujeres blancas heterosexuales conservadoras, esas que habitan la burbuja del confort de la clase media, impermeable a los problemas de la mayoría. Solo hay que ver la serie de personajes que componen el universo Schlafly en Mrs. America y compararlo con el de las feministas. En este último hay mujeres blancas, negras, hispanas, jóvenes, mayores, casadas, solteras, madres solteras, divorciadas, lesbianas, heterosexuales, judías, liberales y hasta incluso republicanas. Por el contrario, el grupo de STOP ERA parece sacado de la pesadilla de Las mujeres de Stepford (The Stepford Wives, Bryan Forbes, 1975). Si bien hay que volver a insistir en las licencias dramáticas de Mrs. America, y en su claro posicionamiento ideológico, son detalles que es imposible pasar por alto.


Resulta interesante, en este contexto tan polarizado, el personaje de Alice Macray (Sarah Paulson), el único personaje recurrente de la serie que es totalmente inventado y ajeno a una persona real. Alice es, en un principio, la mano derecha de Phyllis Schlafly, una defensora convencida de la familia tradicional y de la amenaza que supone la ERA. Sin embargo, a medida que avanzan los capítulos, su confianza en la causa se va desmoronando, en principio debido al vacío al que la somete la propia Phyllis, y a la rudeza con la que esta trata a alguna de sus obedientes ayudantes. En el octavo y penúltimo episodio de la serie, titulado Houston, Alice vive la revelación definitiva, en gran medida provocada por alguna droga alucinógena que toma sin querer. En plena convención de mujeres —el mayor evento de estas características de la historia de EE.UU., que reunió a miles de mujeres de todas las ideologías en la ciudad texana y donde se presentaron calurosas defensas y furiosas críticas contra la ERA—, una embriagada Alice entra en contacto con «el otro lado», con aquellas mujeres a las que nunca se había molestado en conocer, y cae en la cuenta de que tal vez lo más sensato sería dejar de enfrentarse y tratar de buscar puentes de entendimiento común. Su propuesta, por supuesto, es rechazada por una Phyllis Schlafly henchida de orgullo por haber reunido a 15.000 personas para protestar contra la ERA. De este modo Alice, el único personaje de la serie que supone un eslabón intermedio entre dos posturas irreconciliables, se tiene que conformar (que no es poco) con una emancipación que no esperaba: la de la propia Phyllis y su gélida manipulación.



En Mrs. America no hay ganadores ni perdedores después de esta larga lucha llena de idas y venidas. La historia se decanta a favor de la causa de Schlafly y compañía, porque su campaña contra la ERA impidió que se aprobara en plazo, y los desencuentros de la congresista Bella Abzug (Margo Martindale), líder política del movimiento feminista, con el presidente Jimmy Carter acabaron por descabezar la lucha de las mujeres en el terreno político. Además, la victoria de Ronald Reagan —apoyado de forma abierta por Phyllis Schlafly— parecía anticipar un nuevo periodo de oscuridad para el feminismo, que volvería a sumirse en la práctica clandestinidad en el inminente océano de conservadurismo y apisonadora liberal que estaba a punto de llegar.


Pero esta aparente victoria de Schlafly tiene también sus propias aristas. La evolución de este personaje recuerda a la de Walter White (Bryan Cranston) en Breaking Bad (Vince Gilligan, AMC, 2008-13). Y es que ambos personajes asumen su causa casi por obligación moral —White empieza a sintetizar metanfetamina para conseguir dinero para legar a su familia tras descubrir que tiene un cáncer terminal—, pero acaban abrazándola con devoción hasta que su propia ambición acaba por consumirles y precipitar su final. Cuando la ERA ha sido derrotada y su querido Reagan ha llegado a la Casa Blanca, Phyllis Schlafly se ha convertido en Heisenberg, en la mujer que ha logrado su objetivo contra todo pronóstico y valiéndose únicamente de su propia capacidad y de su fuerza de voluntad. De lo que Phyllis no es consciente, sin embargo, es que lo ha conseguido valiéndose precisamente de aquello que sus enemigas defendían con ahínco y ella rechazaba de pleno: la capacidad de las mujeres para trabajar y labrarse una carrera al margen de los hombres. Phyllis, al final, se ha convertido en lo que más odiaba, en una mujer trabajadora que incluso ha superado en influencia a su poderoso marido. Y es más que feliz con ello.


Pero Mrs. America aún tiene reservado para Phyllis un último giro. Cuando Reagan la rechaza para ocupar un puesto en su gabinete —algo que ella había dado por hecho a causa de su importante apoyo para su victoria electoral—, el rostro estoico de Cate Blanchett apenas deja traslucir la frustración que siente su personaje. Esa es la última victoria del feminismo, la de demostrarle a Phyllis que el patriarcado sigue ahí, que por mucho que las mujeres se esfuercen en demostrar su valor, siempre van a depender del capricho de un señor para conseguir sus objetivos. Acabar con esa desigualdad es la verdadera lucha feminista, esa que Phyllis se había empeñado en sabotear y que ahora le explota en plena cara. La serie, entonces, ofrece un maravilloso pareado entre su primera y última escena: del desfile en ropa interior a ese plano de Phyllis pelando manzanas y aguantando las lágrimas de rabia, en un encuadre que remite automáticamente a la Jeanne Dielman que dignificara Chantal Akerman. Dos expresiones —la mujer objeto y el ama de casa— del estereotipo femenino que las mujeres llevan décadas intentando superar.



La luz contra la pantalla

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