• Mar Gimeno

Long live the Queen (The Crown, 2016)

O como una serie ha endulzado uno de los personajes más polémicos de los siglos XX y XXI. Ella es Elisabeth II, la monarca más longeva de la historia de Gran Bretaña y amante de los corgi. La ancianita que vemos siempre en los medios vestida como una tarta, con atuendos y sombreros a juego. Esa misma que luego hace discursos sobre la austeridad vestida con todas las joyas de su ajuar desde el Palacio de Buckingham.


Pero este artículo no es para hablar de ella. Sino de la serie que Netflix creó en 2016 (sí, y su fecha de estreno coincidió con el día de mi cumpleaños). Bajo el guion de Peter Morgan, quién es especialista en relatos históricos, y la dirección de tres grandes directores como son Stephen Daldry (Billy Elliot, 2000 o The Hours, 2002), Philip Martin y Julian Jarrold, The Crown se convierte una de las piezas más fuertes que tiene la plataforma de streaming. Además de una de las más caras –por no decir la más cara de la historia- ya que el presupuesto por capítulo llega a alcanzar los 130 millones de dólares (se entiende una vez ves las recreaciones con todo lujo de detalle).


La ficción parte del día en el que se compromete de forma oficial con el rebautizado Philip Mountbatten (Matt Smith), quien en adelante adquiere el título el duque de Edimburgo (¡la de cosas que se inventa esta gente!). Nos introduce igualmente a su padre enfermo, el rey George VI, y ya nos podemos imaginar lo que va a pasar (también porque sabemos su historia). Es en ese momento cuando empieza el tormento de Elisabeth (Claire Foy).


La historia de una mujer que, por casualidades (quizá no tan casuales) de la vida, acaba siendo reina. Un cargo que ella no quiere y que ejerce porque el deber y compromiso que siente es más fuerte que sus propios deseos (en varios capítulos se hace hincapié en este aspecto). Una mujer a quién se le prohiben sus emociones y sentimientos, o aún peor, le indican cómo deben ser. Debe ser cuadriculada pero a la vez amable, mantener siempre la calma, ser cariñosa aunque no demasiado. Esto es lo que la hace gran monarca (al menos en la serie y a ojos de su gabinete). Pero le pasa factura a una persona joven, con ansias de crecer en un mundo cambiante, en una institución que aboga por quedarse anclada en tradiciones y costumbres del pasado. Y ahí es donde entra el dilema de Lillibet: una joven reina (mujer) en un mundo en que la monarquía parece carecer de sentido, deberá encontrar su sitio en el mundo. 


Poco a poco la serie introduce a todos los royal. Desde la alocada hermana hasta el tío desertor, pasando por una reina madre obsoleta. Y pese a que estos no llevan la corona (The Crown, título que ya hace alusión a la protagonista), es necesario contar sus historias (en algunos casos se dedican capítulos enteros) para entender más a la monarca. Se presentan todos personajes libres, en cierto sentido y con ciertas limitaciones, que contrastan siempre con la figura de la reina la cual no tiene libertad para ejercer lo que a ella le parezca, y que es obligada a cortarles las alas. Recapitulando con la idea de los sentimientos de la monarca en relación con sus familiares, es ella quien permite en un primer momento el matrimonio de la princesa Margarett con el coronel Peter Townsend, un hombre divorciado, pero que luego le frenan los pies. Igualmente permite la entrada del hermano de su padre, el ex-rey que abdicó por amor, y que luego deberá denegar porque recibe información sobre cierta simpatización por el nazismo.  


En el transcurso de los capítulos vemos como se ensalza la corona, justificando en todo momento el sí de su existencia. Pero a su vez encontramos una pequeña crítica, muy sutil, a la institución y sus particulares maneras. Además resulta una clase de historia contemporánea muy atractiva de los grandes acontecimientos que sucedieron en Inglaterra. Los problemas con las antiguas colonias, el commonwealth, las crisis nacionales,... Aparecen también figuras tan importantes como Winston Churchill o J.F. Kennedy que le proporcionan más veracidad (si cabe) al relato.


Al hilo de esto, cabe destacar el gran trabajo de las actrices y los actores en sus interpretaciones (o imitaciones), del equipo de vestuario que recrea todos los vestidos y joyas a la perfección, y de los decoradores que sacan una copia exacta del Buckingham Palace, algo que, ni se ve todos los días, ni es para nada fácil. Todo ello mezclado con planos que parecen clásicos por la estética tan royal que proporciona (como digo) tanto los escenarios como el vestuario, lo moderno viene de la mano de un montaje rápido que proporciona dinamismo y le quita sobriedad, a la vez que le da naturalidad y humaniza a estos personajes 'divinos'. Y resulta que este es también un poco el fin de toda la serie en general. Hacerlos humanos porque, efectivamente, cometen errores, ríen, lloran,… y no son tan perfectos como aparecen en las portadas de las revistas ni en los noticiarios de las televisiones.  


La serie, pues, va conjugando ese momento de cambio que es un país europeo después de la Segunda Guerra Mundial, donde las reglas del juego cambian y hay que saber jugar bien las fichas. Se mueve entre algo tan dispar como es lo viejo y lo nuevo, y la pieza clave recae en una figura que es la Reina Elisabeth.


En un mes vuelve la tercera temporada, pero con un salto temporal en la historia bastante grande. Algo que supone un nuevo reparto. Veremos a Olivia Colman como la nueva reina y, algo que me hace especial ilusión ver, a Elena Bonham Carter como la princesa Margaret. Además se sabe que la mediática Princesa Diana (Lady Di) saldrá en la trama, así que puede que muchas y muchos fans del icono se animen a ver la serie.  


Pero, recordemos, todo esto no deja de ser una ficción. Sí, basada en la realidad, pero nunca sabremos hasta qué punto es fiel a la historia con mayúsculas.

La luz contra la pantalla

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