• Héctor Gómez

La apoteosis del (meta) hombre-araña (Spider-Man: Un nuevo universo, 2018)

Actualizado: 21 de feb de 2019



En medio de la vorágine en la que Disney está basando su política de estrenos, que básicamente consiste en saturar el mercado con una aparición casi mensual de alguna película del Universo Marvel, Star Wars, Pixar, Disney Animation Studios o las lanzadas bajo su propio sello –por no hablar de las producciones adyacentes para televisión, plataformas digitales o videojuegos–, había muchas posibilidades de que Spider-Man: Un nuevo universo (Spider-Man: Into the Spider-Verse, Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman) pasara desapercibida como un producto más del montón. Una ración del héroe arácnido para contentar a los fans entre su aparición en Vengadores: Infinity War (2018) y la inminente en Spider-Man: Lejos de casa (2019), con un Tom Holland encarnando al Peter Parker que todo el mundo reconoce como el Spider-Man “canónico” en estos momentos.


Sin embargo, para sorpresa de muchos, Un nuevo universo no solo ha superado las expectativas iniciales en cuanto a su recibimiento sino que ha ido mucho más allá, constituyéndose por derecho propio en una de las mejores películas que ha producido Marvel en los últimos tiempos. Y lo hace gracias a una combinación magistral de su prodigiosa (y arriesgada e innovadora) animación y el equilibrio perfecto entre el guiño al espectador experto y una reflexión más profunda en torno a lo que supone el consumo de películas y cómics de superhéroes en la época de la posmodernidad.


Y es que, sin duda, el mayor valor del filme reside en su planteamiento metadiscursivo sobre la figura del superhéroe (Spider-Man en este caso), entrelazando referencias a la realidad dentro del propio relato, como si la película nos apelara no solo como espectadores de la misma sino como consumidores del propio cine de superhéroes. Y lo hace, además, sabiendo interpelar a las nuevas generaciones (la utilización de los móviles y nuevas aplicaciones está muy presente a lo largo del metraje) que, curiosamente, han descubierto en su mayoría al personaje a partir de las películas y no de los cómics, cuyos consumidores siguen siendo mayoritariamente aquellas personas que –ahora en una edad más cercana a la Generación X que a los Millennials– atiborraron su infancia de lecturas por entregas de historias en color de sus personajes favoritos.



Spider-Man: Un nuevo universo da en el clavo en aspectos como la inclusión racial (dando protagonismo a Miles Morales, el Spider-Man negro/latino), la práctica supresión del arco romántico o la aparición de los diferentes Spider-Man de distintos universos, desde su versión noir (con la voz de Nicolas Cage), la cyberpunk o incluso el Spider-Cerdo. Y lo hace de una forma tan brillante, tan arrolladora en lo visual y tan perfecta en la distribución de gags verbales, visuales y momentos de emoción, que acabamos perdiendo de vista lo más importante, y lo que sobrevuela a la propia noción del héroe. Porque al final, este tipo de películas siempre versan sobre el mantenimiento del statu quo, de la necesaria vuelta al equilibrio “natural” de las cosas –en este caso amenazado con la máquina que podría abrir una serie impredecible de universos paralelos­­– y del triunfo del bien (el héroe) sobre el mal (el villano), sin ningún tipo de matices ni cuestionamientos. Lo más interesante del personaje de Spider-Man siempre ha sido su componente iniciático, su alegoría del paso de la adolescencia a la madurez, un viaje traumático y casi nunca deseado, como el propio Peter Parker siempre se encarga de remarcar. Spider-Man es el héroe a su pesar, y su condición le inviste tanto con la capacidad de hacer cosas que antes le estaban vedadas (adulto/poder) como con la necesidad de ser útil en el mundo en el que vive. De ahí la famosa frase (y en esta película desmitificada como un mantra vacío de contenido) de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, que más allá del eslogan reconocible es una metáfora de que Peter Parker ya nunca volverá a ser ese niño socialmente irresponsable (y, por tanto, libre) sino que deberá cargar sobre sus espaldas el peso de pertenecer a una sociedad que le exige y espera cosas de él. Curiosamente, el mensaje final de Un nuevo universo, en boca de un Miles Morales que ha asumido (ahora ya con alegría, como pretende la sutil ideología neoliberal) su nueva condición excepcional, es “todos podemos llevar la máscara, incluso tú”. Una alusión directa a que nadie se libra de tener que rendir cuentas a un sistema que de tan asumido se da como natural, y donde no puede caber el caos ni la incertidumbre, y donde los superhéroes velan por su mantenimiento y su perpetuación. Pero claro, pretender que este mensaje no aparezca en una película de Disney sí que supone un auténtico salto de fe.

La luz contra la pantalla

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