• rubigiraldezgonzal

Dark knight, dark city


Planteada en un inicio como una película en solitario del Batman encarnado por Ben Affleck en las películas dirigidas por Zack Snyder para el conocido como DC Extended Universe —donde además de actuar, el reconocido actor produciría, escribiría e incluso dirigiría este proyecto en el que tendría también gran participación de Joe Manganiello como el supermercenario Deathstroke, el cual de momento solo pudimos ver en las escenas postcréditos de las dos versiones fílmicas de Liga de la justicia —, al igual que en el caso de Zack Snyder, graves problemas personales relacionados con una recaída a viejos vicios con el consabido regreso a rehabilitación, hicieron que Affleck se distanciase del proyecto hasta el punto que Warner Bros volvió a escudarse en cumplir su voluble calendario de producciones. Así, The Batman pasó por un replanteamiento más allá del conceptual, pasando a manos del cineasta Matt Reeves y otorgándole una total libertad al anunciarse que estaríamos ante una versión del Caballero Oscuro de DC Comics, totalmente ajeno al universo de las películas corales con la Wonder Woman de Gal Gadot, el Aquaman de Jason Momoa o el Flash de Ezra Miller.


La elección de Robert Pattinson para esta nueva versión del conocido personaje tuvo su consabida retahíla de detractores, generando una polémica y posterior expectación por la película que fue a más en estos años de producción y posterior promoción. Tiempo en el cual ya se había anunciado un proyecto televisivo spin off derivado (actualmente pasando a ser una película sobre Arkham Asylum), aunado a varias declaraciones de un notable interés en conformar todo un universo alrededor de esta película y avecinando a Matt Reeves como una fuerza creativa para el estudio al mismo nivel que James Gunn con su actual franquicia de The Suicide Squad. Por aquel entonces, quizás hasta quien más esperase la película pudiese tener dudas, al intuir en todos los vistazos a través de instantáneas o trailers una propuesta que no parecía tan distanciada de la visión «con los pies en el suelo» que Christopher Nolan imprimió en su reconocida trilogía del Hombre Murciélago. A los más comiqueros se les volvía a retrotraer a los ya tan esperables títulos de cabecera como el fundacional Año uno de Frank Miller o El largo Halloween de la dupla Jeph Loeb y Tim Sale. Pero ya estrenada finalmente The Batman (Matt Reeves, 2022), toda duda debería quedar disipada en los primeros diez minutos de metraje.


Resulta harto curioso que la película inicie con unas formas e intenciones de dejar bien clara su propuesta totalmente antiheroica (entendiendo con esto a lo actualmente esperable para una superproducción del género). Una propuesta que remite claramente al espectador hacia Joker (Todd Phillips, 2019) aunque, por supuesto, esto no es para conectar de ninguna forma con aquella película (aunque las similitudes son notables), pero sí que sirve para poner de manifiesto desde el minuto uno al gran público el marcado estilo y tono escogidos por Matt Reeves para su historia de presentación del conocido Cruzado de la Capa sin adscribirse a ese sello de producciones independientes al que pertenece el Joker de Joaquin Phoenix. Con una secuencia que erizaría la piel al mismísimo Hannibal Lecter de El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991), se nos descubre que Gotham City lleva dos años bajo la sempiterna tutela de una misteriosa figura que ronda por los recovecos en penumbra más sórdidos de la ciudad, esperando que la señal en el cielo nocturno con su emblema sea lo que decida que el criminal no cometa el acto delictivo. De no ser así, el Hombre Murciélago deberá hacerle una terrible visita y recordarle lo que es sentir el temor recorriendo su cuerpo como ocurre con los inocentes.


Con ya unas cuantas décadas de traslaciones de Batman a la gran pantalla, tampoco es tan osado afirmar que la presentación de este Caballero Oscuro mostrado por Matt Reeves es indudablemente la mejor que hemos podido presenciar en live action con respecto a la intención comiquera primaria con este personaje de representar un símbolo viviente de terror para sus víctimas (los criminales). Por supuesto, Christopher Nolan buscó que esta fuese la tesis de su Batman Begins (2005), pero lo que aun parece costarle dejar claro en sus más de dos horas de duración, Matt Reeves lo logra en apenas unos cinco minutos, aunando una paranoica narración en off, deudora de los cómics del personaje (especialmente el género noir), y el opresivo juego del espacio y las sombras que veremos durante todo el film. Este Batman emerge con un porte y gargantuesca presencia que conjuga el terror primigenio de una figura totalmente vampírica, hermanada con el Nosferatu de Max Schreck y el del sheriff del western más desesperado y crepuscular (el detalle sonoro de las pisadas de sus botas). Quisiera hacer hincapié en esta segunda lectura para este Batman y toda su película, pues me encantaría saber si dentro de menos de cinco años podríamos considerar que The Batman es para el cine de superhéroes lo que fue para el western El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962), como largometraje clave para marcar el cénit de un género cinematográfico ya totalmente masificado y mercantilizado al revisitarlo con una óptica totalmente genuina, fría y madura. Desde luego, no es lo mismo mostrar una apuesta de una perturbadora e incómoda trama detectivesca totalmente colindante al cine de David Fincher con un personaje tan arraigado en el imaginario colectivo con su probable y vaga visión general de su idiosincrasia como es Batman, que con otros más desconocidos y afincados a un estilo más marcado de la misma editorial como pueden ser The Question o el The Sandman de la Golden Age.



Un personaje con más de 80 años de historia (supeditada a la nuestra misma), gran relevancia para su propia editorial y que ha pasado por las manos de infinidad de autores y artistas, no tiene un solo planteamiento y dinámica. El quedarse con este pensamiento es el más repetido error que puede cometerse en estos casos. Y si bien Matt Reeves tiene claro su gusto por la concepción del Caballero Oscuro desde su perspectiva de vigilante enmascarado en tramas criminales derivando a una truculencia rayando el género de terror, a lo largo de la película podemos ver algo más allá de ese convulso y tosco primer vistazo, siendo totalmente significativo que sus últimos diez minutos sean totalmente opuestos a lo que vemos en los primeros diez, habiendo presentado el arco argumental para el personaje más ambicioso y eficaz visto hasta ahora en la gran pantalla con actores de carne y hueso. Matt Reeves muestra más que respeto para con el personaje a adaptar. Está claro su enorme amor por las historias en viñetas, al punto de que su mayor inspiración resulta ser el tercer tomo del Tierra uno de Geoff Johns y Gary Frank, recientemente editado. Aunado a un popurrí de temáticas y elementos de infinidad de fuentes como evidencian los agradecimientos a multitud de escritores y dibujantes del murciélago que se ven en los créditos finales.


Es así como podemos sentir que esta Gotham City es la representación cinematográfica más fiel al retrato de la enfermiza y corrupta urbe de los cómics. Sin llegar a los extremos y extravagancias arquitectónicas burtonianas ni caer en la monotonía e impersonalidad que acabó apadrinando Chistopher Nolan en las dos últimas entregas de su trilogía, la inmersión lograda en The Batman se consigue con algo más que la puesta en escena palpable y notable (vital la labor de Greig Fraser en la fotografía más impecable y sugestiva para un Batman cinematográfico). Matt Reeves logra que por primera vez comprendamos que la oscuridad y corrupción moral de Gotham City es total, no solo se muestra de forma selectiva y en representación de unos pocos elementos díscolos de su población, algo enraizado y extendido a un nivel conceptual e histórico al punto de ser necesario que la figura heroica que busque guiar a la ciudad a la luz tenga que purgar también su oscuridad interior.


La propuesta argumental de Reeves y Peter Craig (y el no acreditado Mattson Tomlin) encumbra esta historia a una épica urbana que ve totalmente necesaria su duración y estructura cuasi procedimental (a la que poco o nada se le puede achacar de ritmo meditabundo o exceso de escenas superfluas e irrelevantes) para poder abarcar de forma satisfactoria todos los frentes (los cuales algunos quedan abiertos para explorar en futuras series y secuelas). Muchos de los comentarios negativos son respecto a este apartado, algo desconcertante cuando el espectador general parece no tener problemas en que las producciones televisivas no dejen de querer seguir asemejándose al cine, difuminando las fronteras audiovisuales con el auge del streaming. Pero si una película quiere trasladar una narrativa episódica televisiva en un estreno de multisala para aprovechar sus ventajas, parece existir un problema que no se dio tanto con La Liga de la Justicia de Zack Snyder (Zack Snyder´s Justice League, Zack Snyder, 2021) al duplicar la duración de esta película.

Dice mucho de un cineasta el poder reconocer temáticas recurrentes o ya vistas en anteriores trabajos fílmicos. The Batman conecta con el viaje oscuro de un héroe mesiánico como fue el César de las dos últimas entregas que filmó para la gloriosa nueva trilogía de El planeta de los simios. La concepción de malsano thriller de terror es casi el mismo al de su remake de Déjame entrar (Let Me In, 2010). Y el inesperado tercer acto de The Batman entronca con la escala de amenaza catastrofista de esa primera gran producción al amparo de J.J. Abrams que fue Monstruoso (Cloverfield, 2008). Aunado a esto, presenciamos el inconcebible despliegue y arrojo tras las cámaras del cineasta, que lleva a que su secuencia con su batmóvil (que sí, está totalmente inspirado en el Christine de Stephen King) sea una total osadía para las persecuciones automovilísticas de la era del blockbuster. Primeros planos, planos aberrantes, planos detalle que muestran los momentos más adrenalínicos y memorables desde un espejo retrovisor, planos invertidos, travellings imposibles… Sin duda se trata de la set piece más representativa de la total libertad de Reeves, y es digna de ser analizada para estudiar al detalle cómo filmar acción fuera de los encorsetados cánones del actual cine comercial. Incluso a la hora de tener que amoldarse a esto, como en el tema de la representación de la violencia y muestras de horror en la trama de asesinatos en serie del antagonista principal, Matt Reeves sale del paso emulando a Tobe Hooper con su legendaria La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) con un gran ingenio de virguerías conceptuales y sonoras para no cargar con la calificación R de puro milagro, pero manteniendo una inusitada muestra de violencia macabra sin caer totalmente en lo gráfico (aún con todo, sigue sorprendiendo que esta película tenga un merchandising y colaboraciones más enfocadas al público joven e infantil que el que gozó en su día el Batman de Ben Affleck).



No queriéndome extender de más, tendré que limitar los elogios a las magistrales composiciones musicales de Michael Giacchino. Ya totalmente asentado como compositor del cine de superhéroes, habiéndolo disfrutado de hecho a pocos meses del estreno de The Batman, con el final de trilogía del Spider-Man de Tom Holland. Pero las partituras para esta versión del hombre murciélago van más allá de la juguetona fanfarria de encargo. El trabajo de Giacchino es clave a la hora de considerar por completo la personalidad del film. Los temas musicales de personajes en específico los exploran y representan a la perfección. Las notas siniestras, emocionales, sugerentes, elegantes y vibrantes «a lo Zimmer» acaban hasta por alcanzar un estatus de misa de réquiem en tramos claves. Encumbrando grandes momentos y estampas con el potencial de pasar a la historia cinematográfica más allá del género superheroico.


Quien se atreviese a denostar la elección de Robert Pattinson para encarar esta revisión del personaje, espero que lo hiciese desde el total desconocimiento de la remarcable carrera que ha estado forjándose tras sus inicios como ídolo juvenil. Trabajando con grandes como David Cronenberg, el mentado Christopher Nolan, nuevos talentos como los hermanos Safdie o Robert Eggers, y en producciones dispares de corte indie. Incluso el hecho de haber pertenecido a la saga Crepúsculo dota a esta interpretación de una lectura que traspasa la misma cinta, al poder sentirla como un fin de ciclo para este joven intérprete. Matt Reeves nos muestra al Bruce Wayne más preocupantemente inmerso en su imposible cruzada personal. Llevando su ostracismo a niveles tales como proteger su vista en la semipenumbra matinal de su particular Mansión Wayne. Remarcando su carácter de trágico héroe gótico en la mayor parte del conjunto cuando no viste de murciélago (y ya antes de la primera hora le vemos más en el traje que a Christian Bale en las casi ocho horas que conforman su trilogía del Caballero Oscuro). La interpretación de Pattinson indaga en una profundidad cruda y primigenia, basándose enteramente en lo que transmite su mirada y su fisicidad. Por definición, es el Batman más hosco, lo cual lógicamente entra en la convención de estar viendo a un Bruce Wayne primerizo y ofuscado en su furiosa concepción como vigilante enmascarado para confrontar el conocido asesinato de sus padres. El saber encontrar la luz en la más profunda de las oscuridades es un viaje que debe iniciar el mismísimo Bruce.


Gusta ver que Matt Reeves logra mostrar un plantel de personajes, tanto secundarios como de apoyo, más fascinantes que funcionales. Y que, al igual que en un cómic, descubren que las grandes historias de Batman no solo las protagoniza el Hombre Murciélago. Desde el James Gordon de Jeffrey Wright, que muestra la relación e interacción más dinámica y reconocible de los dos abanderados de la justicia de Gotham City; la Selina Kyle/Catwoman de Zoë Kravitz, que a pesar de poder quedarse corta a la hora de considerar la relación romántica con Batman (así se vendió gran parte de la campaña publicitaria de la película, hasta con un tráiler titulado The Cat and the Bat), muestra la versión más completa e independiente de la ladrona felina con el juguetón componente de femme fatale. El Alfred de Andy Serkis es el personaje al que la película recorta todo lo que puede del conjunto, pero su participación, aunque puntual, sigue siendo clave y parte fundamental para la propuesta emocional (sin caer en los empalagosos monólogos que acabó verbalizando Michael Cane), dejando vía libre a la conocida dinámica con Bruce de cara al futuro. El irreconocible Colin Farrell, como este Pingüino caponiano, entrega la participación más divertida de la cinta, descubriendo por qué dieron luz verde a una serie en solitario de su personaje antes del estreno de The Batman. John Turturro como Carmine Falcone también está espléndido en sus contadas apariciones, rematando el homenaje al cine negro, con homenaje sonoro directo a Volare incluido.


Pero si dejo a Paul Dano para la mención final, eso es porque indudablemente su Enigma se descubre como la mayor sorpresa del film. Partiendo de una identidad visual indudablemente deudora del psychokiller real conocido como el Asesino del Zodíaco, Matt Reeves también traslada incluso el gusto por los criptogramas y el uso de los medios para expandir un reinado del terror con cada nuevo cuerpo dejado a su paso. Para alguien que tenga en mente al Enigma interpretado por Jim Carrey en Batman Forever (Joel Schumacher, 1995), desde luego que esta revisión será chocante cuanto menos. Pero a decir verdad, incluso para quien haya visto el sinfín de reinterpretaciones del personaje en los cómics (o hasta videojuegos), le pillará de improviso este acercamiento totalmente siniestro en las formas y magnitud de sus crímenes (cercanos a los que podemos toparnos en una saga como Saw). El uso de los acertijos (que se traslada incluso a la jugarreta de la escena postcréditos) sigue siendo una seña de identidad clara del personaje. Y el misterio a su alrededor trata de extenderse a la calculada presencia del criminal en la pantalla. Es en la recta final de la película cuando por fin podemos contar con la actuación más clara de Paul Dano, junto a la última y aterradora revelación tras su amenaza delictiva (que mira de tú a tú con nuestra realidad). La película nos revela de la forma más retorcida una enfermiza dualidad entre héroe y villano profunda y devastadora, donde Reeves fue a por todas al confrontar la idea comúnmente establecida de que solo un personaje sardónico puede ser la verdadera némesis del Caballero Oscuro. Todo esto gracias al virtuoso talento de Paul Dano, que parece ofrecernos la cara B de lo que podría haber sido su participación en Prisioneros (Prisioners, Dennis Villeneuve, 2013).


Realmente, The Batman es una película casi inabarcable para la cual parece indispensable un segundo visionado para tratar de considerarla en toda su magnitud (¿acaso se puede decir que has disfrutado, valorado y comprendido verdaderamente Se7en de solo verla una vez?), no solo como producto de entretenimiento. Y eso es lo mejor que puedo decir de una película de superhéroes (no solo de Batman) que busque algo más que el necesario taquillazo monetario y asentamiento de franquicia.