• Héctor Gómez

La soledad de las marionetas


Si quisiéramos establecer un denominador común en las adaptaciones que está llevando a cabo Disney de sus clásicos desde la animación a la “imagen real” –entendiendo esta como un festival del CGI que acaba dando a la película un acabado más impostado y con mucha menos personalidad que sus homólogas en dos dimensiones–, este podría ser la falta de riesgo y la búsqueda de una simple actualización de su catálogo para servirlo a las nuevas generaciones, criadas de forma totalmente ajena al VHS y al cine animado de forma artesanal. Desde El libro de la selva (The Jungle Book, Jon Favreau, 2016) a Aladdin (Guy Ritchie, 2019), pasando por La bella y la bestia (Beauty and the Beast, Bill Condon, 2017) o El rey león (The Lion King, Jon Favreau, 2019), cada nuevo título de Disney apenas modifica el material de partida. Quizá la excepción más llamativa, en este sentido, sea Dumbo (Tim Burton, 2019), que sí modificaba sustancialmente la trama del original y convertía la película en algo diferente, al menos en un producto con personalidad propia.


La capacidad de los films de Disney de influir en el imaginario infantil (y no tanto) de varias generaciones es incalculable. Desde hace casi un siglo, la marca del ratón Mickey se ha erigido como canon a la hora de imprimir en las mentes de los más pequeños los cuentos tradicionales, tanto a nivel argumental como estilístico y, por qué no decirlo, ideológico. El sello Disney solo se entiende al amparo de un sistema basado en el consumo, y para fomentar el consumo es necesario que sus películas resulten una mezcla perfecta de conflicto e inocencia, un equilibrio entre fondo y forma que Disney ha conseguido perfeccionar durante décadas, con un éxito incuestionable. Sin embargo, dicha fórmula pasa por adulterar (o edulcorar, por utilizar un adjetivo más utilizado para hablar del caso) las fuentes originales, hasta convertirlas en historias digeribles para el gran público, que termina la película pasando por alto las historias, a veces terribles, de niños huérfanos, abandono, violencia o bullying, y sin embargo recordando los colores chillones y las canciones pegadizas. Los conflictos en la mayoría de los clásicos Disney se resuelven en un tranquilizador universo maniqueísta, donde el mal se castiga y el bien acaba por imponerse, y donde nunca se cuestiona el statu quo. Los niños disfrutan y los progenitores no se sienten incómodos.


La mayor parte de los cuentos que hemos aprendido de niños han llegado a nosotros a través del filtro Disney, que no ha escatimado en hurgar en tradiciones orales de todo el mundo para adaptar a su modelo historias que se desarrollan desde Europa hasta el Lejano Oriente. El corpus de cuentos tradicionales que durante el siglo XIX recopilaron autores como Charles Perrault, Hans Christian Andersen o los hermanos Grimm ha sido una fuente inagotable de inspiración para crear los personajes más inolvidables. Pero, insistimos, dejando por el camino los aspectos más escabrosos de unas historias que tenían su razón de ser precisamente en su condición de metáforas para la enseñanza moral de los más pequeños y que, por tanto, eran prolijas en amenazas y castigos para aquellos que se apartaran del camino.


El caso más paradigmático es, quizás, el de Pinocho. El personaje creado por Carlo Collodi en la novela Las aventuras de Pinocho (publicada originalmente en 1881) tenía bien poco de protagonista de novela infantil. Más allá de las referencias a la masonería que muchos estudiosos han querido ver en la gestación de la novela, o al mito alquímico del homunculus -la criatura creada por el hombre que aspira a su vez a la condición humana-, lo cierto es que en la historia de Pinocho podemos encontrar un mensaje que la atraviesa de forma clara: evita el camino fácil y sin responsabilidades y haz caso a quienes te quieren bien, porque de otra forma el castigo será ejemplar. Es decir, toda una declaración de intenciones para que el paso de la niñez a la vida adulta (el ser un niño de verdad) siga los preceptos establecidos.



Y así, donde Disney adaptaba su Pinocho (Pinocchio, 1940) como una historia child friendly en la que una traviesa marioneta creada por un hada acababa alcanzando su condición de niño de carne y hueso, en el Pinocho (Pinocchio, 2019) de Matteo Garrone el camino del protagonista está salpicado de momentos tétricos o directamente perturbadores, mucho más próximo al relato original de Collodi que, como buena herramienta moral decimonónica, no ahorraba al lector los detalles más truculentos.


El principal acierto de Garrone es ambientar la película en un país y un tiempo indefinidos, pero que remiten al mismo tiempo a la Italia rural de finales del siglo XIX, con una preocupación minuciosa en el diseño de producción, el vestuario y el maquillaje. El filme opta por dotar la historia de un filtro de realismo mágico en el que proliferan los híbridos entre humanos y animales, y donde un inteligente y muy medido uso del CGI esquiva en todo momento caer en la parodia involuntaria tipo Cats y, al mismo tiempo, consigue crear criaturas inolvidables.


En esta película con ecos de la novela picaresca del siglo de oro, con Pinocho convertido en una suerte de Lazarillo de suerte dispar según las personas que encuentra en su camino, quizá su mayor falta estribe, curiosamente, en la falta de personalidad de su protagonista que, por mucho que se trate de una marioneta de madera, parece carecer de un alma de la que sí hace gala su creador, un Roberto Benigni que da vida a Geppetto después de dirigir e interpretar al propio Pinocho en el filme homónimo (Pinocchio, 2002). Benigni, en unas primeras escenas que marcan de forma magistral el tono de la película, compone un personaje consumido por la pobreza, el hambre y la desesperación, aferrado a la creación de su "hijo" como única tabla de salvación. Su presencia, al principio y al final de la cinta, constituye el esqueleto de una trama que relata el viaje de Pinocho desde la inocencia y el egoísmo hasta la recompensa final a través del sacrificio y el trabajo duro. Un camino salpicado de momentos oscuros, que descolocan a quienes acuden a la sala de cine acompañados de niños pequeños, despreocupados por lo que pueden ver. Pero, sin embargo, el espectador se encuentra esta vez con un relato que le habla cara a cara, sin medias tintas. No hay nada de infantilismo en el Pinocho de Garrone, como tampoco lo había en la novela de Collodi. Esta vez, para ganarse ser un niño de verdad, incluso hay que mirar a la muerte de cerca.



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