• Abel Campillos

Takeshi Kitano: el yakuza dueño del castillo

Actualizado: oct 5

Era un sábado o un domingo por la mañana cuando zapeando por las cadenas especializadas de pago me encuentro en Comedy Central un programa llamado Takeshi’s Castle Thailandia (2014), el formato es un clásico de la televisión matinal española y es que se trata de una nueva versión del programa de origen japonés que aquí conocíamos como Humor amarillo (1990 y 2006).


El título elegido para esta nueva versión respeta el original Takeshi’s Castle (Fūun! Takeshi-jō, 1986-1990) que aquí en España se cambio con un cierto tufillo racista. ¿Recuerdan como nos reíamos cuando empujaban a un pobre japonés y llorábamos de la risa con el chino Cudeiro? No nos lo tengamos en cuenta, era otra época. ¿Pero quién es ese tal Takeshi

que interpretaba al amo del castillo?

Takeshi Kitano, a quien vemos sentado a la derecha vestido con un excesivo kimono azul, es un cómico japonés que, junto a su compañero, se dedicaba a hacer lo mismo que hacían los dobladores en nuestra versión patria (Juan Herrera Salazar y Miguel Ángel Coll en la primera emisión, y Fernando Costilla y Paco Bravo en la segunda): burlarse de todos los participantes para quienes era un honor que Kitano hiciese un comentario sobre ellos en la televisión nacional.


Y es que hablar de Takeshi Kitano es hablar del olimpo de los cómicos japoneses, censurado en multitud de ocasiones por burlarse de todas las capas de la sociedad nipona. Sus expresiones y su manera acelerada de hablar lo convierte en todo un icono cultural en el país.

El programa, a través de sus variopintos personajes y pruebas, se burlaba de la estructura social japonesa siendo mucho más que un concurso de pruebas físico. (En Youtube se puede encontrar algún programa narrado por el propio Takeshi subtitulado al inglés, pero hay una diferencia cultural muy amplia y es difícil entender las bromas que intuyo hacen referencia a personajes y costumbres del día a día).


Después de este golpe de nostalgia y una pequeña promoción a Comedy Central, os estaréis preguntando qué tiene que ver esto con una revista de cine y series. Me regalo poner una última referencia y os explico cómo este humorista pasa a convertirse en uno de los mejores directores de Japón -en 1997 gana el León de Oro de Venecia-, y cómo acaba dirigiendo una de las mejores trilogías sobre el crimen organizado jamás hechas.


Los más obsesos del programa recordarán que durante una temporada Takeshi desapareció y fue sustituido por un cabezón al que aquí, especialmente inspirados, lo conocimos como Takeshi Junior.

¿A qué se debió esta ausencia del programa? En 1989 Takeshi iba a protagonizar la película Violent Cop (Sono otoko, kyōbō ni tsuki. 2008) pero su amigo y quien iba a ser director, Kinji Fukasaku, contrajo una enfermedad. Así, con el dinero invertido en la producción y con la intención de que no se perdiera, Takeshi Kitano se puso a los mandos de la película, que fue recibida con aplausos entre la crítica y con moderación en taquilla. Pero la semilla por la dirección ya había germinado en el talentoso cómico, y en especial por las historias de yakuzas.


El cine de yakuzas es un subgénero japonés que siempre ha existido. La Yakuza es como se conoce al crimen organizado, a la mafia en el país del sol naciente. Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de los años 80, la Yakuza era el pan de cada día del pueblo japonés hasta el punto de que se estima que llegó a haber más de 100.000 miembros en activo. Estos ligaban muy bien con la ética japonesa de que los trapos se lavaban dentro de casa, y si bien cometían delitos, también actuaban de policía evitando que hubiese problemas en los barrios trabajadores, aumentando la fama de país ultra cívico.


El cine reflejaba esto convirtiéndoles en samuráis modernos, héroes marginales cuya lucha interna alternaba entre rescatar a su amada o respetar al clan. Ultranacionalistas y fervientes seguidores de las tradiciones, no dudaban en cortarse los dedos si ofendían a un superior, o se tatuaban por completo la espalda con el símbolo del clan (los tatuajes siguen siendo estrictamente estigmatizados en el Japón actual). Perdedores de la Segunda Guerra Mundial que quieren recuperar la grandeza del imperio y rechazar la ocupación americana.


Después de que en los 80 explotara la burbuja japonesa, se comprobó que la Yakuza había estado involucrada en grandes estafas con resonancia internacional, y que esos préstamos que otorgaron tan fácilmente los iba a reclamar ahora con violencia. A los ciudadanos ya no les pareció tan bien la influencia de estos grupos, y con manifestaciones y presiones consiguieron que la policía pusiese cartas en el asunto. Esto, junto a la llegada del El padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972), hace que la mirada del cine hacia estos sea mucho más escéptica y realista.


Los yakuza que sobreviven a la explosión de la burbuja se involucran cada vez más en estafas económicas y bursátiles y se alejan de la extorsión, la droga o la prostitución a nivel industrial que habían alcanzado. Esta Yakuza envejecida y sin los valores de los que tan orgullosos se sentían es la que retrata Takeshi Kitano en la trilogía de Outrage (Autoreiji. 2010,2013,2017)


Ya casi en el final de su carrera, y tras 20 años sin cine de yakuzas, decide darle un último repaso a lo que fue historia del país y que ahora es casi una parodia de lo que fue.

No es una comedia ni una parodia al uso, no está forzada para hacer risas y hay que entender que cuando hablamos de humor se trata de sutilezas: la vestimenta y el peinado ochentero de los altos cargos de la organización, la gran diferencia entre estos, que viven aún en una época analógica y obsesionados con demostrar su valor cortándose el dedo, mientras para entretenerse pierden el dinero en sus propias estafas, y las nuevas generaciones que hablan de bolsa y timos electrónicos pasando de los jefes que se enfadan entre ellos con exagerados gritos y aspavientos característicos de los yakuza.


El detonante de las películas en sí es ridículo, y su repercusión se extiende a través de las tres películas, confundiendo no solo al espectador sino a los propios personajes que van traicionándose unos a otros por escalar puestos y por esa falsa idea del honor, mientras que la policía va cobrando sobornos por ayudarse a traicionarse. Una organización centenaria que se está destruyendo a sí misma.


Con estos datos de contextualización será suficiente para entender esos matices de las películas, pero lo que las hace tan especiales, entretenidas y dignas de verse es que aporta una visión y una temática diferente sobre el subgénero de la mafia al que estamos plenamente acostumbrados en occidente, y le añade el toque Kitano.


Y es que la presencia de Kitano en las decisiones formales de las películas es innegable desde el momento en que es protagonista, director y montador. Y en ellas se ven las características principales de su cine, como el corte bruto después de una violencia muy explícita y excesiva, planos muy bellos y fijos, tomas largas y sin apenas movimiento y unos sonidos excesivos respecto a la realidad.


Acercarse a esta trilogía puede ser un buen primer paso para interesarse por el cine japonés, el cine de yakuzas y la figura de Takeshi Kitano.


¡Al turrón!






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