• Jaime Estrela

Ver, oír, ¿callar?



Una niña se niega a entrar en el colegio el primer día de clase. Algo tan común que sorprende que sea el arranque ideal de una película. A partir de ver a Nora con el rostro descompuesto por el pánico que le supone enfrentarse a esa situación, la película hace justicia a su título, porque por muy pequeño que sea, a la protagonista se le hace un mundo empezar esa nueva etapa de su vida.


Desde Bélgica nos llega esta propuesta que ganó el premio FIPRESCI de la sección Un Certain Regard en Cannes. Su directora, Laura Wandel, nos narra un drama entorno al acoso escolar que, a pesar de tener un tratamiento cotidiano, se aleja de lo convencional poniendo el foco en aquellas personas que no son acosadores, pero tampoco acosadas, sino que se ven salpicadas por la situación. De este modo, ubica al espectador en una situación incómoda, en el lugar del testigo de injusticias que, por unas causas u otras, no interfiere ante ellas. ¿A caso no hemos sido todos ese tipo de persona que se acoge a la ley de ver, oír y callar por temor a las consecuencias? Un pequeño mundo (Un monde, 2021) asume esa forma de actuar para demostrar que el hecho de no hacer nada ya es estar haciendo algo.


De todos modos, la película no juzga ni impone una visión, sino que más allá de las cuestiones morales, propone un acercamiento casi antropológico a un ecosistema del que, aunque pueda parecer lejano, todos hemos formado parte. Es desde esta perspectiva donde el título de la película tiene más sentido. Como si se tratara de un documental de Cousteau, como El mundo del silencio (Jacques-Yves Cousteau, Louis Malle, 1956), la directora retrata unas dinámicas sociales como si fueran algo ajeno y casi exótico. Pero este mundo no es submarino, y gracias a su potente dilema del que, como se ha mencionado antes, no es difícil escapar, consigue el efecto contrario a los documentales sobre el mar. Asistimos a una sucesión de acontecimientos, a los que no deberíamos de estar acostumbrados, no como turistas sino como posibles partícipes.


Todo esto es posible gracias al poder narrativo de situar la cámara siempre en el lugar de la protagonista. Prácticamente vemos lo que ella ve y, sobre todo, de la forma en el lo ve. La cámara en mano ofrece esa espontaneidad casi documental de la que se hablaba antes, pero lo más llamativo es que siempre está a la altura de los niños. Así, el espectador se sumerge en una experiencia del todo inmersiva sobre lo hostil que puede resultar el mundo infantil.


El hecho de mostrar el lado oculto de la infancia y su crueldad hace que 72 minutos de paseo por ese mundo no sean el tipo de viaje que uno le desearía a nadie que quiera pasar un buen rato. Es más, hasta cierto punto, es de agradecer que sea “pequeño”.