• Héctor Gómez

Limonada y revolución (Tiempo después, 2018)

Actualizado: 21 de feb de 2019


No cabe duda de una película como Tiempo después solo puede llevar la firma de José Luis Cuerda, quizá el último representante vivo de una estirpe de humor en España que va desde Jardiel Poncela, Mihura y Azcona hasta el veterano director manchego. En una época en la que el debate sobre los límites del humor está más encendido que nunca, en la que la mayoría de humoristas no tienen mejor respuesta a los ofendiditos que ofenderse ellos mismos, y en donde la reivindicación más sonada del chiste viene de un anuncio de fiambre, Cuerda nos viene a dar una lección a todos: el mejor humor político no tiene que ver con sonarse los mocos con la bandera. No se necesita ni una sola referencia directa a la realidad para que todos entendamos el significado y el objetivo de sus dardos. Cuerda reparte a diestro y siniestro con una ligereza que solo es aparente, y que oculta bajo capas de humor surrealista y absurdo una inquina que muchos ni siquiera sueñan con alcanzar.


Situada en un futuro tan lejano (año 9177, siglo arriba siglo abajo) como reconocible, Tiempo después juega a la distopía huxleyana y nos presenta un edificio “representativo” donde habitan los últimos moradores de la Tierra, rodeado de un páramo ocupado por los parias de la nueva sociedad, aquellos a los que se les ha denegado el acceso a las comodidades del “Primer Mundo”. Pero todo se trastoca cuando uno de esos outsiders (Roberto Álamo), a la sazón vendedor de limonada, pretende subvertir el orden establecido empeñándose en vender su producto a los habitantes del edificio, con el caos ontológico que ello puede suponer.


La película no repara en crítica a todos los estamentos de la sociedad, ya sea la iglesia –con Antonio de la Torre como cura homicida­–, la monarquía ­–Gabino Diego interpreta a un rey déspota y caprichoso (¿acaso no lo son todos de alguna manera?) – o las fuerzas del orden, un clásico del cine de Cuerda y de toda la tradición satírica española, que siempre ha encontrado en la Policía y la Guardia Civil un objetivo claro para el escarnio. Así, Tiempo después discurre en medio de situaciones a cada cual más absurda que la anterior, poniendo en tela de juicio nuestras instituciones y nuestros valores tradicionales, que se resquebrajan cuando se colocan ante el espejo de una realidad que les supera.


José Luis Cuerda ha conseguido estrenar en 2019 una película que es una auténtica rareza, por lo arriesgado de su apuesta en tiempos de un humor más directo y apegado a la realidad más urgente, como demuestra su discreto paso por la taquilla y su ninguneo en la temporada de premios. Sin embargo, sería injusto minusvalorar esta propuesta diferente, que nos recuerda que antes de los chanantes estuvo José Luis Cuerda, y que cuando él se marche, el hueco que dejará será casi imposible de rellenar.

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