• Héctor Gómez

Matar al padre


Desde su definitiva absorción por Walt Disney Pictures, y especialmente en sus últimos largometrajes, parece como si Pixar quisiera apartarse del camino de las películas de aventuras familiares para dedicarse a otras propuestas más arriesgadas, personales y, en cierto sentido, extrañas. Podría ser esta una de las razones que ha llevado a que los tres últimos largometrajes de la compañía del flexo se hayan estrenado directamente en la joven plataforma Disney+, y no hayan tenido un recorrido en salas cinematográficas como venía siendo habitual.


No podemos olvidar, claro está, la difícil situación creada por la pandemia del coronavirus en todo el mundo, que ha llevado a tomar decisiones complicadas en los grandes estudios al respecto de su modelo de distribución y exhibición, en ocasiones sacrificando ciertos productos y reservando para la gran pantalla aquellas películas que se presumía iban a ser capaces de atraer al público a los cines. Sea como fuere, el caso es que tanto Soul (Pete Docter, Kemp Powers, 2020), como Luca (Enrico Casarosa, 2021) y ahora Red (Turning Red, Domee Shi, 2022) parecen haber sufrido cierto agravio comparativo respecto a los filmes de Walt Disney Animation, que sí han tenido una distribución a mayor escala.


Sin embargo, si buscamos aspectos comunes a estas tres propuestas, encontramos, como decíamos al principio, cierta sensación de extrañeza respecto a lo que podríamos esperar de Pixar. Si bien es cierto que el estudio californiano ya había apuntado anteriormente esa voluntad de huir de ciertos clichés del género de animación familiar: la eliminación de los intereses románticos, la desaparición de la figura del villano «al uso» y la utilización como nudo central de la trama de personajes o temas que tradicionalmente ocupaban un segundo plano. Estoy pensando, por ejemplo, en la magistral Del revés (Inside Out, Pete Docter, Ronnie Del Carmen, 2015), con la que Red guarda no pocas similitudes.


Pero si hay un tema que parece haberse instalado, no solo en Pixar, sino en gran parte de las propuestas de animación de los últimos años, es esa querencia por «matar al padre», el término freudiano que alude a la necesidad de cuestionar la autoridad de los progenitores y buscar un camino propio. Lo hemos visto, sin ir más lejos, en Vaiana (Moana, Ron Clements, John Musker, Don Hall, 2016), Los Mitchell contra las máquinas (The Mitchells vs the Machines, Michael Rianda, Jeff Rowe, 2021) o Encanto (Jared Bush, Byron Howard, Charise Castro Smith, 2021), por poner solo algunos ejemplos que, además, cuentan como protagonistas con chicas adolescentes que ansían encontrar el sentido a su existencia al margen de lo que les dicta su familia. En Red, la relación que se traza entre Meilin y su madre no puede ser más representativa al respecto. La joven es una chica de trece años que ha crecido como una niña responsable y estudiosa, pero al llegar la pubertad siente deseos de expresar otros aspectos inéditos hasta ahora, y que escapan del control de su madre, una mujer sobreprotectora —a causa de sus propios traumas— que no entiende que su hija debe emprender su propio camino de autodescubrimiento.


En este sentido, Red profundiza en ese conflicto generacional como motor de toda la trama, pero lo hace a través de una mirada totalmente nueva, poderosamente genuina y, por qué no decirlo, explícitamente femenina. No en vano, estamos ante el primer caso de película de Pixar dirigida, escrita y producida exclusivamente por mujeres, algo que ha hecho rasgarse las vestiduras a más de uno y a despachar la película con la condescendencia propia de quien desprecia una película por ser presuntamente «de nicho» (como si las mujeres no representaran la mitad de la población mundial) y abordar temas tan exclusivos del mundo femenino que no les apelan. Porque hemos asistido a escenificaciones sobreactuadas de indignación cuando en Red se aborda el tema de la menstruación, y la madre pone a disposición de Meilin todo un arsenal de compresas de todos los tamaños, señalando el supuesto mal gusto de escenas como estas. En fin, como decía el poeta, tristes vidas las de aquellos críticos que se jactan de dejar de ver una película a los diez minutos porque se dan cuenta de que no se van a sentir apelados. Tristes, tristes.


Entender una película como Red como metáfora de la regla es una posibilidad muy acertada y lícita, pero deja fuera otros aspectos igualmente interesantes. Red no podría entenderse sin la existencia de Bao (2018), el cortometraje con el que se inició la relación entre Pixar y Domee Shi, quien, como Meilin, es hija de inmigrantes chinos en Canadá. En Bao ya se abordaba, en apenas unos minutos, la relación entre una mujer y su delicioso retoño, que en un momento dado necesita escapar del nido y vivir su propia vida, ante la estupefacción y la negación de su madre. Ambas películas hablan precisamente de ese choque generacional —que también tiene mucho de cultural— como fuente de conflicto, de esa necesidad de trazar un camino propio aun a resultas de la infelicidad inicial de los padres. En Red, además, se expresa ese conflicto a través de la mirada despierta de Meilin (que no es otra que la propia mirada de su directora), acompañada de un grupo de amigas incondicionales que entienden la diferencia como una fortaleza. Porque no hay nada peor en la adolescencia que ser la diferente, aunque asumir esa particularidad se pueda convertir en una seña de identidad y de superación de la propia vulnerabilidad. Red dibuja unas relaciones femeninas de sororidad pura, de superación de las coordenadas de cinismo en las que nos movemos, y propone que todo es posible cuando uno se rodea de su familia, aunque en este caso sea de su familia elegida.


Y además, claro está, es que Meilin cuando se pone nerviosa, enfadada o excitada, se transforma en un panda rojo gigante. Un peluche de tres metros capaz de saltar edificios y de dar abrazos calentitos. ¿De verdad hay alguien que no quisiera ser eso alguna vez?