• Héctor Gómez

Juventud, divino tesoro


Resulta significativo que, en lo que llevamos de 2022, las dos películas que mejor se han expresado en torno al asunto de la vejez y el paso del tiempo hayan abordado la cuestión desde los presupuestos del terror y el fantástico. De nuevo, el cine de género al rescate del discurso, asumiendo sin complejos su papel de catalizador de las pulsiones que aquejan al ser humano sin el encorsetamiento al que parece sometido ese otro cine concebido con pretensiones de trascendencia, pero que en muchas ocasiones acaba diluyendo su mensaje en la obviedad de su planteamiento o el conservadurismo de su puesta en escena.


Paco Plaza y Ti West son dos realizadores que arrastrarán para siempre la etiqueta de directores de género. Y a mucha honra. Cada uno desde puntos de vista diferentes, con tradiciones fílmicas distintas a sus espaldas, intentan representar su idea de cine desde la honestidad, a sabiendas de su capacidad de conseguir la complicidad de su público, que siempre encuentra en sus películas exactamente aquello que andaba buscando. Pero además, por el camino, estas mismas películas trascienden el mero entretenimiento para abordar cuestiones más complejas que parecen estar escondidas en los ángulos ciegos de su metraje. En el mismo lugar desde el que acecha el asesino o donde se agazapa una criatura maligna.


En La abuela (2021), Plaza creaba una pieza de cámara sostenida en apenas un par de personajes para hablar de una historia de brujería ancestral y de vampirización física y emocional, recurriendo a lo sobrenatural como envoltorio de una propuesta que, sin embargo, aportaba más reflexión sobre lo que supone la vejez en nuestra sociedad, en contraposición a la belleza radiante. El tiempo que se acaba frente a la vida que acaba de florecer. Los últimos estertores frente al potencial de poder hacerlo todo. La dependencia frente a la independencia.


Si Paco Plaza bebía de las fuentes polanskianas de terror psicológico, de ese miedo ancestral a la locura, a no ser capaz de distinguir realidad y ficción, Ti West vuelve a tirar de la tradición slasher del cine estadounidense de finales de la década de 1970 para convertir X (2022) en una delicia para los amantes del género, pero también en un vehículo de reflexión sobre sus propios conceptos fundacionales, sobre toda una política de la mirada que articula el cine de terror desde sus orígenes y que se erige sobre la ancestral contradicción entre el rechazo y la atracción, entre dos pulsiones igualmente poderosas y antagónicas que se mantienen en un delicado equilibrio que el cine, precisamente, se encarga de dinamitar.


Por ello, no es casual que X esté situada en Texas en 1979, en esos Estados Unidos post Vietnam y post Watergate, desencantados de cualquier utopía social y a las puertas de la contrarrevolución liberal que asomaba a la vuelta de la esquina de la década que estaba a punto de comenzar. Y tampoco es casual, por supuesto, que el grupo de protagonistas esté intentando rodar una película porno, porque el porno en 1979 se encontraba también en un punto de inflexión, muy cerca ya de abandonar las sórdidas salas X, llenas de gemidos ahogados y semen reseco en las butacas, y de invadir los reproductores VHS de todas las casas, alejado del foco público y permitiendo la masturbación sosegada y libre de culpabilidad de millones de hombres en todo el país.

X se construye en todo momento como un juego de espejos deformantes, como los de esas galerías de feria en los que el espejo devuelve una imagen grotesca, pero a los que al mismo tiempo es imposible resistirse. En el filme de Ti West, el equipo de rodaje, conformado por hombres y mujeres jóvenes, atractivos y sexualmente activos, se contrapone a la pareja que les acoge en su casa, ancianos cuya decrepitud física está acentuada por un maquillaje deliberadamente exagerado y patente, pero que incluso encuentra su justificación en la trama.

En la escena que funciona como bisagra de la película, en la que el equipo comparte un momento de calma nocturna tras el rodaje de algunas secuencias sexuales, West vuelca todo el significado de la película en la conversación entre los personajes. Ahí está todo: la contraposición entre juventud y vejez, el rechazo y la atracción simultánea que producen los cuerpos jóvenes y bellos para aquellos que ya no pueden aspirar a una expresión normativa de la sensualidad y la sexualidad. El odio y el deseo librando una batalla a muerte. Y, por supuesto, la mirada como expresión de esa contradicción irresoluble.


En esos espejos deformantes a los que aludíamos antes, esta vez el reflejo nos devuelve la mirada. X, pese a su empaque aparentemente frívolo de slasher convencional, es una película profundamente comprometida con este asunto de la mirada. No en vano, la primera interactuación que se produce entre Maxine —la joven actriz porno— y Pearl —la anciana que habita la propiedad—, ambas interpretadas por Mia Goth (otro detalle que habla de la previsión exhaustiva de Ti West a la hora de lanzar su mensaje) es una mirada sostenida entre ambas. La segunda observa a la primera desde la ventana del piso superior, medio escondida tras las cortinas, mientras la joven Maxine se percata de esa presencia mientras baja del coche y le sostiene la mirada por unos segundos. Es esa una mirada de reconocimiento, una detección de elementos comunes, pese a las patentes diferencias. Esa mirada es el catalizador de toda la acción posterior de la película, el punto de arranque del deseo y la furia.


Y no será la única. Mientras Maxine graba una escena follando con Jackson (Kid Cudi), Pearl espía desde la ventana. Y West nos muestra entonces un plano onírico en el que la anciana sustituye a la joven, y en la que ambas miran hacia la cámara, hacia una audiencia que ya ha fijado para siempre la identificación entre ambos personajes, un vínculo irrompible que solo puede culminar, como en La abuela, en la vampirización y la sustitución del cuerpo viejo por el cuerpo joven. El problema aquí es que no nos movemos en el territorio del fantástico, y por tanto esa sustitución no podrá producirse jamás. Por tanto, la única solución, claro está, es la violencia extrema. A partir de esa escena-bisagra de la conversación nocturna, X se lanza por la ladera del slasher puro. Porque West es, ante todo, un entregado acólito de la tradición fílmica de su país, lo que no le impide ponerla en cuestión e incluso subvertir alguno de sus pilares básicos.

El slasher tuvo su momento álgido en los últimos setenta y primeros ochenta del pasado siglo, a partir de la fundacional La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Tobe Hooper, 1974) y coincidiendo con el momento político y social de atrincheramiento en el liberalismo económico y la moral más conservadora. Precisamente por ello funcionó tan bien el género en ese momento, porque expresaba la pulsión destructiva de un asesino —que representa a un país conservador que agoniza— hacia sus víctimas —un Estados Unidos joven, con ganas de vivir una vida libre y al margen de las generaciones anteriores—. No es banal, por tanto, que en tantas ocasiones el asesino lleve una máscara para ocultar su deformidad, su decrepitud, y que las víctimas sean chicos y chicas jóvenes y de cuerpos torneados, que viven una relación libre con las drogas y el sexo. Que tienen todo aquello, en fin, que los primeros ya nunca podrán recuperar.


En el slasher tradicional, los primeros en morir (en recibir su merecido, dirán algunos) eran precisamente los que se mostraban más libertinos en su comportamiento o en su aspecto. El capitán del equipo de fútbol, la cheerleader, la pareja que folla despreocupada. Y los últimos eran aquellos que no encajaban en los cánones adolescentes: los empollones, los marginados, la chica que se mantenía virgen. Esta última ha generado toda una bibliografía interesantísima en torno a la figura de la final girl como expresión de una juventud que todavía puede salvarse de la destrucción, siempre que enarbole la bandera de la virtud. América se devora a sí misma, pero todavía queda una esperanza para aquellos que no se apartan del camino.


En X, sin embargo, nos encontramos con la propuesta contraria. Aquí la final girl no es precisamente una joven virtuosa, sino una chica a la que hemos visto durante todo el metraje consumir cocaína, disfrutar del sexo sin complejos y mostrar una ambición vital que escandalizaría a muchos. Por eso, que sea ella la única superviviente de la matanza muestra claramente la subversión presentada por Ti West. Y lo hace, además, después de ajusticiar sin piedad a su opuesto, a esa anciana que representa la amenaza del inexorable paso del tiempo y que ansía todo lo que ella posee. En X no hay un mensaje conservador y asustabuelas sobre los peligros de alejarse de la moral cristiana y tradicional so pena de una muerte horrible, sino todo lo contrario. Aquí lo que West propone es la posibilidad, no ya de cortar con el pasado, sino incluso de aniquilar el futuro. Alabado sea Dios.