• Héctor Gómez

Nolan y Tenet, Tenet y naloN

Actualizado: ago 29


Christopher Nolan necesita el cine casi tanto como el cine necesita a Christopher Nolan, y más en un año como 2020, con los rodajes cancelados o celebrándose bajo mínimos, con las distribuidoras con el miedo en el cuerpo a estrenar sus mejores bazas en un clima de tanta incertidumbre, con los exhibidores devanándose los sesos para atraer al público mientras encajan la distancia social y los geles hidroalcohólicos entre las palomitas y los cubos de nachos y, por supuesto, con unos espectadores que, en buena medida, optan por la comodidad de las plataformas de streaming en sus casas en lugar de ponerse en riesgo en un recinto cerrado o bien directamente (en otra buena medida) ya consideran pagar una entrada de cine no ya como un esfuerzo, sino directamente como un lujo imposible de abordar, pues es precisamente en esta situación caótica e inédita, como decíamos, en la que el bueno de Christopher Nolan estrena Tenet (2020), su último film, el que muchos han celebrado, entre estos mensajes apocalípticos que están tan de moda, como la película que viene a salvar al cine, la que evitará que cierren las salas y, ante todo, volverá a inyectar en los pesimistas espectadores un nuevo hálito de esperanza por el séptimo arte, un renovado sense of wonder que, como si fuera una revelación o una aparición mariana, nos devolverá la fe en el cine, en el arte y en la vida, porque, no en vano, San Cristóbal fue aquel que portó sobre sus hombros a un niño que después sería el Mesías, como Saint Christopher debería ser el que nos transporte sobre sus anchas espaldas para cruzar el río del desánimo hasta nuevas orillas porque, al fin y al cabo, y como decía Newton: “Si he visto más lejos, es poniéndome sobre los hombros de gigantes”, y así es, precisamente, como podemos imaginar a Nolan en la torre de marfil que algunos le han edificado, como el faro que ilumina el futuro, el hombre que guarda como el can Cerbero las esencias del cine más puro, el celuloide, el formato panorámico, lo analógico frente a lo digital, la creatividad frente a lo formulaico, el salto al vacío frente a las piruetas de funambulista con la cuerda tensada a dos palmos del suelo y con red de protección, un cine, en fin, que siempre ha huido del camino fácil, que ha renunciado a considerar la realidad como un espacio ya explorado, sino que, por el contrario, la ha retorcido en todas sus dimensiones y en todas sus posibilidades, utilizando este juego como una herramienta para fraccionar la narración, para convertir sus películas en rompecabezas en tres (o cuatro) dimensiones, donde la historia se ramifica en el eje de ordenadas y en el eje de abscisas, y en el que el espectador participa casi siempre como un elemento observador, pero un observador demasiado cerca del objeto observado, con una mirada abrumada porque la imagen ocupa todo el campo visual y, necesariamente, nos priva de una visión general, de conjunto, como si estuviéramos montando un puzle en el que las piezas se nos dan de una en una y además no disponemos de la imagen que debemos construir, algo que, en definitiva, nos hace sentirnos tan perdidos como Leonard Shelby, el amnésico protagonista de Memento (2000), la película que de alguna manera se hermana con Tenet en el sentido de presentar una narración que huye de la lógica causa-efecto y presenta las consecuencias antes que aquello que las produce, aunque en Tenet haya otro tirabuzón más, el que Nolan realiza desde la plataforma de diez metros al combinar ambas narraciones, la que va del presente al futuro y la que se acerca desde el futuro recorriendo el camino inverso, como Pulgarcito arrojando migas de pan para recordar el camino, introduciendo así al espectador en un juego de mesa del que desconoce las instrucciones, y cuyo funcionamiento va desvelando a medida que se desarrolla la partida (ya se sabe, es más difícil explicarlo que jugarlo y aprender sobre la marcha), con unos personajes que más bien parecen avatares de nosotros mismos, de esos espectadores y espectadoras que están agarrados a su butaca desde el primer minuto (a Nolan le encanta abrir sus películas con una escena de acción frenética, para que el efecto posterior sea más potente), muy concentrados, intentando entender la película desde el principio pero desistiendo a los cinco minutos, en el momento en el que un personaje vive cuando debería estar muerto o una bala vuela hacia atrás, ese preciso instante en el que nos relajamos en la sala, echamos la cabeza hacia atrás y encomendamos a Nolan que, aunque no podamos entenderle, al menos nos distraiga en las próximas dos horas y media, mientras nos lleva de la mano por una gincana que recorre Kiev, Oslo, Bombay, Vietnam, Tallin y Londres (además de un escenario extraído de una misión del Call of Duty), en la que se estrella un avión real, en la que unos señores y señoras que se parecen a nosotros (salvo por los trajes de corte impecable y su habilidad para entender todo a la primera) recitan unos diálogos que hablan de una conspiración desde el futuro que pretende acabar con el presente mediante una tecnología que permite invertir la entropía de objetos y personas (sic) y hacer que se muevan en sentido inverso, y de un algoritmo que permitirá crear una potente arma nuclear que invertirá la entropía del mundo entero (o algo así) y por tanto destruirá el universo, ya sea el pasado, el presente o el futuro, porque es cierto que Nolan hace un guiño, de forma algo inesperada para alguien ajeno a las lecturas políticas de su cine, a algunas cuestiones candentes en la actualidad, como el cambio climático (insinuando que en el futuro han pensado que la culpa de sus mares desbordados y de la escasez de recursos es nuestra) y hasta la violencia machista, con el personaje de Kat (Elizabeth Debicki) atrapada en una relación tóxica de chantaje y dominación por parte de su marido, Andrei Sator (Kenneth Branagh), un multimillonario ruso que, además, es el responsable de generar estas armas invertidas para acabar con el mundo en una explosión final (perdón, con un murmullo y no con un estallido, Nolan también sabe citar a Eliot) que coincidirá con su propio suicidio, si no lo impiden el Protagonista (así, con mayúsculas, ya sabremos por qué), interpretado por John David Washington, y un grupo de operaciones especiales comandado por Neil (Robert Pattinson haciendo estiramientos para The Batman) y un tal Ives (Aaron Taylor-Johnson), personaje que sale de la oscuridad (literalmente) en el momento en el que Tenet llega a su ecuador y se pliega sobre sí misma, volviendo sobre sus pasos, aunque como en el cuento de Pulgarcito los pájaros se han comido las migas de pan y los espectadores tienen la sensación de estar a merced de una narración que les sobrepasa, como si quisiéramos hacer una visita al museo del Prado y alguien nos estirara del brazo a los cinco segundos de estar viendo una obra de arte y nos llevara ante la siguiente, sin tiempo para procesar la información ni, mucho menos, para disfrutarla, porque al fin y al cabo eso es Tenet, una película que, a diferencia de la sutilidad hasta el punch final de El truco final (The Prestige, 2006), noquea a base de la acumulación de pequeños golpes, de una narración frenética, barroca, abigarrada, exigente y maravillosamente palíndroma, que parece desarrollarse en una centrifugadora que nunca deja de girar y que, como este texto, parece no detenerse jamás, pero que inevitablemente se acabará deteniendo cuando se enciendan las luces de la sala y la sangre vuelva a circular por nuestro cerebro después de esta montaña rusa capicúa que termina donde empezó (o empieza donde terminó), con esta idea de que Christopher Nolan necesita el cine casi tanto como el cine necesita a Christopher Nolan.

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