• Abel Campillos

El crepúsculo de los vikingos

Actualizado: may 27

Qué bueno es el algoritmo de Netflix. Junto al “recomendado para ti” le acompañaba la imagen de un martillo manchado de sangre con letras rúnicas: Ragnarök. Para la mitología nórdica significa el fin del mundo. Ya me tenían ganado.


¿Qué es en realidad Ragnarök (Adam Price, 2020)? Una serie para adolescentes, un Crepúsculo (Twilight, Catherine Hardwicke, 2008) nórdico. Y a modo de disculpa a mi yo preadolescente, y como el que llega primero es el original, diré que donde esta acierta, la serie noruega fracasa.


La serie empieza con el proceso de selección para un puesto de trabajo más fácil de la historia: el protagonista, Magne (David Alexander Sjøholt), que se acaba de mudar a un precioso pueblo a las orillas de un fiordo, ayuda a un anciano a cruzar la calle y ante tal heroico gesto es recompensado con los poderes del dios Thor.


Siguiendo las similitudes con Crepúsculo, ese idílico pueblo en medio de la naturaleza está gobernado por una familia rica y cuyos miembros son todos objetivamente atractivos. Pronto descubriremos que son gigantes, enemigos naturales de Thor dotados con la inmortalidad. Al igual que en la saga vampírica, dos de sus miembros Saxa (Theresa Frostad Eggesbø) y su hermano Fjor (Herman Tømmeraas) pese a su fortuna y su más que visible edad pasan su eternidad en el único instituto público robándole la novia al protagonista.


La adaptación de los mitos nórdicos a nuestros días llega con la excusa el ecologismo. A los villanos a quienes identificaremos enseguida porque son los que se quitan la camiseta en invierno en Noruega, están decididos a destruir el fiordo y en un perfecto guiño a Greta Thunberg y el movimiento ecologista juvenil, los profesores les apoyan, recayendo toda la responsabilidad de evitar su deshielo en los adolescentes.

Bajo estas premisas, la serie avanza a medio camino entre la serie de instituto, la fantasía juvenil y la lucha de clases y en estas facetas no le puede aguantar el pulso a otras obras con más calado como Skam (Julie Andem, 2015-2017), con la que comparte actores, o la mencionada Crepúsculo o Crónicas vampíricas (The Vampire Diaries, Kevin Williamson y Julie Plec, 2009-2017). Pero pese a todo esto, tiene dos cosas que la hacen única y recomendable: seis capítulos de cuarenta minutos, que se ven en tres tandas, lo que le viene muy bien a su otro factor: el MAMARRACHISMO.


La serie está repleta de personajes caricaturescos que aparecen y desaparecen a medida que a la trama le va interesando: la chica rubia y malvada, la menos atractiva que hará que héroe y villano peleen (¿o era por el planeta?), el único personaje negro, que se encarga de sabotear el ponche en la fiesta de primavera (¿somos el único país sin esos bailes de instituto?), el protagonista capaz de superar todas las plusmarcas del mundo del atletismo, pero no se lo dice a nadie, porque él es el héroe y tiene que llevar esta carga solo, etc.

La única norma que tienen los malvados es no matar a menores, pero se pasan del primer capítulo al sexto intentándolo, y a la vez evitando que esa parte humana de pasar tanto tiempo con ellos les haga olvidarse de quienes son.


No tiene ninguna lógica, pero os aseguro que si aguantáis el primer capítulo os veréis la serie entera. Porque al igual que con Crepúsculo, esa intensidad que solo da la adolescencia, esas tramas de amor donde la siguiente frase es más profunda que la anterior y donde toda la vida va a morir en si le corresponderá el beso o no, riman perfectamente con las peleas sin camisetas y los efectos especiales mal logrados creando una especie de conjuro de druida que impide que apartes los ojos de la pantalla.


No me permitiría terminar sin mostrar una última prueba de su autoconsciente mamarrachismo. Durante toda la serie los personajes cambian varias veces de vestuario menos Fjor, que sin ninguna explicación lleva durante los tres últimos capítulos este chándal.



La luz contra la pantalla

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