• Pablo Alberola

Solo la cultura nos hará inmortales

Actualizado: jul 10


El misterio proyectado desde las leyendas vampíricas de los textos de Bram Stoker y el terror que producían esos mismos seres -aparentemente humanos, pero con un trasfondo maldito- han llevado a la industria cinematográfica a explorar de manera recurrente estos mismos mitos de castillos y muerte. Desde el Nosferatu de Murnau, pasando por las infinitas y variadísimas historias del conde Drácula, hasta terminar con la deformación definitiva del género de los “chupasangre” con la saga Crepúsculo, las sombras y los colmillos han sido siempre explotados en los largometrajes de terror.


Solo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, 2013) no necesita ofrecer nada nuevo sobre los vampiros, porque no es una historia que pivote alrededor de la búsqueda de la sangre y ese tipo de misticismo y, sin embargo, lo hace. La desaparición y adaptación constante a los nuevos ritmos de vida es algo que Jarmusch ya plasmó en películas como su atípico western, protagonizado por un joven Johnny Depp, Dead Man (1995), o su particular comedia romántica Flores Rotas (Broken Flowers, 2005). Lo sobrenatural queda relegado en un segundo plano en favor del propio mensaje de unos personajes recluidos en su tormento existencial en el que anteponen la cultura a la propia búsqueda de su alimento.


Los estereotipos se han impuesto en nuestros días, y no solo hablo sobre los de los vampiros. Jim Jarmusch no busca huir de esos mismos clichés de una especie de monstruos excéntricos que duermen durante el día y se dedican a buscar sangre fresca durante las solitarias noches, sino que los adapta a los tiempos e inquietudes humanas. El director estadounidense elabora un relato íntimo sobre el desapego hacia una sociedad moderna en la que ya no encaja, todo a través de esos seres inmortales tan sofisticados que se ven obligados a convivir con la propia evolución del lento ser humano.


Para Adam, un vampiro que vive refugiado en su desdén hacia la pasividad e ignorancia del ser humano, cualquier tiempo pasado fue mejor. El personaje de Tom Hiddleston es un vagabundo emocional que se refugia en su música y el amor eterno que siente hacia Eva (Tilda Swinton) para intentar frenar ese desprecio a su propia inmortalidad errante y su condición de ser superior. Esa obsesión de los protagonistas por la literatura, la ciencia, el arte o los instrumentos es lo único que los une a este mundo sin encanto alguno. La cultura es lo único que nos hace realmente inmortales, es lo que nos diferencia del resto.


El ambiente sombrío y desolador son los ingredientes del increíble amor que siente el director hacia sus personajes. Renegados de su propia existencia en un mundo que tal vez no está hecho para ellos, pero en el que deben convivir con sus reglas. Jarmusch detiene el tiempo mientras pasea por las calles de Detroit y Tánger para elaborar un autorretrato sobre el miedo y la pasión. Todo porque, tal vez, en esta sociedad cada vez más alejada y compleja, solo los amantes sobrevivirán.

La luz contra la pantalla

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