• Héctor Gómez

Un ángel contra la manada


A modo de experimento sociológico, sería interesante comprobar las reacciones ante una película como Una joven prometedora (Promising Young Woman, Emerald Fennell, 2020) por parte de una audiencia masculina y femenina. Es muy posible que los hombres consideren esta película, como mínimo, como una visión exagerada, incluso fantasiosa, de las relaciones entre ambos sexos y la reacción ante ciertas situaciones. Habrá quien, incluso, tilde el film de oportunista, de un nuevo producto que se suma a la corriente favorable de expresiones artísticas surgidas al calor del #MeToo, amparado por el sello de pertinencia de lo políticamente correcto y concebido únicamente para responder a las demandas de un colectivo —el feminismo— ante el cual todas las industrias culturales se pliegan con sumisión.


Sin embargo, a todos esos hombres les recomendaría encarecidamente (como yo mismo hice) ver la película acompañados de una mujer. No importa qué mujer, ni su edad, ni su ideología, ni su aspecto físico. Porque la experiencia, estoy seguro, será similar en prácticamente todos los casos. Para ellas, lo que se cuenta en Una joven prometedora está más cercano al documental que al cine de género. Porque todas ellas, en mayor o menor medida, y en más o menos ocasiones, se han visto alguna vez en alguna de las circunstancias que la película muestra. Estremece —e indigna— mirar a tu compañera de butaca y comprobar cómo identifica todas esas situaciones como propias. Cómo lo que muchos han denominado siempre como «situaciones habituales en el proceso de ligoteo» o «pequeños sobreentendidos que no tienen mayor importancia» son en realidad situaciones vejatorias que incluso, en algunas ocasiones, llegan a la violencia sexual. De tan interiorizadas se nos olvida que no dejan de ser condenables, antes y ahora, pero la costumbre y la nada disimulada tolerancia hacias las actitudes masculinas las han opacado hasta hacerlas casi invisibles.


El título original de la película, Promising Young Woman, toma prestada de forma irónica la denominación (Promising Young Man) con la que muchos se refirieron a Brock Turner, un joven de 21 años que en enero de 2015 violó a una joven en una fiesta de una fraternidad de la universidad de Stanford. La víctima estaba semiinconsciente tras haber ingerido alcohol, lo que Turner aprovechó para llevarla a un rincón apartado a las afueras del edificio y violarla. Solo la aparición de otros dos estudiantes, que vieron la situación y repararon en la indefensión de la chica e increparon al agresor, provocó que Turner escapara corriendo. Posteriormente, fue detenido y juzgado por tres cargos de violencia sexual, por los que únicamente fue condenado a seis meses de prisión (aunque la acusación pedía diez años). Brock Turner solo pasó tres meses entre rejas.


El caso se hizo muy mediático, principalmente por la polarización que se produjo entre quienes pedían máxima dureza contra el acusado, por aprovecharse de una mujer vulnerable para violarla, y aquellas personas que le veían como «un buen chico que simplemente había cometido un error». Brock Turner era campeón universitario de natación, un joven de buena familia, guapo y exitoso con las mujeres. Su propio padre alegó que no debía pagar el resto de su vida «por algo que había durado apenas 20 minutos». El juez que falló su caso, Aaron Persky, también había sido estudiante y deportista en Stanford. Consideró que este «joven prometedor» no debía pagar en exceso por algo que, en el fondo, pasa tan a menudo en cualquier campus universitario de cualquier parte del mundo. Había sido un simple error provocado por el alcohol y las hormonas. Unos mesecitos a la sombra, y aquí no ha pasado nada.


Pero, ¿qué pasa con la víctima? Hasta septiembre de 2019 se la conocía como Emily Doe, por el seudónimo que ella misma utilizó en la carta que envió a la prensa y en la que relataba lo sucedido aquella noche y el trauma y las secuelas psicológicas que le había acarreado. Así, casi cinco años después de los hechos, Emily Doe se convirtió en Chanel Miller, una mujer con nombre y apellidos que ya nunca más se iba a esconder. Hace unos meses, Miller publicaba su libro titulado, precisamente, Tengo un nombre, en el que anima a todas las mujeres que han permanecido en silencio tras una agresión sexual a dar el paso de denunciar, con la esperanza de que la impunidad con la que en demasiadas ocasiones se escapan los agresores acabe siendo una cosa del pasado.


Pero no es un asunto sencillo, como se demuestra en Una joven prometedora. Emerald Fennell no ha querido ser sutil ni jugar a las verdades a medias, y su película es un alegato decidido y sin fisuras contra el sistema patriarcal que olvida a las víctimas y encumbra a sus agresores. Su argumento sigue las directrices del subgénero rape and revenge, pero esta vez la venganza la lleva a cabo no la propia víctima sino su mejor amiga, Cassie (Carey Mulligan). De este modo, Fennell incide de manera interesante en el concepto de empatía, en cómo es posible (y necesario) hacer propias las luchas de las demás. Y no solo porque podría pasarnos lo mismo, sino simplemente porque es lo justo.


Una joven prometedora pone sobre el tapete muchas de las situaciones más incómodas y polémicas. Su modus operandi pasa por simular estar borracha hasta casi el coma etílico, para esperar que aparezca algún hombre (y siempre aparece) que al principio se ofrece a ayudarla o llevarla a casa, pero indefectiblemente acabará por intentar aprovecharse de su estado para tener sexo con ella. La relación entre el alcohol o las drogas y las violaciones es algo especialmente sensible, porque sigue habiendo muchas personas que consideran ese estado como un atenuante, porque «ella estaba tan borracha que se lo ha buscado». La sociedad patriarcal siempre pone el foco en ellas, en su ropa, en su estado etílico, en su nivel de coqueteo, en su promiscuidad anterior. Y casi nunca en ellos, en insistir en que no se puede intentar follar con una mujer si no está en sus plenas facultades, por mucho que su negativa se emita como un balbuceo incomprensible. En España tenemos muy reciente el caso de La manada en los Sanfermines, y el juicio paralelo que se le hizo a la víctima, a su actitud antes y durante la agresión y a la manera de rehacer su vida.



Cassie ha dedicado los últimos años a intentar hacer justicia para Nina, su mejor amiga, víctima de una violación cuando estaban en la universidad en la que no hubo ningún culpable, y tras la que acabó suicidándose. La lucha de Cassie es una lucha quijotesca contra el sistema, en la que sus victorias consisten en poner a los hombres frente a su propio espejo, hasta que asuman su verdadera condición de agresores sexuales. La aparición de un antiguo compañero de facultad, Ryan (Bo Burnham) pone a Cassie de nuevo sobre la pista de Al (Chris Lowell), el violador de Nina, que tras aquel suceso no tuvo problemas en continuar con sus estudios y labrarse una exitosa carrera profesional y una vida personal intachable, a punto de casarse felizmente con una modelo de ropa interior. La película incide en la invisibilización de la víctima, a la que nadie, excepto Cassie, parece recordar. El suceso que marca las vidas de Cassie y Nina es archivado con un carpetazo por la propia universidad, que en ausencia de pruebas decide conceder el beneficio de la duda a Al —«si tuvieran que hacer caso a todas las denuncias de este tipo arruinarían la vida de cientos de chavales», dice la decana— y enterrar el asunto bajo la alfombra.


Como decíamos antes, Una joven prometedora no hace prisioneros. Ni siquiera el personaje de Ryan —que encarna, en principio, esa vertiente not all men que defienden tantos para autojustificarse— se salva de la quema. La película de Emerald Fennell es puro discurso, y se despacha con apenas alguna concesión pop en forma de encuadres forzados (que en varias ocasiones otorgan a Cassie un elemento que la identifica como ese ángel vengador), cierto humor negro o referencias a la música popular —esa versión con violín chirriante de Toxic de Britney Spears—, para acompañar el viaje de Cassie hacia la reparación del daño causado a Nina. Un viaje que, indefectiblemente, tendra un destino trágico, aunque el guion se guarde una última bala para que Cassie consiga que los culpables al menos no salgan indemnes. Una pequeña y postrera victoria contra el patriarcado, que pueda ser la primera piedra para que las cosas cambien de una vez por todas. Aunque el precio que se haya pagado sea, por desgracia, demasiado alto.