• Héctor Gómez

Scarlett Johansson, o la erótica del talento


El primer plano de Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003) era un fade in desde negro que acababa mostrando en primer plano el culo de Scarlett Johansson, con su plenitud apenas disimulada por unas braguitas transparentes. Desde luego, la película dista mucho de ser un vehículo de sexualización de su protagonista, sino más bien una historia sobre la incomunicación en la era de la sobrecomunicación, y sobre la extrañeza en un mundo que va más rápido que nuestra capacidad de asimilarlo (además, por supuesto, de hacer referencia a la propia historia personal de su directora en pleno divorcio de Spike Jonze). Pero al mismo tiempo, Lost in Translation planteaba una relación tan socialmente incómoda como la de una joven recién casada, casi adolescente (Johansson tenía 18 años en el rodaje de la película), con un hombre de mediana edad (Bill Murray tenía 53 años), subrayada por el misterio de ese abrazo final del que probablemente nunca conoceremos el significado.


Y es que, en esos primeros papeles importantes, Scarlett Johansson se movía aún en ese terreno ambiguo, en ese peaje que parece que tienen que pagar las actrices que han despuntado desde la primera pubertad, casi una especie de ritual de paso para demostrar a una industria (tremendamente machista en su esencia) que, efectivamente, ya son mujeres en edad de merecer. Le ha pasado a muchas a lo largo de la historia, y al mismo tiempo que a Scarlett Johansson le pasó a Christina Ricci o a Natalie Portman, por poner solo unos ejemplos. Con esta última, precisamente, podríamos trazar un paralelismo con la propia Scarlett. Natalie Portman empezó a destacar casi antes de la menarquía, con otra película "incómoda" como El profesional (Léon, Luc Besson, 1994) y, especialmente, con Beautiful Girls (Ted Demme, 1996), representando el arquetipo de la Lolita que despierta en el protagonista una atracción tan irresistible como prohibida. A Scarlett Johansson le sucedió algo parecido con El hombre que nunca estuvo allí (The Man Who Wasn't There, Joel Coen, 1999), con esa Birdy Abundas que quería tocar el piano y que hacía sudar al hierático Billy Bob Thornton. Pero, mientras la primera se valía del registro de la adolescente pizpireta e ingenua para seducir sin proponérselo, Scarlett contrastaba con un personaje extraño, de belleza fría y distante. Y eso es quizá lo desconcertante de la primera etapa de la carrera de Scarlett Johansson, y precisamente lo que hace que Lost in Translation funcione tan bien: la sensación de que ella es demasiado joven para estar casada, la extrañeza que provoca su actitud madura en un rostro todavía púber. Su voz ronca y su mirada azul glacial completaban una estampa heterogénea, difícil de clasificar en los estereotipos de sexualización propios de Hollywood, los mismos que se llevaron por delante las carreras de muchas otras compañeras.

Scarlett Johansson, por su parte, ha mostrado siempre (como Natalie Portman, cabría añadir) una inteligencia que le ha evitado caer en el destino que parecía escrito para ella. Cuando la edad legal ya no era un problema, las revistas y los primeros blogs de internet se empezaron a llenar de fotos suyas en las que se apreciaba la voluptuosidad de su figura, coronada con una larga melena rubia y unos labios carnosos. Es decir, los elementos necesarios para hacer de ella un producto preparado para ser carnaza mainstream. Pero Scarlett supo mantener la cabeza fría, y optar por papeles más arriesgados que, ante todo, no explotaran su físico como único reclamo. Cierto es que participó, como tía buena de la función, en otro despropósito megalómano y excesivo made in Michael Bay como La Isla (The Island, 2005), pero también es verdad que ese mismo año puso su talento al servicio del que quizá es uno de los mejores Woody Allen del siglo XXI: Match Point (2005).


Deconstruyendo el cuerpo Desde los inicios de su carrera, Scarlett Johansson ha sido muy consciente de su relación con su propio cuerpo, y cómo hacer para utilizarlo en su justa medida no como reclamo sexual sino como herramienta para reflexionar sobre el significado de la imagen erótica y la erótica de la imagen. Siendo todavía muy joven, protagonizó La joven de la perla (Girl with a Pearl Earring, Peter Weber, 2003), una película sobre el poder de la mirada y la creación artística como trasunto de la pasión y el deseo. Scarlett aprendió lo que significa ser mirada y, por tanto, y bajo los términos de una sociedad patriarcal, deseada. Pero tuvo la inteligencia suficiente de no elegir, salvo contadas excepciones, el camino fácil.

El año 2013 supuso el verdadero punto de inflexión de Scarlett Johansson hacia su consolidación como actriz con un control total de su cuerpo y, por extensión, sobre cómo este se representa a través de las películas. Un proceso que tiene su inicio en una película tan olvidada como recomendable como es Don Jon (Joseph Gordon-Levitt, 2013), en la que Johansson se ciñe los vestidos cortísimos de estampado de leopardo que harían las delicias de cualquier choni de extrarradio, pero lo hace precisamente (con la colaboración de su compañero protagonista y director de la cinta) para ridiculizar los instintos básicos de la época del fitness y el culto al cuerpo. Y, después de esa cinta, llegó otra película tan inclasificable como Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013), un film hermético e hipnótico en el que Scarlett Johansson, como su personaje, mostraba su cuerpo totalmente desnudo, pero no había aquí un propósito de sexualización ni de explotación de la carne por la carne, sino un proceso de autodescubrimiento que ponía en evidencia lo absurdo y primario del deseo masculino. Una declaración de intenciones en la que Scarlett dejaba bien claro que estaba ahí, desnuda ante la cámara, y que su desnudo era un acto político para confrontarnos con nuestros propios esquemas mentales sobre la erótica de lo que se representa, y sobre el vacío abstracto (representado en el espacio negro en el que la protagonista se reconoce a sí misma) de nuestro propio deseo, que acaba siendo devorado víctima de su propia inconsciencia.

Este proceso de deconstrucción del cuerpo de Scarlett Johansson alcanza su cénit con Her (Spike Jonze, 2013), otra película que una década después de Lost in Translation habla sobre la incomunicación que conlleva una sociedad hipertecnológica. Aquí, Johansson ni siquiera necesita aparecer en pantalla, porque su voz no necesita de un cuerpo para que el protagonista, un ensimismado Joaquin Phoenix, se enamore perdidamente de una aplicación virtual.


Pese a no haber renunciado nunca a las concesiones hacia el cine mayoritario, ya sea como heroína de acción en solitario como en el caso de Lucy (Luc Besson, 2014) o Ghost in the Shell (Rupert Sanders, 2017), y especialmente con su representación de la Viuda Negra en el Marvel Cinematic Universe (2010-2019) -donde, por cierto, era la única que parecía querer dar a su personaje algo de profundidad más allá del chascarrillo fácil- y su inminente spin-off, la carrera de Scarlett Johansson se ha cimentado en una elección inteligente y cuidadosa de sus papeles y, como hemos comentado, en un esfuerzo concienzudo de ser dueña de su propio erotismo. Es curioso como, en Historia de un matrimonio (Marriage Story, Noah Baumbach, 2019), se hace referencia a su personaje como si fuera la Scarlett Johansson que podría haber sido de no haber tenido la determinación suficiente como para elegir su propio camino. En la película, antes de ser actriz en una pequeña compañía de teatro experimental, se nos dice que fue una estrella juvenil por enseñar las tetas en una comedia adolescente. Sin embargo, Baumbach congela ese fotograma antes de que eso suceda, porque la Scarlett Johansson actual no es la que necesita enseñar los pechos para ganar popularidad, sino la que minutos después es capaz de aguantar un primer plano en el que se derrumba ante nuestra mirada y nos fascina y nos emociona. Porque es la Scarlett Johansson en la que el talento se ha impuesto por encima de todo.


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