• Abel Campillos

Mulán, pero no la de dibujos


Mulán (Mulan, Tony Bancroft y Barry Cook, 1998) es mi película favorita de Disney. Desde 1937, cada niño y niña ha tenido que tomar su propia decisión y la mía fue, y es, sin duda alguna, la heroína china acompañada del simpático dragón Mushu.


Digo esto como advertencia antes de hablar de la versión en acción real Mulán (Mulan, Niki Caro, 2020), no sea que caiga en vicios del tipo: "este no es mi Skywalker" o "¿cómo va a ser Andy Garcia el padrino?". Para el descanso de todos los que, como yo, la tienen como bandera de su infancia, tranquilos, la película es entretenida. Y aun así, si está bien, es a pesar de ella misma.


El mito primigenio, pasado por la adaptación de la película por la factoría de sueños Disney, es tan bueno que es difícil estropearla por muchas decisiones distintas a la original que se tome. Y parece que toda decisión de cambiar algo ha sido quitando lo bueno de la versión animada y añadiendo cosas un poco insípidas, secuencias enteras que suceden mientras dices "bueno, vale, ¿pero no hubiese sido más gracioso un Mushu aquí?".


Y es que la falta de un mínimo alivio cómico en esta película se nota en su ritmo y en su apresurada construcción de personajes. Los compañeros de Mulán, perfectamente definidos y caricaturizados en la versión animada, se convierten en piezas intercambiables, sin ningún carisma y olvidables. Bueno sí, uno se llama Grillo, como un doloroso recuerdo/homenaje de otro de los robos de este paso a la carne y huesos. Estos soldados rasos en su entrenamiento, sin música, sin astucia y, sobre todo, sin la mitad de épica que ese "¡Con valor!" protagonizan una pelea final digna del mejor cine de acción asiático, deudora de La casa de las dagas voladoras (Shi mian mai fu, Zhang Yimou, 2004) con coreografías rodadas con un pulso y una originalidad muy destacables, donde el propio Grillo lanza dos flechas por detrás de su espalda mientras realiza una postura imposible a cámara lenta.



No es cuestión de ponernos a analizar todas las diferencias entre su predecesora y esta, cuando en la mayoría de los casos se trata de la imposibilidad de pasar lo que está en tinta a la realidad. Pero sí que hay dos cambios que me parecen vitales para entender esta nueva versión. Y para ello hay que remontarse unos años hasta el fenómeno Frozen (Chris Buck y Jennifer Lee, 2013). En esta nueva versión, Mulán no resuelve los problemas con astucia, ayuda fantástica y el valor de la amistad, sino con un recurso igual de manido: simplemente, ella es la elegida. El mito del elegido nos gusta como sociedad, ya sean midiclorianos, cicatrices en la frente, el poder del invierno o, en este caso, el chi. Y es obvio que nos gusta, solo hay que ver en qué mes estamos y qué celebramos en unas semanas.


Todo momento de tensión se resuelve entonces con un "ella puede volar, tiene más fuerza o lanza la flecha más lejos que nadie porque tiene chi", lo que favorece la acción pero lastra la emoción al sentirla completamente invencible. Y ese camino, el iniciado por Elsa, el de la nueva princesa Disney, protagonista que se ha ganado por pleno derecho ser llamada una heroína que no necesita los atributos asociados normalmente a la feminidad (la astucia, la artimaña, el disfraz) para ganar, sino que se basta con ser la más fuerte, parece que viene con el precio a pagar de eliminar por completo de la ecuación la historia de amor.


Y mido mis pasos al referirme a la trama de amor de Mulán, porque sé que para mucha gente Li Shang es un icono de la bisexualidad y uno de los primeros referentes involuntarios para esa parte del colectivo, y me da cierto miedo pensar que la eliminación consciente de este personaje sea un parche conservador ante críticas homófobas, más que una decisión de guion. Pues el romance con uno de sus intercambiables compañeros sucede tan solo en dos secuencias contadas, completamente descontextualizadas, forzadas y olvidables. La icónica escena del lago es sustituida por el meme de los dos chicos en el jacuzzi. ¿Una heroína fuerte no puede enamorarse y casarse? ¿Solo es posible compaginar la heroicidad y la familia si eres un hombre?


No quiero meterme en términos como la necesidad de películas de live action, ni en el debate de si mantenerse fidedignos o no a la película original, sinceramente me aburren. Y como, aparte de industria a la que apoyar como amantes y arte del que aprender y venerar, el cine es medicina contra el aburrimiento. A mí ponme siempre una película en la que cazan flechas al vuelo y pegan patadas a lanzas, que le entregaré fielmente mis próximas dos horas.