• Héctor Gómez

Un hombre llamado caballo (BoJack Horseman S01, 2014)



La vida se compone de momentos de felicidad y momentos de desdicha. Hasta aquí nada que no sepamos. Thank you, Captain Obvious. Pero, cuidado, porque afirmaciones como esta, en apariencia indiscutibles y universales, también pueden tener sus matices. Porque a veces la línea que va de la felicidad de la amargura es como la que separa el día y la noche en un atardecer: tan sutil que hay que inventarla. Decía Woody Allen que la comedia es tragedia+tiempo, pero las matemáticas no siempre son exactas. ¿Qué pasa cuando comedia y tragedia suceden a la vez? Tal vez ambas sean las caras de un mismo taumátropo, dibujadas en lados opuestos pero que en movimiento se superponen en una misma imagen y resultan indistinguibles.


Por eso, dejemos la diferencia entre comedia y drama para los poetas que se sientan a contemplar el atardecer, o para los Globos de Oro. La primera escena de la primera temporada de BoJack Horseman (2014) es un fragmento de la sitcom Horsin' Around, que BoJack protagonizó con gran éxito en los 90. Cuenta la historia de un caballo que tiene que hacerse cargo del cuidado de tres niños (sic), y lo hace desde una perspectiva familiar y ligera, donde prima la idea de "si estamos todos juntos, nada malo puede pasar". Pero justo después de esa escena, vemos a BoJack veinte años después siendo entrevistado en un plató de televisión. Borracho y drogado, no necesita más que un par de minutos para hacer incómodos chistes sobre minusválidos y, en definitiva, apuntar el tono de la serie. Que no será otra cosa que un tortuoso camino hacia la autodestrucción del personaje.


BoJack, el juguete roto

Dicen que la edad de oro de las series de televisión coincide con la presencia protagónica del antihéroe. Nada de personajes íntegros, de una sola pieza, que luchan contra el mal o nos hacen reír con su humor inofensivo. Los nuevos héroes de la TV son maleducados, egoístas, adúlteros y hasta criminales. Unos auténticos hijos de puta. Pero hay algo que nos atrae de ellos, y es precisamente que los vemos más plausibles, más humanos. Nos reconocemos en ellos, reconocemos nuestras propias miserias en los Don Draper, Walter White o Tony Soprano de turno. Y también en BoJack Horseman, el caballo más humano de todos los tiempos.


Porque no hay nada más triste que ser gracioso. O, al menos, esto es así en Hollywood (perdón, Hollywoo). La industria del espectáculo se nutre de la inmediatez y de un presente eterno que devora todo lo demás. Llegas, tienes tu momento de gloria e inevitablemente otros te sustituyen. No hay tiempo ni espacio para la digestión. La fama llega por empacho y se instala en tu cuerpo y en tu mente como una resaca permanente. Y si eres cómico, la situación es todavía más paradójica, porque tienes que hacer reír siempre, aunque estés muriendo por dentro. Ridi, pagliaccio, porque el espectáculo debe continuar. Contigo, o sin ti.


Quizá por eso las mejores comedias de las últimas décadas son precisamente aquellas en las que los cómicos se ríen de sí mismos y de la banalidad del mundo que les rodea. Ya sea mediante el formato de la comedia de situación tradicional de Jerry Seinfeld o mediante la idea de "realidad dramatizada" al estilo de Larry David o Louis CK (cuando Louis CK era todavía un buen ejemplo para citar). Los cómicos parecen necesitar poner distancia entre sí mismos y su trabajo, porque no hay otra manera de representar el drama de sus cómicas vidas. En esa línea se mueven, como funambulistas, a solo dos gintonics de venirse abajo para siempre.


Resulta curioso imaginar a Raphael Bob-Waksberg vendiendo su idea a los ejecutivos de Hollywood (perdón otra vez, quise decir Hollywoo). Sería algo así como "Mirad, es una serie de dibujos en las que hay personas y animales que también son personas, y el protagonista es un caballo que fue una estrella de la televisión pero en la actualidad es un actor fracasado que no deja de añorar el éxito del pasado y que intenta escribir una autobiografía para recuperar su fama". Adelante pues, debieron pensar. Siempre está bien burlarse un poco de la industria del show business. Mostrarnos como los malos y que la gente entienda que meterse con nosotros es gracioso, aunque sigan consumiendo nuestros productos. Con lo que seguramente no contaban era con que, en el transcurso de los doce episodios de la primera temporada, la carcajada se torna una mueca helada.


La primera (y mejor) temporada de BoJack Horseman se empeña en llevarnos de la mano para asistir a la espiral (auto)destructiva de su protagonista. BoJack (Will Arnett) fue una estrella de la edad de oro de las sitcoms estadounidenses, esas que ahora languidecen con los últimos estertores de The Big Bang Theory. Pero hace solo un par de décadas la televisión estaba repleta de esos escenarios tan reconocibles (cocinas enormes, salones con sofá con vistas a la tele, patios traseros rodeados de vallas de madera), recreaciones del ideal de la clase media americana. Esa que buscaba en las ficciones reconocerse a sí misma, o al menos una versión idealizada, adornada con risas enlatadas y sedada con el inevitable final feliz y la lección aprendida.


Sus protagonistas eran, en su mayoría, varones blancos heteros agobiados por el estilo de vida capitalista, aunque sus principales preocupaciones fueran los roces con su jefe en el trabajo o los novietes que trepaban por la ventana de su hija adolescente. Ningún enredo se prolongaba más allá de los veintipocos minutos del episodio, porque cada nuevo capítulo reiniciaba el statu quo desde un equilibrio permanente que podía ser mínimamente alterado, pero nunca puesto en cuestión.



No sabemos cómo era exactamente Horsin' Around, pero podemos imaginarlo perfectamente. Lo que sí sabemos, sin embargo, es toda la miseria que se agazapa tras el pladur de los escenarios. BoJack es en realidad un ególatra que piensa que la serie es un éxito gracias a él, sin reconocer el mérito de su creador -y antiguo mejor amigo- Herb (Stanley Tucci).


Si damos la vuelta a la frase de Woody Allen con la que se iniciaba este texto, a veces la tragedia es comedia+tiempo, y a esto juega BoJack Horseman con maestría. Veinte años después, BoJack vive en su mansión de Beverly Hills una vida de excesos, nihilismo y autocompasión, sin más compañía que sus amantes ocasionales y la presencia de Todd Chavez (Aaron Paul), un tipo que un día se coló en una de sus fiestas y no se ha movido de su sofá desde entonces. Veinte años después, Herb está enfermo terminal, y Sarah Lynn (Kristen Schaal), una de las niñas de Horsin' Around, está atrapada en una espiral de intoxicación (imposible no pensar en Lindsay Lohan). La manera en la que la serie muestra cómo BoJack lidia con estas situaciones no puede ser más descorazonadora. En un arranque de dignidad, decide recuperar la relación con el moribundo Herb, pero es incapaz de reconocer que fue el culpable del despido de este de la serie, al no apoyarle cuando saltó el escándalo sexual de su amigo. Herb le espeta que lo único que en realidad le importa no es su salud, o reconfortarle en sus últimos días, sino solamente limpiar su conciencia. En una de las escenas más duras de la temporada, Herb le promete que no va a perdonarle nunca por lo que ha hecho. Una reacción tan terrible como comprensible en vista de la actitud complaciente de BoJack. Y al respecto de Sarah Lynn, BoJack no es capaz de ofrecerle esa figura adulta que está reclamando, y no solo no le ayuda a salir de las drogas (más bien todo lo contrario), sino que incluso acaba acostándose con ella.


BoJack se siente solo, pero en lugar de reclamar ayuda arrastra consigo a todos los que le rodean. Es capaz de sabotear la carrera de Todd en el mundo de las rock operas haciéndole recaer en su adicción a los videojuegos la noche antes de su gran presentación. Y sobre todo, hace todo lo posible por sabotear la boda de Diane (Alison Brie) con Mr. Peanutbutter (Paul F. Tomkins). Es precisamente la relación de BoJack con Diane, la ghostwriter que contrata la editorial para escribir su biografía, el hilo conductor de la temporada. Diane es una mujer talentosa, independiente y con grandes aspiraciones. Cree que puede hacer un gran libro si cuenta toda la verdad sobre BoJack. Convive con él y es testigo de primera mano de su tendencia narcisista y autodestructiva. BoJack, en lugar de dejarse ayudar, se enamora de ella, y el rechazo de esta (recordemos que está a punto de casarse) supone un punto de inflexión hacia el viaje a ninguna parte del protagonista.



El penúltimo capítulo de la temporada es un prodigio narrativo que condensa todo lo visto hasta ahora a lo largo de la serie. Una vez frustrado el intento de saboteaje de la boda, y después de que Diane publicara el libro contando todas las miserias del famoso caballo, BoJack, Todd y Sarah Lynn se embarcan en un viaje lisérgico con toneladas de droga, en el que BoJack tiene una especie de revelación que le muestra cómo podría haber sido su vida si no se hubieran acumulado en ella las malas decisiones. La primera temporada de BoJack Horseman se cierra con el Wild Horses de los Rolling Stones de fondo, con BoJack intentando recomponer las piezas de una vida que se ha empeñado en destruir. El éxito del libro de Diane le ha vuelto a poner en boca de todos, y por fin consigue el papel principal en la película que siempre había soñado. Un final que arroja algo de esperanza en un personaje, y una serie, que tras su colorido diseño en realidad esconde toneladas de tristeza y amargura. Porque detrás de los focos, los premios y los autógrafos hay vidas destruidas por la vorágine de un negocio tan fascinante como despiadado.


¿Cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario?, cantaba Enrique Urquijo, poco antes de morir de sobredosis en un oscuro portal.

La luz contra la pantalla

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