• Héctor Gómez

Reinas locas, erizos mal


¡No puede tener las piernas tan largas!

Hoy mismo se ha confirmado lo que venía siendo un secreto a voces desde hace semanas. La adaptación al cine de Sonic: La película (Jeff Fowler, 2020), el famoso videojuego que nos robó horas de sueño a todos los tiernos infantes criados a principios de los noventa delante de una MegaDrive, retrasará su estreno hasta febrero de 2020, unos meses más tarde de su lanzamiento previsto inicialmente para noviembre de 2019 con el objetivo de convertirse en uno de los blockbusters de las próximas fiestas navideñas. El motivo de este retraso es bien conocido por todos: la compañía Sega (propietaria del personaje del erizo azul) y Paramount (el gigante detrás de la producción y la distribución del filme) han recogido el sentir general de la audiencia y sus reacciones airadas tras el lanzamiento del tráiler, y han decidido rediseñar al personaje principal para adaptarlo mejor a los deseos de su público.



Esta circunstancia, aunque llamativa, es menos inhabitual de lo que parece. De hecho, siempre ha sido una práctica común en la industria del cine los llamados pases de prueba o test screenings, proyecciones de una película antes de su fecha oficial de estreno a los que asiste un número reducido de espectadores. El objetivo de estas sesiones es comprobar in situ la reacción del público ante la película, en una especie de simulación de lo que debería ser el trayecto comercial de la cinta. Así, no solo se puede analizar cuáles son los puntos fuertes de la misma, sino también –y ahí está el quid de la cuestión– detectar sus puntos débiles y, a ser posible, corregirlos antes del estreno definitivo. Sería el equivalente a la versión beta o las demos de los videojuegos, que utilizan este lanzamiento limitado como banco de pruebas para dar los últimos retoques que conviertan al resultado final en el producto más viable comercialmente.


Y es que están en juego muchos millones de dólares o de euros como para permitirse jugar a ciegas. En este mundo tan interconectado y competitivo, nadie quiere prescindir de la mayor información previa posible para maximizar su éxito. Sin embargo, el ejemplo de Sonic representa un paso más en este avance imparable hacia lo que parece ser una dictadura cada vez más acuciante del espectador (o del consumidor, los términos se diluyen de forma perversa) que, gracias al altavoz de las redes sociales y a la presión que ejercen ciertos foros de opinión, influye de forma decisiva en la generación de los productos culturales. En este sentido, cabe hacerse una pregunta en voz alta que no tiene una respuesta fácil: ¿la influencia de la opinión popular democratiza la creación? La palabra democracia en sí misma es sugerente, y ofrece una connotación participativa e inclusiva que resulta muy golosa. No obstante, encierra otra contradicción que anida en la base misma del capitalismo. Y es que el sistema es capaz (lo hace siempre) de pergeñar una falsa sensación de libertad que no sirve más que para distraer nuestra atención de que en el fondo todo se trata de una estrategia comercial. Si Sega y Paramount han recogido cable y retrasan el estreno de su película no es precisamente para satisfacer la nostalgia de toda una generación de espectadores (el tema de la explotación de la nostalgia en la ficción contemporánea daría para un ensayo en sí mismo) y ajustar a Sonic a la imagen idealizada que presenta en sus masturbatorias fanfics, sino para minimizar las posibilidades de fracaso en taquilla de su película. Es más, con la situación creada se produce, de rebote, un hype respecto a la nueva imagen de Sonic que seguramente conlleve más entradas de cine de las que incluso se habrían vendido en primera instancia. Así que este aparente fracaso de Sega y Paramount se convierte, por obra y gracia del fandom, en un éxito publicitario. La banca siempre gana.




¡A Dany se la ha ido la pinza!

En relación a todo este asunto, resulta imposible sustraerse de otra de las grandes noticias de estos últimos días. Por si alguien acaba de despertar del coma, comentar como quien no quiere la cosa que el pasado domingo acabó Juego de tronos. Su octava y última temporada ha sido más corta de lo habitual –solo seis episodios– y, lo que resulta más llamativo, ha sido la más masacrada de la, por otro lado, inmaculada trayectoria de la serie desde que empezara sus emisiones allá por un lejano 2011. Si nos dejamos llevar por las calificaciones de webs como IMDB o Rotten Tomatoes (que recogen las puntuaciones de los espectadores de a pie), la media de la última temporada (y sobre todo del último capítulo) es llamativamente más baja que la del resto de la serie. Esto se explica por muchas razones, siendo la primera de ellas la más lógica: a nadie le gusta que se acabe algo con lo que está disfrutando. Por mucho que queramos, la satisfacción por cómo es el final nunca compensará la tristeza por el simple hecho de que exista un final. O dicho de otro modo, es mucho más fácil repartir puntos alegremente (y recordar con satisfacción en el futuro) a algo que sabes que tendrá una continuidad que a algo que toca a su fin de forma irremediable. En esta sociedad de la inmediatez y del coge-lo-que-te-apetezca, hemos crecido con la idea de que los recursos son infinitos (nadie se preocupará realmente por el cambio climático hasta que no haya un tsunami en Murcia), y la sola idea de que algo se puede acabar nos provoca un cortocircuito en el cerebro.


El resto de razones del fracaso del final de Juego de tronos responden más bien a cuestiones meramente narrativas y a decisiones de guion que requieren un análisis más exhaustivo. Lo que aquí nos interesa de verdad no pasó después de la emisión del último capítulo, sino lo que sucedió tras el lanzamiento hace un par de semanas del cuarto episodio. En él, se intuía lo que iba a suceder con Daenerys Targaryen, uno de los personajes principales del show, la reina sin trono que durante siete temporadas y media había cruzado el mundo entero, liberando esclavos y criando tres dragones, con el único objetivo de convertirse en monarca de los Siete Reinos. Pero después de ese cuarto episodio, y a la vista del rostro desencajado de Emilia Clarke ante el enésimo acto de maldad de Cersei Lannister (Lena Headey), ya se presagiaba ese giro del personaje que ha encendido a millones de fans de todo el mundo: Daenerys se vuelve loca (spoiler: NO) y arrasa con Desembarco del Rey aun después de que la ciudad se rindiera, y pasa de ser la heroína al final boss de la serie, con final trágico inevitable consumado en la última entrega.


Tanto es así que, al día siguiente de la emisión del episodio, aparecieron campañas de peticiones de firmas (la de change.org en España ya lleva más de millón y medio de apoyos) dirigidas a HBO y a los showrunners D.B. Weiss y David Benioff, para que rehicieran los últimos capítulos de la temporada y dieran un final más digno a la serie más vista y comentada de todos los tiempos. Ante esta petición, menos descabellada de lo que parece a tenor de lo que hemos comentado anteriormente, se han seguido reacciones de todo tipo por parte de las personas implicadas de una u otra manera en la producción de Juego de tronos. Aunque algunos actores dicen sentirse “decepcionados” o “tristes” por el final de la serie o de sus personajes, son más los que señalan (como el caso de Sophie Turner, que da vida a Sansa Stark, la Reina en el Norte) como “una falta de respeto a los guionistas y creadores de la serie” el hecho de que se pida formalmente reescribir su desenlace.


Tal vez haya que reflexionar una vez más sobre nuestra posición como espectadores (o consumidores, yo qué sé ya). Si bien es cierto que es tan recomendable como necesaria la existencia de una visión crítica respecto a la obra que permita analizarla a través de múltiples lecturas, también es verdad que esta actitud de indignación a golpe de tuit y puñitos virtuales apretados tiene un tufillo a inmadurez y a síndrome del niño emperador que tira de espaldas. Las películas, las series, los cuadros o cualquier otra expresión artística responden tanto a la intencionalidad y al pulso de sus autores como al contexto en el que se generan. Son autónomas por sí mismas, y como tales son susceptibles de ser analizadas o, llegado el caso, desmontadas. Tenemos todo el derecho del mundo a criticar lo que no nos convence de Juego de tronos, de Sonic, o de cualquier otra cosa, pero exigir que se rehagan hasta que nos guste es de un infantilismo sonrojante. Porque, por suerte, no existe un criterio único que defina el gusto de todos los espectadores, y rehacer una obra acabada (se haya culminado de forma más acertada o menos) supondría entrar en un bucle absurdo en el que siempre habría alguien descontento.


Porque al final, este tipo de reacciones dan buena muestra del signo de los tiempos que nos ha tocado vivir. Unos tiempos en los que cuesta menos movilizarse y mostrar la indignación por una serie de ficción que por las innumerables injusticias de la vida real que a diario nos tragamos sin siquiera arquear las cejas. Gastar energías en intentar cambiar la ficción en lugar de intentar cambiar la realidad es la victoria definitiva del sistema. Quizá lo que este presente demanda es ser más críticos y menos llorones, porque nuestras lágrimas solo sirven para que otros puedan seguir haciendo caja. Como dice Daenerys Targaryen antes de que Jon Snow (o el statu quo) le aseste una puñalada mortal en el corazón: ha llegado el momento de romper la rueda.

La luz contra la pantalla

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