• Héctor Gómez

Carretera y manta


Si hay algo que une los tres largometrajes dirigidos hasta el momento por Chloé Zhao —Songs My Brothers Taught Me (2015), The Rider (2017) y Nomadland (2020)— podría ser la presencia, y la importancia en la trama, de los grandes espacios abiertos. Como si el vasto paisaje de las praderas del centro de Estados Unidos fuera el contraste natural de la populosa Beijing en la que la directora se crió, siempre soñando con sustituir el ajetreo, la polución y el ruido por la promesa de libertad que ofrece un horizonte límpido e inabarcable.


Se diría que el espacio natural ejerce en el cine de Zhao, paradójicamente, un contraste entre libertad y opresión. Un no-lugar que es al mismo tiempo una prisión al aire libre, de miles de hectáreas de superficie, donde los personajes están atrapados, aunque sea más en un sentido metafórico que literal. En The Rider, un accidente casi mortal privaba a su protagonista de poder ejercer su profesión —montar a caballo en los rodeos—, y en Nomadland su personaje principal emprende un viaje a ninguna parte, una huida hacia adelante donde el peso del equipaje no está tanto en el maletero de su furgoneta como en el propio interior de la protagonista.


Inspirada en País nómada, el libro de no ficción que escribió Jessica Bruder después de un peregrinar de más de tres años acompañando a aquellas personas que habían decidido —muchas veces obligadas por las circunstancias— llevar una vida itinerante, Nomadland se vale únicamente de dos actores profesionales y un buen puñado de personas reales para trazar, en un tono muy cercano al documental, un relato cruzado de vidas marcadas por la precariedad y el rechazo (mutuo) a un sistema caníbal que día tras día va acumulando cadáveres en las cunetas. Como ya hiciera en sus películas anteriores, Chloé Zhao parte de un hilo argumental mínimo para simplemente acompañar a sus personajes, como con cierto pudor de entrometerse en sus vidas, y que sean ellos los que van trazando su propio camino.


Fern (Frances McDormand), personaje creado específicamente para la película, es una mujer que, tras la muerte de su marido y de haber perdido la casa en la que vivían al cerrar la empresa, emprende un camino incierto en su furgoneta camperizada, desempeñando trabajos temporales y topándose de tanto en tanto con pequeñas comunidades itinerantes de nómadas con las que entabla una relación más o menos estable. Pero pronto descubrimos que lo que une a Fern con estas personas es simplemente la circunstancia de vivir en una furgoneta, porque a diferencia de aquellas, la decisión de Fern no tiene tanto que ver con la voluntad de vivir una vida nómada como con sobrellevar su propio duelo. Así, su personaje parece atrapado en una espiral interminable, condenado a errar por los estados del Medio Oeste ganándose el pan como buenamente pueda, sin más aliciente que poder encontrar un buen sitio para aparcar su furgoneta y tomarse un café caliente. Fern es, en definitiva, el contrario perfecto a la Mildred de Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Martin McDonagh, 2017). En esta, Frances McDormand era la voluntad personificada, un personaje activo y decidido a todo por esclarecer las circunstancias de la muerte de su hija. En Nomadland, sin embargo, su personaje parece haberse rendido a la resignación.


Pero, al mismo tiempo, Nomadland ofrece también un sensible retrato de aquellas personas expulsadas por la inhumana maquinaria capitalista, y a las que la inmensa geografía de Estados Unidos ofrece al menos una oportunidad de vivir en los márgenes. Una vida dura y llena de privaciones, pero que también proporciona en muchas de ellas un sentimiento de comunidad, de pertenencia y de apoyo mutuo que les ayuda a sobrellevar su precariedad. Fern, por su parte, parece vivir como ellos pero no con ellos, en una soledad escogida que le impele a estar en contínuo movimiento, porque los recuerdos (y la nostalgia) son algo que no se detiene por mucho que se apague el motor y nuestro único techo sean las estrellas.