• Héctor Gómez

Prisioneros del miedo (La trinchera infinita, 2019)

Actualizado: ene 27


¿Podría una película como La trinchera infinita interpretarse en clave de metáfora? Podría, claro que sí. De no ser porque la historia que narra es la misma historia que vivieron muchas personas que se vieron obligadas a vivir escondidas, a veces incluso durante décadas, por miedo a la muerte. Un exilio sin necesidad de salir siquiera del domicilio propio, a veces incluso peor que tener que partir a otro país o a otro continente, porque para esos topos la vida seguía su curso delante de sus ojos, pero su condena era no poder participar de ella más que a través de una rendija.


Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga plantean, como ya hicieran en Loreak (2014) y Handia (2017) la historia de unos personajes que habitan, casi siempre a su pesar, los márgenes de la sociedad, incapaces de asumir una ciudadanía de pleno derecho. Ya sea a causa del trauma y la melancolía como en Loreak, o bien por culpa de su condición física y teratológica de outsiders como el gigante de Handia, estos personajes ocupan un espacio minúsculo y opresivo que les impide participar en plenitud de condiciones de una vida a la que asisten como meros espectadores.


Y es que la condena de Higinio (Antonio de la Torre), antiguo concejal republicano de un pueblo indefinido de la Andalucía de 1936, no es tanto tener que escapar de los nacionales, primero, o de la Guardia Civil, después, sino más bien el hecho de no saber nunca si sus delitos (que la película se encarga de dejar en el aire de una manera un tanto ambigua) seguirán teniendo efecto cuando abandone su escondrijo. Por eso, lo que en principio parecía una medida provisional y de urgencia se acaba prolongando durante años y décadas, un tiempo en el que Higinio es testigo de los cambios de la España de la posguerra solo a través de las noticias de los periódicos, de la radio o de la escasa información que le llega desde fuera.


Pero La trinchera infinita es, ante todo, el relato de una reclusión interna, en la que los carceleros no existen más que en la mente del cautivo, y donde el miedo es el mecanismo que activa los cerrojos de la celda. Higinio tiene miedo de salir de su escondite por miedo a ser descubierto por sus enemigos, y que eso le lleve a la muerte. Pero ese cautiverio, a medida que el tiempo avanza, se va transformando poco a poco en algo cada vez más abstracto, hasta el punto de no saber si el miedo de Higinio está justificado o forma parte de la construcción mental que él mismo ha elaborado como excusa para no enfrentarse al mundo.



La película traza un paralelismo ente el cautiverio de Higinio y el de su mujer Rosa (Belén Cuesta), quien también arrastra consigo la condena de tener un marido oficialmente desaparecido. Rosa se ve obligada durante años a vivir en una mentira de cara al resto de habitantes del pueblo, a mentir sobre el destino de su marido e incluso a tener que hacer pasar por su sobrino al hijo de ambos. Una condena que no es tanto física sino social, pero que, al igual que Higinio, impide a Rosa llevar una vida normal. El relato de La trinchera infinita es también el de la descomposición de ese matrimonio que acaba sustituyendo la resistencia por el abandono a la rutina de una vida que ya nunca les pertenecerá, a asumir que conviven con fantasmas.


Los directores hacen avanzar la película a partir de una estructura episódica que se vale de las elipsis para abarcar un periodo de más de treinta años, los que pasa Higinio emparedado en la casa de su padre y siendo testigo de la vida a través de agujeros y rendijas. Solo a partir del anuncio de amnistía general de los delincuentes condenados antes de 1939 por parte del gobierno franquista, es cuando Higinio decide abandonar su prisión y, por primera vez en tres décadas, poner un pie en la calle y taparse el sol con el dorso de la mano. Así, la película se cierra con el plano más significativo posible, el que enmarca a Higinio visto desde el interior de la casa de su vecino Gonzalo (Vicente Vergara), la persona que ha significado la amenaza de la denuncia y la muerte durante todo este tiempo. Por primera vez en todo el metraje, ya no es Higinio el que mira, sino que la cámara abandona el plano subjetivo del protagonista y por primera vez lo encuadra como alguien que no mira, sino que es mirado. Un plano que no necesita de palabras para dejar patente la relación íntima y especular de ambos personajes, metáfora (ahora sí) de las dos Españas que vivieron durante décadas (¿o viven aún?) enfrentadas la una a la otra y condenadas a estar separadas por apenas unos metros que, sin embargo, pueden significar un universo entero.

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