• Héctor Gómez

Encuentro en la noche


Prácticamente desconocida para el gran público, la Escuela de Barcelona es uno de esos movimientos artísticos y culturales que parecen condenados a marchitarse en los márgenes de las historias oficiales, opacados por el protagonismo de otros que supieron dotarse de un mejor aparato de difusión, de propaganda o de crítica, o simplemente por una mera cuestión de gustos coyunturales. Es muy posible, también, que el contexto político y social en el que surge la Escuela de Barcelona —en la periferia (entíendase geográficamente) de un país decididamente centralista que además vivía instalado en un tardofranquismo cuyas intenciones expresivas de cara al exterior eran diametralmente opuestas— contribuyera a ese silencio inexplicable, y que las inercias historiográficas la hayan situado tradicionalmente como una especie de contrapunto al Nuevo Cine Español, ese en el que directores como Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Carlos Saura o Basilio Martín Patino, entre otros, estaban redefiniendo para siempre el costumbrismo español, cambiando definitivamente la manera de mirar(nos) como sociedad.


Cierto es que, aunque sea por voluntaria contraposición, la Escuela de Barcelona miró siempre más hacia el exterior que hacia el interior. La influencia más evidente es, claro, la nouvelle vague francesa, por aquel entonces el juguete preferido de los burgueses de la gauche divine barcelonesa, encantados de equiparar los ademanes francófilos a una idea de sofisticación que contrastaba con la España rancia que se proyectaba desde la Meseta.


Una de las películas que mejor ejemplifican el espíritu de la Escuela de Barcelona es, sin duda, Noche de vino tinto (1966), la obra más conocida de su director, el hispano-portugués José María Nunes. En esta cinta, se aprecian desde el primer momento las deudas que contrae con el cine del otro lado de los Pirineos, especialmente el del Alain Resnais de El año pasado en Marienbad (L'année dèrniere à Marienbad, 1961), pero también con la tradición literaria del naturalismo y la prosa experimental, antinarrativa —regada por una banda sonora de dejes jazzísticos— de Rayuela (1963) de Julio Cortázar.



Noche de vino tinto comprime su acción a lo largo de una sola noche, en la que se encuentran (en una cafetería, no podía ser de otra manera) dos personajes, un hombre y una mujer. De ella (Serena Vergano) sabemos que acaba de ser abandonada por su pareja, mientras que de él (Enrique Irazoqui) solo hemos escuchado su voz, también lamentándose por la pérdida del amor. Su encuentro, pues, se basará en la premisa de evitar los recuerdos, de omitir el dolor, de emprender un viaje —él la bautizará a ella como Viajera, otra referencia a Cortázar— sin más objetivo que celebrar la vida y brindar con vino tinto por las noches que nunca se acaban.


A pesar de su enfoque claramente afrancesado, Noche de vino tinto sabe captar las particularidades de la Barcelona golfa y nocturna de la década de 1960. Aquí no aparecen grandes bulevares, teatros, cafés y glamurosas tiendas, sino tabernas de barrio donde se sirve el vino en vaso de media caña acompañado por unos tacos de queso curado, y donde se agolpan los borrachos cotidianos, los que se niegan a aceptar que la penúltima a veces tiene que ser la última. Sin embargo, las conversaciones sí que nos suenan. La película discurre en un sugerente estado de anarquía narrativa, donde los flashbacks de ambos protagonistas se integran de una manera natural, como el hilo de pensamiento que acude a la memoria en ese estado de incipiente ebriedad. Después de tres vasos de vino, todo parece más grave, más intenso, las heridas afloran desde dentro y la única manera de no sentir dolor es huir continuamente hacia adelante.


Así, el trayecto de los dos personajes no tiene un destino definido, más allá del inexorable paso del tiempo que acabará por sustituir la noche por el día, el tranquilo anonimato de la oscuridad por el bullicio de las calles que recuperan una normalidad aplastante. El guion, en este punto, reserva una sorpresa trágica para uno de los dos protagonistas, pero el espíritu de la película ya ha quedado fijado mucho antes. Al final, cuando sale el sol, todo es confusión y arcadas, despedidas que no existieron y vidas pendientes de enderezar. La noche, sin embargo, ha permitido jugar a no ser insignificantes, al menos por unas horas.