• Pablo Alberola

Pongamos que hablamos sobre amor


Cuando el ser humano se derrumba ante un mundo que cree dominado bajo sus pies, se desvela la auténtica fragilidad de nuestros cuerpos y nuestras mentes. El egocéntrico universo elaborado a la medida de las propias convicciones de la sociedad se desmorona en el momento en el que la naturaleza impone su papel. Es entonces cuando nuestros instintos y sentimientos más básicos se destapan en una lucha por la supervivencia. Ignorar la llegada de la muerte sería un suicidio psicológico a largo plazo, pero valorar la insignificancia de nuestro paso por el mundo es algo aterrador.


Michael Haneke siempre se ha caracterizado por ofrecer un cine espinoso e incómodo para muchos de sus espectadores. Su particular visión de una sociedad dormida y anclada a la violencia es un punto de debate infinito, pero con esta película ofrece algo completamente nuevo en su obra. La visión melancólica y triste de su historia son sensaciones inexploradas en su filmografía, vemos el reflejo de los miedos e inquietudes más profundas del director austriaco en esa pareja de ancianos. De esta manera, la historia de George y Anne, unos sensacionales Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, es exageradamente desgarradora, una visión completamente sincera que busca huir de los convencionalismos que rodean el amor.


La vida y la muerte son meras transiciones en el tiempo, lo que realmente hace que nos tambaleemos es el dolor que nos afligen. El dolor de un corazón roto, el dolor ante la inmensa soledad, el dolor del sufrimiento de aquellos a los que amas. Amor (Amour, 2012) es un viaje desde la vejez por ese dolor y esos miedos más arraigados en nuestro ser en los que Haneke refleja la auténtica complejidad del querer más puro, por eso creo que no hay título más acertado para esta película.


El director se sitúa ante un relato cada vez más alejado de la actual interpretación de los sentimientos. Muchos, por miedo, siempre han buscado reducirlos al absurdo creyéndose inmunes ante ellos. Enfrentarnos a lo que realmente significa amar a alguien es demasiado complejo para una sociedad que busca huir de las complicaciones. Hablamos del amor desde la simpleza de una primera capa de ignorancia y desapego, no queremos enredarnos ante la resignación del desamor. Querer a alguien es también doloroso y costoso, algunos se atreven a decir que nos hace vulnerables y débiles, pero si te paras a pensarlo no hay nada que nos haga más humanos.


Amor es transparente, sin trucos ni excusas. Huye de la ternura fácil por la que otros hubieran apostado. Haneke no busca ese sentimentalismo, sino que apuesta por la frialdad más realista para transmitir lo que quiere contar. Todo para hacernos ver que, cuando llegue el final, puedas pararte a mirar el camino y pensar en voz alta “qué bella”, mientras que algún ingenuo, que todavía no lo entiende, no comprenda que hablas de la vida.

La luz contra la pantalla

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