• Héctor Gómez

Reglas y consecuencias (John Wick 3: Parabellum, 2019)



En estos tiempos dominados por una ficción disneyzada y adocenada, donde el cine de consumo masivo parece moverse en unas coordenadas que disfrazan con la épica del relato bigger than life un trasfondo tremendamente conservador y reaccionario, parece una heroicidad (nunca mejor dicho) que un producto como la saga John Wick se establezca, por méritos propios, como una franquicia con una personalidad reconocible sin por ello abandonar del todo los férreos códigos del cine de acción.


¿Cómo lo ha conseguido? Pues básicamente atreviéndose a cuestionar, estilísticamente e ideológicamente, el puritanismo que exuda el cine mainstream representado en el universo Disney, especialmente en las sagas del Marvel Cinematic Universe y Star Wars, las películas cuyo acceso alcanza una escala global y, por tanto, establece el canon en lo que a cine de ficción de masas se refiere. Porque, ¿de qué va en realidad Avengers: Endgame (2019), la culminación de una década de películas de superhéroes que ha batido récords de taquilla, sino de la vuelta a un statu quo que había sido subvertido por un agente del caos? La película, literalmente, viaja al pasado para modificar la raíz del desequilibrio y evitar a toda costa que la subversión tenga lugar. La última escena de Endgame, de una forma nada casual, es la del baile del Capitán América con el amor de su vida, al ritmo de una dulce balada de los años 40 y en una casa de los suburbios de Estados Unidos. Esa es la culminación de una saga que ha necesitado de naves espaciales, viajes en el tiempo, resurrecciones y batallas interplanetarias para acabar desembocando en la representación idealizada del sueño americano.


Los héroes de Marvel, salvo honrosas excepciones, son clamorosas metáforas de unos ideales conservadores, tradicionales, de apología de lo militar y de defensa del establishment que están diseñadas para que el espectador las procese sin pensar, embelesado por el despliegue de efectos especiales sobre una pantalla verde. La lucha del Bien contra el Mal no es más que la reacción ante la amenaza del cambio, por mucho que si uno lo piensa detenidamente, llegue a la conclusión de que quizá Killmonger o Thanos no andaban demasiado desencaminados en su diagnóstico.


Pero mientras el Capitán América, Iron Man y compañía dedican sus esfuerzos a salvaguardar las reglas establecidas por la tradición, el sentido del deber y los valores del Bien (léase los valores occidentales y capitalistas), John Wick se mueve en los márgenes de una sociedad que también se rige por unos férreos valores éticos y unos códigos anclados en el respeto a las normas. La diferencia radica en que los protagonistas del cine marvelita son los garantes de esos valores, mientras que John Wick está al otro lado de esa frontera invisible, en el lado de quien sufre las consecuencias de dinamitar esos valores.


La saga, que con la recién estrenada John Wick 3: Capítulo 3 - Parabellum (2019), llega a su tercera entrega, despliega a lo largo de su desarrollo un universo propio y particular en el que las nociones de reglas y consecuencias están presentes en todo momento. El principal interés de la franquicia está en saber despojarse de cualquier referencia política y social al mundo real y tener lugar en un universo casi abstracto regido por el férreo código de los asesinos, en el que cualquier ataque a las normas conlleva la pena de muerte. En este contexto, el héroe no está del lado del que pone y mantiene las reglas, sino es el que sufre las consecuencias de subvertirlas. Así, John Wick es el verdadero antisistema del mundo al que pertenece.




Cuando se estrenó John Wick (2014), nada hacía intuir que estábamos ante el comienzo de una franquicia. Tanto es así que la primera intención era que su secuela, John Wick: Pacto de sangre (2017), se estrenase directamente en DVD para el mercado doméstico. Tuvo que ser la presión de los propios fans la que animara a Lionsgate a estrenar el segundo capítulo en salas de cine, y el resultado no pudo ser mejor. Y no es para menos, porque Pacto de sangre amplificaba hasta límites insospechados las virtudes de la primera entrega, convirtiéndose de inmediato en una de las mejores películas de acción de las últimas décadas.


La saga John Wick ha pasado a lo largo de su desarrollo de la categoría de placer culpable a la de clásico instantáneo por derecho propio. Las películas escritas por Derek Kolstad y dirigidas por Chad Stahelski (curiosamente el doble de acción de Keanu Reeves en la trilogía Matrix) subliman las escenas de lucha y acción hasta convertir sus combates en el Bolshoi de los mamporros y elevar el tiro en la cabeza a la categoría de arte. John Wick es la quinta sinfonía para los fans del thriller de acción, con unas coreografías que huyen de la ceremonia de la confusión y el CGI en el que se ha instalado el cine mainstream y optan, por el contrario, por los planos largos, la inventiva, el despliegue de recursos de todo tipo y una fisicidad que hace que el espectador sienta en sus carnes cada golpe y se duela por cada hoja afilada hincada en la carne. Ver una película de John Wick es sentir prácticamente cómo salpica el sudor o la sangre, es estar sentado en el filo de la butaca durante dos horas que pasan como un suspiro. Es la violencia ejercida con la precisión de un cirujano y los recursos de un maestro de lucha oriental. Es visual, cruda y casi interactiva, y se atreve a prescindir de la hipoteca del PG para mostrar lo que otras no se atreven. Es, por tanto, puro siglo XXI.


Parabellum empieza justo donde terminaba Pacto de sangre, con el protagonista huyendo en busca de refugio durante la hora de gracia otorgada por Winston (Ian McShane) antes de que se haga efectiva la recompensa de 14 millones por la cabeza de John Wick (Keanu Reeves), excomulgado de la sacrosanta orden de los asesinos por violar la regla más importante: derramar sangre en territorio consagrado. A partir de ahí, la película ofrece exactamente lo que uno espera, que es una sucesión tras otra de set pieces en las que Wick acaba con decenas de enemigos de las formas más imaginativas posibles, ya sea disparando, apuñalando o incluso utilizando un libro de cuentos rusos como arma homicida. En este sentido, la secuencia en Casablanca de la huida de Wick y Sofia (Halle Berry) de los esbirros de Berrada (Jerome Flynn), y su impresionante integración de los perros en la escena, supone uno de los cúlmenes que se pueden ver en una película de este tipo.


Si la segunda entrega de la saga ya caminaba hacia la abstracción, despojando a la narrativa de todo lo superfluo que pudiera desviar la atención del despliegue de la violencia en su estado más puro, esta tercera parte directamente prescinde de incorporar cualquier elemento narrativo nuevo a la historia para simplemente narrar la continua huida hacia adelante de John Wick, sin más motivación que la de seguir con vida unas horas más. A diferencia de cualquier arquetipo de personaje de cine de acción, John Wick no es ese tipo cínico, irónico y de vuelta de todo, ni tampoco ese héroe con valores que utiliza la violencia como único medio posible para conseguir su objetivo en busca de una eventual redención. Por el contrario, John Wick es pura voluntad, un asesino cuyo motor no es más que la acción inmediatamente anterior. Directo, lacónico y al que le gustan más los monosílabos que a Ciudadanos un pacto con la extrema derecha. Si se ven las tres películas como conjunto, es fácil olvidarse de que todo comienza porque unos matones de poca monta asesinan a su perro para robarle el coche, porque parece que no hay nada en este mundo que pueda impedir que John Wick se recupere por enésima vez de sus heridas y vuelva a la acción cuando todo parecía perdido. Y da la sensación también de que con él en el tablero, Thanos no habría conseguido ni la primera Gema del Infinito.

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