• Héctor Gómez

Tragedia y perdón


Cerca del final del metraje de L'ofrena (Ventura Durall, 2020), el personaje protagonista, Jan (Àlex Brendemühl), extrae la tarjeta de visita de un notario de entre las páginas de la Odisea de Homero. Más allá de la referencia evidente a Ulysses Chest -la empresa que el propio Jan ha fundado, y que se dedica a entregar últimas voluntades a familiares y amigos de personas recién fallecidas-, que toma el nombre del protagonista de la gran obra homérica, este pequeño gesto engloba el sentido general de la película, concebida como una gran tragedia griega en la que no faltan las pasiones exaltadas, los secretos familiares y, en última instancia, un sentido fatalista de la existencia que marcará el devenir de cada uno de sus personajes.


Los antiguos griegos, en especial Aristóteles, distinguían tres elementos clave en la retórica, el mecanismo clave para dominar el lenguaje y construir así un sistema de pensamiento y de relación interpersonal que sigue vigente en nuestros días. Uno de esos tres elementos es el pathos, que en el ámbito artístico sirve para definir aquellas expresiones íntimas de lo representado que generan una emoción en quien las contempla. Habitualmente, el pathos se contrapone al ethos, que se refiere a la costumbre, a la forma de ser, al carácter de cada persona. Así, el pathos podría expresarse como la explosión puntual, la emoción desatada que despierta la reacción en el otro. De ahí que hayamos adoptado el término patético (relativo al pathos) para referirnos a lo que genera sentimientos de tristeza o compasión, aunque también conlleve un matiz peyorativo que nos haga alejarnos del sujeto patético, al que dejamos regodearse en su propia miseria como si esta fuera algo que debería permanecer oculto, como algo obsceno (por emplear aquí otro término griego que hemos asimilado, referido a lo que permanece literalmente "fuera de escena"). Nuestro mundo tolera cada vez menos las expresiones del pathos, consideradas como salidas de tono que expresan algún tipo de trastorno histérico, condenando a aquellos que las manifiestan a un sentimiento de culpa y a una autocensura que muchas veces se trata con terapia o incluso con medicación.


En L'ofrena, sin ir más lejos, encontramos varios momentos en los que el pathos se expresa como un torrente que lo arrasa todo. Y es que el film de Ventura Durall se construye en torno a la dualidad entre ethos y pathos, entre la cara que mostramos ante el mundo y la que permanece oculta bajo toneladas de autocontrol, educación social y pastillas. Y si no, que se lo digan a Violeta (Anna Alarcón), una terapeuta -curiosamente- que encierra bajo una vida aparentemente normal e idílica (una buena casa, un trabajo de prestigio, dos hijos de mejillas sonrosadas y un marido (Pablo Molinero) que asume las tareas tradicionalmente reservadas a las mujeres en la casa o el cuidado de los niños con absoluta naturalidad) un pasado lleno de dolor que resurgirá con fuerza cuando reciba la visita en su consulta de Rita (Verónica Echegui), y se abra la caja de los truenos -otra vez la mitología griega- para poner su vida patas arriba. Es en este momento cuando Durall pone en juego la narración paralela entre el momento presente y aquel verano de hace dos décadas cuando Jan y Violeta eran dos adolescentes (Josh Climent y Claudia Riera) convencidos que lo único que necesitaban era una moto y a ellos mismos para ser absolutamente felices.


Sin embargo, las cosas no suelen salir como uno se las imagina, y las acciones que emprendemos tienen consecuencias en el futuro, y no solo para nosotros mismos sino también para aquellos a quienes les afectan. Por eso, L'Ofrena se construye viajando hacia el pasado y avanzando desde allí para intentar entender el trauma de Violeta y la obsesión de Jan por recuperar el contacto con ella veinte años después. Al contrario que Rita, su esposa, una mujer volcánica, visceral, patética (en todos los sentidos del término), que muestra una evidente y patológica necesidad de afirmarse en virtud de su dependencia hacia una figura masculina poderosa, Jan, sin embargo, es un hombre comedido, frío, que parece cargar sobre sus hombros, como Atlas, con todo el peso del universo. Ese contraste entre explosividad y contención tiene su reflejo especular en la relación entre la retraída Violeta y su simpático marido Nico, figurando este y Rita como los cónyuges putativos de una pareja que nunca ha dejado atrás aquella relación juvenil que marcaría sus vidas para siempre con la tristeza en el caso de ella y la culpa en el caso de él.


La tragedia griega solía culminar con el castigo de sus protagonistas, que generalmente eran castigados por los dioses tras reconocer sus errores, de lo que se desprende una enseñanza moral que permite a los espectadores seguir adelante con sus vidas de una forma más edificante. En el caso de L'ofrena, como buena tragedia que aspira a ser, los personajes no encuentran otra redención que no sea la que pase por enfrentarse al trauma mirándolo directamente a los ojos. Solo así es posible restañar las heridas y obtener el perdón, sin importar el precio que haya que pagar por ello.



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