• Héctor Gómez

Vivir para contarlo (Dolor y gloria, 2019)



¿Qué he hecho yo para merecer esto? Es lo que piensa Pedro Almodóvar en la penumbra del salón de su casa madrileña. A media luz, con las persianas bajadas porque otra vez ese dolor dentro de su cabeza le impide moverse, casi pensar. Un dolor que está siempre está ahí, que a veces desaparece y a veces se esconde. Pero no tarda en volver. Y es entonces, en ese momento, cuando el pánico se apodera de él. Un terror inexplicable a no poder volver a rodar una película. O incluso a no poder vivir, que al fin y al cabo viene a ser lo mismo.


Pedro se levanta a duras penas del sillón, entre tinieblas avanza por el pasillo palpando cada mueble, cada objeto. Tiene un objetivo muy claro, un sitio al que llegar, y finalmente lo encuentra. Se sienta en la silla ergonómica de su estudio (otro sacrificio al dios de los dolores de espalda) y, sin encender aún la luz, desenfunda su vieja máquina de escribir. La misma desde la que Amanda Gris canalizaba su frustración marital y sexual en La flor de mi secreto. Escribir siempre ha sido para él una forma de llamar la atención, de poner en palabras las necesidades más íntimas, aquellas que duele solo de pensarlas. Duele tanto, pero tanto, que necesitas un personaje que las viva por ti.


Cuando Pedro recorre con sus dedos cada tecla de la máquina de escribir, los recuerdos se agolpan en su mente como en una película. Y es que ya no sabe pensar de otra manera. En su cabeza, cada recuerdo es un fotograma, cada vivencia es una secuencia. Cada olvido una elipsis.


Olvido.


Sus primeros recuerdos le llevan casi cuarenta años atrás, cuando Madrid era ese callejón sin salida donde todas las virtudes y todos los vicios acechaban detrás de cada esquina. Donde podías recorrer las calles montado en un caballo blanco. Pedro estuvo ahí, y vio a muchos amigos caer del caballo sin tener ninguna revelación como San Pablo. Más bien un dolor inmenso, matador, implacable y pertinaz. Un escozor en el brazo que te hacía maldecir la piel que habito. Claro que por aquel entonces a Pedro no le importaba demasiado, o al menos no sabía aún cuánto le iba a importar en el futuro. Porque por aquel entonces era un chaval que trabajaba en atención telefónica durante el día, pero por la noche era una diva maquillada y enfundada en látex que proclamaba querer tener un bebé y llamarlo Lucifer. Que pedía que se la chuparan antes del desayuno, después del desayuno, en las comidas y, por supuesto, en las cenas. Pedro vivía a tope, se perdía en un interminable laberinto de pasiones y apuraba la noche hasta el último trago y casi siempre se pasaba de la raya. Tumbado en la cama, suplicó a tantos su deseo irrefrenable: ¡Átame! Era joven entonces, y todavía no dolía tanto el sonido de los tacones lejanos, de los amantes pasajeros que iban y venían, pero que muy pocas veces estaban ahí a la mañana siguiente, cuando el sol le recordaba que la noche no era eterna.


Sin darse cuenta, casi de forma inconsciente, ha colocado un folio en blanco en la máquina de escribir. Aun así, le resulta inconcebible poder crear algo en este momento, con ese dolor clavándose con la fuerza de un millón de agujas. Parece como si alguien hubiera cogido su cerebro y lo hubiera metido en una licuadora. Estar en este mundo ahora mismo le resulta insoportable, lo único que le rescata es volver a su mundo de recuerdos.



Cuando llega a este tipo de límites, y cada vez es más frecuente, la mejor receta es pensar en su infancia. En aquellos años grises con el verano largo, el pantalón corto y la mala educación impartida por demonios disfrazados con sotanas. El descubrimiento del primer amor, y con él la vergüenza y el desprecio. La ley del deseo dictaba entonces una reglas incomprensibles, como escritas en un lenguaje arcano.


Las mujeres del pueblo, sus ritos y sus tradiciones. Las mujeres que moldearon su vida en un mundo de hombres ausentes o ensimismados. Y por encima de todas las mujeres, ella, la primera y la última, la diosa de la creación. Su madre. La que se desvivió para que él pudiera estudiar, a la que dio de lado para vivir el sueño de ser cineasta.


-Hable con ella –dijo la enfermera mientras cambiaba uno de los tres goteros que a duras penas le conectaban con la vida–, seguro que todavía le puede escuchar.

-Ya no sé qué decirle a estas alturas que no le haya dicho ya –respondió Pedro con un hilo de voz.

-Estoy segura que lo que no le haya dicho personalmente, lo habrá puesto en sus películas. ¿Le gustaban?

-Nunca he podido estar seguro del todo. Ella siempre decía que le daba un poco de pudor que hablara tanto de mi niñez, de las mujeres del pueblo. Yo quería pensar que la ficción servía para disimular, pero la realidad siempre acababa asomando la patita. No sé… tal vez todo mi cine vaya sobre aquellos años. Quizá todo se trate de ella. Todo sobre mi madre…


Por supuesto, esta es una conversación que nunca existió, piensa Pedro mientras se masajea las sienes, pero encaja a la perfección con el relato de su vida que ha querido transmitir. Pedro piensa entonces que su madre es todas las mujeres, y todas las mujeres son su madre. Esas mujeres al borde de un ataque de nervios que intentan llevar su vida de la forma más digna posible, sin plegarse a los dictados de una sociedad rancia. Piensa ahora en todas ellas, en Kika, en Julieta, en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. En todos los abrazos rotos que tuvieron que soportar, en todas las despedidas, en todos los reencuentros amargos.


El pasado es una trampa mortal. Nos persigue allá donde vayamos. Es esa sombra que salta de una farola a otra cuando andamos por la calle de noche. No hay forma de desprenderse de él. La mejor solución, tal vez la única, sea enfrentarse a él de alguna manera. Ponerlo en palabras. El relato como forma de rendir cuentas con aquel amigo, aquel amante, aquel proyecto inacabado. Aquella vida que fue y nunca más volverá a ser. Son ya muchos años a la espalda, una espalda cuyas vértebras están destrozadas por el desgaste de los discos, pero también por el peso de los recuerdos. El sudor le resbala por la frente, la carne trémula y un frío repentino e inusual en una calurosa noche de agosto le indica que lo más probable es que empiece a tener fiebre. Por un momento, Pedro se siente tentado de abandonar, de acabar con este sufrimiento de una vez por todas. Pero esa sensación dura apenas unos segundos, porque el siguiente pensamiento le viene como una epifanía. La vida está repleta de dolor, es cierto, pero es precisamente ese dolor el combustible de las historias que merecen la pena ser contadas. Toda su vida se ha centrado en el dolor, pero al mismo tiempo le ha permitido hacer lo que siempre ha deseado. Enardecido por la fiebre, Pedro sabe que su próxima película –quién sabe si la última­– ya tiene título. Solo tarda unos segundos en dar vida a las doce letras con su máquina de escribir:


Dolor y gloria.

La luz contra la pantalla

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