• Jaime Estrela

El Evangelio según San Clancy



Si no fuera una producción de Netflix, y no viniera de la mano de un creador consagrado como Pendleton Ward (Hora de Aventuras), podría pasar como un proyecto alternativo creado para disfrutarlo en la soledad de la madrugada. Sin embargo, The Midnight Gospel, a pesar de ser un producto comercial, consigue trasladar ese aura de singularidad que tiene algo que no habías visto de esa forma antes.


Duncan Trussell y Pendleton Ward unen fuerzas y trasladan el mundo del podcast, por el que es conocido el primero, al estilo surrealista de animación del segundo. Nos presentan a Clancy, un transmisor espacial que adquiere un simulador de universos de segunda mano que no sabe muy bien cómo funciona. Se dedica a viajar a través de él entrevistando a gente variopinta para su emisión espacial “The Midnight Gospel”, es decir, el evangelio de medianoche, título que remite a una verdad algo clandestina que como los mejores secretos debe ser difundida a gritos.


Que el nombre de la serie haga referencia a un evangelio no es casual, pues en ella aparecen en cada capítulo una o dos personalidades expertas en diversos temas que se ocultan tras los personajes espaciales de los universos que Clancy visita. De este modo, asistimos en cada capítulo a una masterclass cercana en su aspecto sonoro a una charla divulgativa TED, pero en su aspecto visual es como tratar de seguir un una mosca con un caleidoscopio.


A pesar de que pueda parecer que peque de discursiva, lanzando sermones sobre el perdón, la abstracción de las drogas, el mindfulness o la meditación, el contenido de esos discursos se liga estrechamente con lo que les ocurre a Clancy y a sus entrevistados, aunque a priori no tenga nada que ver. La carga metafórica de los universos por los que transitan los personajes provoca que el elemento visual se vuelva indispensable para algo tan estrictamente auditivo como un podcast.


Al reducir sus componentes narrativos a la mínima expresión, no deja de ser la historia de un adulto que no ha dejado de ser un niño, que se abstrae en lo exterior (el espacio) para ignorar lo que está mal en su interior. Pero sus creadores se alejan años luz de la convencionalidad de esta idea. Pese a que nos transmitan explícitamente, mediante los diálogos, las ideas con las que nos quieren evangelizar, es a través del vínculo con la imagen como llegan a mejor puerto. Porque es mucho más fácil entender las múltiples vidas del alma según el budismo a través de ver la fuga en una cárcel en la que es imposible morir, por ejemplo, que simplemente escuchando a un experto sobre el tema. Y es que al fin y al cabo, una imagen vale más que mil palabras.

La luz contra la pantalla

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